
Durante los últimos dos meses, he aprovechado el tiempo. Por un momento, a raíz de las noticias que llegaban sobre la crisis económica y algunos adivinos mediáticos, que no dudaban en augurar un verano atípico, pensé que sería difícil debido a la supuesta suspensión de las vacaciones que muchos harían. Nada más lejos de la realidad. He podido leer, escribir y ver cine con soltura, sin pelearme con nadie y sin aguantar colas interminables de aquellos que en teoría deberían haber estado en la playa. Decidí dedicar mi verano a los libros y al cine. Y no tengo reparo en decirlo, a pesar de que muchos piscineros y playeros no comprendan que alguien ocupe su tiempo en asuntos que no sean tumbarse al sol y dormir.
Leyendo, bien. Viendo cine, sospechoso y paradójico. Hoy dedicaré mi reflexión a aquellos que no ven cine minoritario porque "es demasiado especial y se aburre uno en seguida". Respeto la decisión de muchos de solo compran entradas para ver películas comerciales (casi siempre, con origen en Hollywood). Ahora quiero expresarme y reclamar lo que es nuestro. Las últimas semanas he visto dos películas, algo raro, pues en esta época del año no suele gustarme demasiado la oferta de las carteleras. Por un lado, Nevando voy (Maitena Muruzábal y Candela Figueira, 2008), un filme de bajo presupuesto y centrado en la condición humana. No se asusten: el sabor de boca termina por ser optimista. Por otro lado, elegí, con esperanza, Mamma Mia! (Phyllida Lloyd, 2008). Ya pueden imaginarlo: Meryl Streep estupenda, porque es una muy buena actriz, no porque la película, a mi modo de ver, sea precisamente buena. Me quedé sin palabras, pero es que no hacían falta, porque podía quedarme con el título para definirla en su esencia.
Nevando voy es una fábula urbana sobre las relaciones entre personas. Un joven aficionado a los coches, una madre de familia de mediana edad y una chica que odia estudiar cruzarán sus vidas con el jefe que velará por sus nóminas en una fábrica situada a las afueras de Pamplona. Cómo viven sus vidas privadas, las relaciones familiares, sus anhelos, sus miedos y la capacidad de mantener la esperanza cuando todo parece torcerse son asuntos que hacen a esta modesta (pero rica) producción un estreno digno de las mejores salas. Si a esto sumamos que las directoras son debutantes, solo encuentro más razones para comprar la entrada. La pena es que, por su naturaleza, no llegue a tantos exhibidores como debería y sería justo. Aunque, vistas las preferencias que denotan las cifras de taquilla en España -acostumbradas al superávit con títulos como Torrente o Mortadelo y Filemón-, no resulta difícil comprenderlo.
La comedia musical nunca ha sido un género que me atrayera especialmente. Pero es que Mamma Mia! no pertenece a ese género, sino al de híbridos entre la telenovela Yo soy Bea, High School Musical y un pretendido y no conseguido argumento central basado en el caso "quiero encontrar a mi veradero padre" de cualquier talk-show mañanero. Ni Streep, con una más que lograda actuación, salva la historia, qué le voy a hacer, tengo que decirlo. El filme entretiene por las canciones y alguna salida de tono de tal o cual personaje, pero es de las más fácilmente olvidables, esto es, película de verano en su más estricto sentido. Para colmo, la alargan al final con una actuación musical de los protagonistas que no viene a cuento para que no se note demasiado su carencia de argumento sólido. No al final, mejor dicho, tras los títulos de crédito.
Todas son películas, comparten cartel en los cines y la entrada, injustamente, cuesta lo mismo. Para no caer en la cuenta, creo que el verano que viene esperaré a septiembre para no equivocarme. Aunque nunca perderé la esperanza, de poder decir "vayamos al cine en verano".
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Se acabó. Creo que esta semana he visto confirmadas mis sospechas. A la sombra de los buenos datos de audiencia que viene cosechando El método Gonzo, programa por el que ha apostado Antena 3 desde principios del verano, podemos deducir que algo ha cambiado en televisión. Gonzo, rostro popular tras su labor como reportero en Caiga Quien Caiga, ha conseguido lo que otros han intentado durante las últimas temporadas y no han conseguido. No sé cuanto durará, lo que sí tengo claro es que me ha sorprendido. Y esto sí que es difícil en los tiempos que corren y en el ámbito que me ocupa.
