Padre Arrupe, un alma curtida en Japón
21.11.07 @ 12:10:28. Archivado en Sobre el autor
Ayer tuve el placer de asistir a una interesantísima conferencia organizada por la embajada de Japón y que se celebró en la madrileña Casa Asia. Inaugurando el ciclo “Españoles en Asia”, esta primera ponencia abordaba un apasionante tema: “El Padre Arrupe en Japón”.
No hay duda de que la sola mención de este controvertido jesuita español provoca los más encendidos debates. Soy consciente del choque que tuvo con mi admirado y amado Juan Pablo II, pero ello no es óbice para que me impresionen los testimonios que ayer dejaron algunos de cuantos le conocieron.
El que se diga de alguien que con su sola mirada te fascina, sólo es propio de los seres que tienen “algo”, de aquellos que desprenden una luz que impregna a cuantos le rodean. Ese fue el caso del Padre Arrupe, seguro. Cuenta la leyenda que una vez él se dirigió a un grupo de jóvenes, quedando éstos maravillados con sus palabras. Todos, aparentemente, menos uno, que no decía nada. Intrigado, Arrupe le pidió su opinión, a lo que el chico le respondió: “No me he enterado de nada, pues soy sordo. Sin embargo, sólo sé que a partir de ahora creo en lo que tú creas”. No fueron sus dulces palabras las que le impactaron, sino el propio Padre Arrupe, en sí mismo. También se dice que cuando la Reina Sofía le conoció en un viaje a Japón siendo aún Princesa de Asturias, dijo de él: “Este jesuita español es la persona que más me ha impresionado hasta ahora en mi vida”. No hay duda, “algo” debía de tener.
Sin embargo, para comprender realmente a quien durante tantos años fue el principal representante de la Compañía de Jesús, no se puede pasar por alto su periplo nipón. Arrupe permaneció en Japón entre 1938 y 1965. Toda una vida. Y toda una experiencia transformadora de su ser, ya que desde el primer momento el jesuita sólo concibió su labor misionera y evangelizadora desde la profunda impregnación del sentir japonés. En el país milenario y de la tradición por excelencia, él fue un japonés más. Aprendió su lengua y amó su cultura, sabia, interminable, ancestral…
Y aún más si cabe, Arrupe vio de cerca el rostro del dolor y el sufrimiento humano en Japón, país que padeció como pocos el drama de la II Guerra Mundial. Él estaba en Hiroshima aquel 6 de agosto de 1945 en el que la primera bomba atómica roció de muerte y lágrimas negras el corazón nipón. Ese horror visto con sus propios ojos, aquellos que fascinaban con su vitalidad, marcaría toda su experiencia vital. Ese aldabonazo interior movió para siempre sus acciones.
Gracias a la Casa Asia y a la embajada de Japón (anfitriones exquisitos, que nos deleitaron con un curioso almuerzo intercultural a base de sushi, jamón serrano y champagne), he podido conocer algo más de este español universal. Para los expertos dejo valorar su polémica relación con Pablo VI y Juan Pablo II, así como la integración de los jesuitas en el seno de la Iglesia. Yo sólo hablo de su mirada, de su alma… curtida en el seno de Oriente.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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He disfrutado mucho leyendo tus preciosas palabras sobre el Padre Arrupe. Desconozco su persona en profundidad. Pero me has estimulado a acercame a sus palabras. Haber visitado Japón este verano, con cierto detenimiento, me ha permitido entender la profundidad de lo que dices. Japón marca a un cristiano para siempre. No se me oculta por ello, por qué Arrupe entró en conflicto con muchos. La Iglesia en Japón es un grupo minoritario más, en medio de un oceano social y cultural ajeno al cristianismo. Es imposible ser cristiano allí sin ser humilde, porque realmente no eres nadie relevante. El esquema de "cristiandad" allí no sirve. De modo que por fuerza tienes que ensayar otro modelo de presencia en el ámbito cultural. Allí no puedes imponer tus convicciones morales, ni siquiera culturales. Si bien, he de confesarte que creo que muchas de las cosas que son validas allí, aquí ya empiezan a serlo por muchos motivos. Rafael Díaz Salazar en su libro el factor c...
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