Gonzo tiene mérito por varias y jugosas razones. Para empezar, ha traspasado con éxito la línea que separa al profesional reportero del profesional presentador. Más aún, cuando en el primer perfil agotaba a la semana apenas diez minutos y ahora, como rostro de cabecera, se encarga de un programa diario, de lunes a viernes y en directo. Contábamos con un ejemplo anterior en Cristian Gálvez, que también trabajó en Caiga Quien Caiga y desde hace unos meses conduce con soltura y amplio seguimiento de audiencia el concurso Pasapalabra. No obstante y visto el funcionamiento de este medio, Gonzo merece su reconocimiento personal y profesional. Por otro lado, este programa ha conseguido destacar como apuesta fuerte dedicándose a la actualidad y a la denuncia social de ciudadanos particulares que, libremente, se han querido acercar hasta la pequeña pantalla para reinvindicar lo que les corresponde. Ambicioso, cuando menos, pues lo que se estilaba hasta hace muy poco era el puro contenido rosa que muchos otros espacios han camuflado bajo el calificativo de "detalles de la actualidad". Está claro el dicho ese de que "quien no arriesga, no gana". Resulta alentador comprobar que todavía quedan personas concienciadas y que buscan ver en televisión temas que les tocan de cerca y que posiblemente tengan un calado más profundo.
Pero los méritos que de verdad merecen un capítulo aparte son dos. La capacidad de hacer funcionar en horario de tarde un programa con formato de madrugada (técnicamente, late-night, al estilo de Buenafuente, Noche Hache o Esta noche cruzamos el Mississippi). Lógicamente, El método Gonzo no guarda los parámetros puros de este tipo de espacio, pero sí los justos para calificarlo de "experimento kamikaze". Quizá no sea la primera opción de entre las elegidas por la audiencia, pero eso no le resta importancia al asunto. Por cierto, el perfil sociológico (target, en comunicación) de los espectadores de un late-night nada tiene que ver con el de aquellos que sintonizan por las tardes, así que ya se pueden hacer una idea de por dónde van los tiros. El último mérito que yo, personalmente -e irónicamente- le atribuyo, es la capacidad que ha tenido Gonzo para hacer que su programa salga publicitado en La Sexta a través del programa Sé lo que hicistéis. Dos veces, en dos tertulias de actualidad sobre temas políticos y sociales, ha parado los pies a invitados que intentaban desviar el debate -o no- hacia algún detalle de la vida privada de alguien. Con esa intención o sin ella, el presentador se ha metido en el bolsillo a sus casi competidores de la cadena de Pozuelo.
Quizá hable ahora y en poco tiempo tenga que callar para siempre. Espero que no, porque El método Gonzo es un buen programa que todos estamos llamados a disfrutar, sea cual sea nuestro contenido preferido.
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Resulta curioso advertir cómo muchas veces los que menos saben son los que más se dejan arrastrar por las modas y modos de ejercer su profesión. No cualesquiera, sino aquellos que se han diversificado. Me refiero con esto a la estupendísima forma que desde hace unos años han adoptado algunos periodistas a la hora de llevar a cabo su tarea, esto es, informar, comunicar, ganar dinero, mentir –incluso- o asistir a numerosas fiestas. Sí, señores, aunque no lo crean, hoy toca autocrítica: voy a repasar un par de hechos que han aparecido en la televisión estos días, ¡y no saben la osadía que cometo siendo periodista! ¡Quién les iba a decir que alguien de este gremio iba a examinarse! Y es que ya sabemos todos que, por lo visto, otra de las modas es defender lo bueno y lo malo a rajatabla y nunca pararse a pensar. Valga como ejemplo el asunto Telma Ortiz: la mayoría de medios de comunicación (o sus portavoces) se empeñaban en decir que las medidas cautelares solicitadas por la hermanísima eran un atentado contra la profesión. Pero, curiosamente, nunca se pararon a valorar que muchos profesionales –periodistas, fotógrafos, contertulios- la han estado persiguiendo las veinticuatro horas del día –y sin exagerar- durante sus meses de embarazo. Tampoco opinan acerca de la persecución que sufrió la Infanta Elena tras separarse del Duque de Lugo. ¡Nadie ha dicho una palabra sobre la presencia de los periodistas y reporteros en la puerta del colegio de sus hijos, que estuvieron casi dos meses, día si, día también, y a la misma hora! Nadie.
No me parece de recibo alegar que “estos personajes ya saben lo que hay” o “son personas públicas y tienen que tragar” y tan suculentas y manidas excusas. No. Ya está bien de autojustificarnos a nosotros mismos, solo pido un poco de reflexión ante lo que estamos haciendo. Una simple pregunta: ¿realmente hay que buscar buenos y malos? Dos, mejor que una: ¿hay que esperar a que una mujer demande ante un juzgado para replantearnos nuestras rutinas de trabajo?
El segundo ejemplo viene a colación a raíz de la boda de Leticia Jiménez-Arnau, hija del periodista de nombre Jimmy y de Merry Martínez Bordiú, nieta de Francisco Franco. La ceremonia se celebró en el Pazo de Meirás, que fue entregado a Franco en su momento y hoy en día parece que tiene todas las papeletas para ser devuelto al pueblo gallego. Un programa de televisión sacó de su plató a una de las colaboradoras y la mandó, micrófono en mano, a una fiesta. La periodista, mostrando su mejor sentido de la objetividad periodística, preguntó a Carmen Franco, hija del generalísimo: “¿No está harta de que esos pelmazos sigan pensando en expropiarles el Pazo?”. Y lo coronó con otra frase: “Todo el mundo cree que es una medida disparatada”. No pude creerlo. ¡Y eso que la mujer en cuestión no tiene precisamente diecinueve años y sigue estudiando! Emplear la palabra “pelmazo” en una pregunta denota una falta de diligencia profesional digna de ser analizada. ¿Dónde quedó la imparcialidad? Pero es que, para colmo, redirige la pregunta empleando el sujeto “todo el mundo”. ¿Y a mí quién me ha preguntado? Por si la respuesta no era la que ella quería escuchar –y grabar-, encima le estampa en la cara unos datos estadísticos que ella misma ha elaborado en su mente. En su mente y, por cierto, en ese mismo momento.
Algunos me dirán que soy muy crítico, que por edad no tengo derecho a opinar o que, simplemente, resulto molestamente idealista. Seré todas esas cosas, pero al menos he tomado la vía de pensar sobre lo que realmente importa, a saber, el rumbo de una profesión que, pese a lo que veo y no me gusta, adoro.
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06.08.08 @ 19:10:24. Archivado en Opinión
Llegó al aeropuerto de Barajas a primera hora de la mañana. No café, pero sí un zumo de frutas. Desayunó junto al resto de su equipo un par de horas antes de viajar hacia Beijing. Verónica es una verdadera deportista profesional. La vocación la domina, su mente completa cada operación. Atleta y dos veces campeona de España en su especialidad. Cuando la terminal comenzaba a llenarse de transeúntes, pagaron la cuenta y caminaron hasta la puerta de embarque, no sin antes repasar el escaparate de la papelería y llevarse un periódico.
Las azafatas terminaron de dar sus indicaciones. El motor resonaba con fuerza. Pequeños retazos de sol entraron por el cristal. Despegaron, repletos de ilusión, con ansia de vivir la experiencia, de representar a su país. Verónica no conocía Pekín y llevaba días pensando que era una oportunidad perfecta. El deporte, primero. El disfrute ocioso, después. Las prohibiciones, antes de despegar…
La portada del periódico recogía la noticia. Dada la precaria situación diplomática de aquel país, sus Juegos Olímpicos y el “Free for Tibet”, el presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, se había acercado hasta los competidores españoles para prohibirles expresamente hablar de asuntos políticos durante su estancia en territorio oriental. La otra información hablaba de la llegada de la llama olímpica, hecho que estuvo acompañado por las protestas de activistas defensores de los Derechos Humanos. Verónica pensó unos momentos. ¿Están las olimpíadas por encima de los derechos fundamentales?
La despertó una compañera. El sueño pudo con ella, pero quizá un tentempié mañanero saldaría así la deuda. Se re-desayunó de nuevo con su periódico y un inminente dolor de cabeza provocado por la presión. Esta vez, sección Ocio y Entretenimiento. Verónica compatibilizó su almuerzo frío con dos mujeres. Paris Hilton había puesto a caldo a Obama y McCain y se decía candidata perfecta a la presidencia de los Estados Unidos. Su baza era, palabras textuales, que “está buena”. Geri Halliwell, ex Spice Girl, respondía en una entrevista tras ser preguntada por su carrera musical: “Ver la película Sexo en Nueva York me hizo recordar la trayectoria del grupo”. Y, esta vez, Verónica volvió a reflexionar. Un mundo real con terribles síntomas de surrealismo. Una parte del mundo que lucha en vano por los Derechos inapelables de las personas y otro hemisferio que lucha con éxito por lo superficial.
Verónica agarró sus maletas, se puso a caminar y el periódico acabó perdido en alguna papelera del aeropuerto. Mientras, el gentío y la neblina contaminada comenzaba a envolver el lugar. El cuento tibetano había terminado.
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A estas alturas nadie rebusca, entre las caras que recuerda, la de un nombre: Jaime Jiménez Arbe, apodado “el solitario”, por el modo en que este presunto delincuente cometió sus atracos y asesinatos. La semana pasada la Audiencia Provincial de Navarra fue testigo del juicio contra el que posiblemente sea el criminal más buscado de los últimos años. “El solitario” se enfrentaba a la justicia tras la acusación de haber matado a dos guardias civiles en la Comunidad Foral. Entre escenas de dolor de algunos familiares de sus víctimas y un intento de agresión ante la más cínica impasibilidad, todos pudimos contemplar cómo se desarrolló la vista a tiempo completo. Todos y gracias a una cámara de televisión. Sí, solo una.
Cerrado el debate entre juristas y periodistas sobre si es lícito o no que las televisiones ocupen su espacio en el interior de los juzgados, en este caso hemos visto compensados los dos derechos: el que tienen los declarantes a su intimidad, honor y propia imagen; y el que tenemos todos los ciudadanos a la información. Todos, digo, todos, derechos fundamentales recogidos en la Constitución Española. ¿Cómo?, se preguntarán. Con el empleo de una señal institucional, es decir, una retransmisión o grabación mediante una sola cámara de televisión situada estratégicamente y de forma discreta. Imágenes que luego son distribuidas entre los medios de comunicación que las soliciten y quieran incorporarlas a sus videotecas. Así, su presencia no intimida a los implicados y todos podemos seguirlo y estar plenamente informados de su desarrollo minuto a minuto.
Teniendo en cuenta que se celebra en audiencia pública, esto es, con asistencia libre de público y a la vista de todos, la grabación no es ilícita puesto que no se ven igualmente vulnerados los derechos del acusado y los llamados a declarar. No obstante, esta premisa de partida puede influir de la misma manera en las palabras de los protagonistas, pero no de un modo parecido al que suscitaría la situación de estar frente a nueve cámaras. Y digo un número así por ser optimista. Más de cien periodistas solicitaron su acreditación.
Pese a todo, creo que el principal debate entre los profesionales de uno y otro campo es si la presencia de cámaras puede o no entorpecer el desarrollo normal del juicio, en general, y las declaraciones, en particular. Lo que debemos tener presente es que una medida como la adoptada en este caso deja tranquilas a las dos partes. Y que “el solitario”, por supuesto, ya tendrá otro debate en mente. O no.
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Nos despreocupamos y dejamos de pensar en las implicaciones de nuestras vidas. El calor nos quita el hambre -o nos lo incrementa hasta límites insospechados-, evita que durmamos más de seis o siete horas por las noches y consigue que nuestra piel enrojezca o se queme. Una de las pocas facetas que sobreviven al período estival-vacacional es la ociosa. Y, más concretamente, el tiempo dedicado a ver la televisión. Pero la pregunta que yo me planteo, visto el trajín de programas, horarios, idas y venidas de contenidos de los últimos días, es: ¿qué hay en la tele? Y me he respondido yo mismo: Nada. O, en el mejor de los casos, algún canal de noticias 24 horas que por lo menos me permite informarme. A veces, ni eso. Este mes de julio ha habido dos noticias estrella: la desaceleración-barra-crisis económica y dos paradojas televisivas. La primera, el arrebato que ha perpetrado Antena 3 contra su principal contrincante, Telecinco. ¿O debería decir "la cadena de Fuencarral"? El caso es que Lalola, esa telenovela que empezó en prime time un domingo y que se está más que consolidando en la sobremesa de "la cadena de San Sebastián de Los Reyes", ha conseguido tirar por tierra los esquemas de éxito que hasta ahora manejaba el señor Vasile. Y es que el término del machacón A tu lado fue el principio del fin. Después, vino el verdadero fin, el más mediático, de un histórico, Aquí hay tomate, fenómeno que terminó de desbaratar la regular audiencia que Telecinco venía cosechando los últimos años en su franja de tarde. Para colmo, el final personajístico de Yo soy Bea y el alargamiento de lo inalargable con una nueva protagonista no está dando los resultados esperados. Con este panorama, un programa de "busco pareja" de por medio y una fallida doble ración de magacín después de Hilario Pino, Lalola ha visto una vía libre más que aprovechable. Y claro, la jugada ha salido más que bien: mientras Antena 3 apuesta por esta telenovela, otra extranjera, un método que no va del todo mal y su particular Diario de Juan y Medio -yo lo llamaría Diario de Media Tarde, porque cambia de presentador que da gusto-, Telecinco no oculta su desesperación y rediseña cada dos días el orden de sus programas de tarde. Veremos cómo Nuestra Señora de la Tele acaba el verano, lo que está claro es que ha empezado, presuntamente, probando y probando. La segunda paradoja tiene que ver con "la cadena de Pozuelo", léase La Sexta. Ahora me da la gana a mí de nombrarla. La emisora más joven tiene que hacer frente a dos expedientes sancionadores que le ha impuesto el Ministerio de Industria. Por lo visto, varios ciudadanos particulares denunciaron ante el Consell de l'Audiovisual de Catalunya que la serie Padre de Familia y el programa Sé lo que hicistéis no cumplían con la norma de no emitir contenidos para adultos en horario protegido -es decir, en la sobremesa-. Ahora, el Gobierno ha tomado medidas y La Sexta deberá responder ante dicha serie -con ver un capítulo basta para darse cuenta de que no es un programa infantil- y ante el popular programa, que emitió un vídeo en el que se recreaba una felación. Parece que la pretensión de este canal de cumplir religiosamente -o deontológicamente- los criterios de programación se les ha vuelto en contra tras hacer justo lo contrario. ¿Festejará Patricia Conde esta noticia como festejó su programa el final del "Tomate"? Tengo claro lo que haré este verano. Ahora solo estoy ansioso por ver las propuestas que las cadenas nacionales están preparando para la próxima temporada. Aunque me temo que vendrá más de lo mismo. Por lo pronto, ya se habla de un tal Gran Hermano 10 y me temo que no es el primero que repite. Aunque, sinceramente, con esto ya tenemos bastante.
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Durante el verano siempre hay más tiempo para pensar. Y si no, psicológicamente nos lo hacemos creer a nosotros mismos. Primero, porque son fechas relajadas en cuanto a trabajo. Segundo y último, porque simplemente "es verano" y se acepta. Yo he pensado. La inauguración de los dos festivales musicales más importantes de España, FIB Heineken y Summercase, han dejado motivos más que suficientes para la reflexión profesional sobre cómo redactamos las entrevistas. Muchos grupos han promocionado sus discos, giras y, en última instancia, los conciertos de estos días a través del género periodístico por excelencia. Así, nos encontramos con ejemplos de titulares como:
- Oasis: "Con lo que cuesta producirlo, no regalaremos nuestro próximo disco" (Los40.com).
- LODVG (La oreja de Van Gogh), a sus fans: "Gracias, vosotros hacéis a la Oreja ser lo que es" (20minutos.es).
- The Rumble Strips: "No nos vemos como una moda pasajera" (20minutos.es).
- The Original Blues Brother Band: "Lo nuestro es una catársis" (20minutos.es).
¿Alguna sorpresa? Los que leáis este texto desde vuestra casa, con el objetivo de ojear la prensa o simplemente entreteneros un rato, no advertiréis el enorme error de redacción que han cometido los periodistas. Y es que a mí me enseñaron que nunca, repito, nunca el sujeto de una entrevista debe ser colectivo. Quien habla es una persona y, como tal, debemos ponerlo para ser justos con al realidad. Escribir ejemplos como los anteriores supone dar por hecho que los cinco componentes de La Oreja de Van Gogh han pronunciado esas palabras al mismo tiempo. Y eso, obviamente, es imposible. Sería más correcto redactar algo así como "Leire Martínez, vocalista de LODVG, a sus fans...".
Para el ciudadano que lee la prensa es fácilmente reconocible e identificable el nombre del grupo en relación a unas declaraciones. Resulta cómodo. Pero nosotros, como profesionales, no somos del todo correctos y nuestra calidad de información se resiente.
He mencionado los textos anteriores en relación a los festivales de música porque en estos días se multiplican al ser muchas las formaciones que visitan nuestro país, pero los ejemplos se repiten a diario y en todos los tipos de información. Un último ejemplo, de ADN.es:
- PNV: "El objetivo de los partidos debe ser sacar a ETA de nuestras vidas".
Haced la prueba, salen cada día. ¿Quién da más?
(La fotografía pertenece a la página web del ente autonómico EITB)
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