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Estamos ante una guerra de verdad: la proclamada por el islamismo yihadista

Permalink 06.11.06 @ 17:12:15. Archivado en Informaciones y análisis

'Es mejor estar asustados ahora que muertos pronto' decía Winston Churchill. En los intentos actuales de contener el levantamiento mundial islamista, las cosas no van bien. No van bien en Irak, en Afganistán, en Irán, en Líbano, en Somalia, en Sudán, en Europa y en casi todos lados, no sólo en el terreno de los hechos, sino también en el aspecto ideológico o psicológico, más importante sin duda que los atentados y las escaramuzas. Mientras, se discute que es lo que estamos presenciando: ¿Es exagerado llamarlo guerra?

'La guerra contra el terrorismo islámico trasciende con mucho las capacidades policiales y no es ya una simple cuestión criminal. Es una guerra de verdad, a la vez global y total. Es su victoria o la nuestra y no va a haber puntos intermedios', escribe Rafael L. Bardají.

En Israel, hablan de una agenda oculta de Hezbolá y de que Hassan Nasralá quiere tomar el poder en cinco años en Líbano, basado en un fortalecimiento demográfico y político de los chiíes, y el apoyo financiero de Irán y el “estímulo” de su programa nuclear. El objetivo final de las milicias chiíes sería convertir el estado libanés en un califato donde rija la sharia (ley islámica) y destruir Israel, reemplazándolo por un estado islamista radical.

Bardají añade en el diario ABC: 'El teniente general David Richards, el comandante de las tropas de la OTAN en Afganistán, lo ha dicho claramente: «si de lo que se trata es de vencer, no tengo suficientes tropas para lograrlo». Ni las va a tener, porque los países miembros de la Alianza, meses después de acordar el incremento de sus fuerzas en Afganistán, siguen sin proporcionar los refuerzos.

'Con todo, el problema no es solo de números. Es también una cuestión de visión y estrategia. No se ganará a los talibán si no se entiende que Afganistán es parte de un problema más amplio. Se sabe perfectamente que sin el apoyo que reciben desde Pakistán, los fundamentalistas afganos no podrían operar; como también se sabe que sin el dinero saudí las madrasas y otros centros de operaciones de los talibán no podrían funcionar.

'Es lo mismo que ocurre en Irak. La guerra allí sobrepasa con mucho las fronteras del país. Irán utiliza a parte de los chíies para librar su batalla contra América; Arabia Saudí coopera en la islamización radical a la vez que permite que su frontera sea un coladero para los terroristas vinculados a Al Qaida. Y también están los yihadistas venidos de medio mundo, incluida España.

'Y es que hay algo que une y da sentido a todos estos frentes abiertos y se llama Yihad, la guerra que el extremismo islamista está conduciendo contra el islam moderado, América y los valores del mundo occidental. Precisamente por eso la guerra contra el terrorismo islámico trasciende con mucho las capacidades policiales y no es ya una simple cuestión criminal. Es una guerra de verdad, a la vez global y total. Es su victoria o la nuestra y no va a haber puntos intermedios'.

BUSCANDO OTRO TÉRMINO DESESPERADAMENTE

La otra postura es la representada por Timothy Garton Ash, que reflexionaba en El País: "...Los terroristas libran una guerra psicológica a largo plazo. "No es la guerra fría, sino la del sudor frío"... ¿Es posible que el 11-S y Afganistán, Irak y los atentados de Londres, Madrid, Bali y el resto, no fueran más que páginas del primer capítulo de una larga saga llamada La guerra contra el terror? Una guerra sin un final visible. A pesar de todas sus críticas por cómo ha llevado a cabo Bush las guerras de Irak y Afganistán, los demócratas, en general, no discuten el concepto fundamental de la guerra contra el terror. Se limitan a decir que ellos podrían hacerlo mejor. Sólo unos cuantos demócratas intelectuales, como el financiero y filántropo George Soros, insisten en que la idea en sí de la guerra contra el terror es, según sus palabras, "una metáfora falsa".

"La mayoría de los europeos, en cambio, está de acuerdo con Soros. Y en esta columna he defendido esa postura. El Néstor de los historiadores militares británicos, sir Michael Howard, se nos adelantó a todos con un brillante artículo titulado ¿Qué significa un nombre?, publicado en la revista estadounidense Foreign Affairs, meses después de los atentados del 11 de septiembre. Cuando el entonces secretario de Estado, Colin Powell, declaró que Estados Unidos estaba "en guerra" contra el terrorismo -escribía Howard-, "cometió un error muy natural pero terrible e irrevocable". Aparte de todo lo demás, utilizar ese lenguaje dignificaba a los terroristas, al otorgarles la categoría de partes beligerantes cuando habría que haberles tratado como a criminales. Curiosamente, el propio hecho de acuñar ese término fue una especie de exaltación del terrorismo.

"En 2002 le pregunté a un alto cargo del Gobierno estadounidense cómo podía acabar esta guerra contra el terror. Me contestó: "Con la eliminación de los terroristas". Es verdad que desde el principio reconocieron que no se trataba de una guerra en el sentido clásico de dos ejércitos uniformados, pertenecientes a Estados rivales, en el campo de batalla. Sin embargo, la decisión de convertir Irak en un teatro central de la guerra contra el terror fue, entre otras cosas, un intento desesperado de volver a un tipo de guerra más tradicional que el ejército más poderoso de la historia podía ganar claramente y con rapidez. O eso creían.

"En la última semana, he oído dos poderosos argumentos en favor de conservar la palabra guerra para describir el carácter esencial de esta época en la que vivimos. En dos conferencias sucesivas pronunciadas en Oxford, tanto el historiador de EE UU Philip Bobbitt, autor de The shield of Achilles [El escudo de Aquiles], como Matthew d'Ancona, director del semanario británico conservador The Spectator, insistieron en que Irak no debe hacer que renunciemos a hablar de "guerra contra el terror". Ambos contrapusieron la noción de guerra a la de lucha contra el crimen, de la que son partidarios muchos liberales europeos. Sí, en Irak se han cometido graves errores, dijo D'Ancona, pero estamos ante un tipo de guerra tan nuevo que esos graves errores eran inevitables. Al nuevo terceto terrorífico de Estados descontrolados, armas de destrucción masiva y terrorismo internacional -que tan a menudo evoca Tony Blair- no se le puede derrotar con los viejos instrumentos de la guerra fría, contención, disuasión y no proliferación. Los terroristas libran una guerra psicológica a largo plazo que pretende reducirnos a un estado de terror. No es la guerra fría, dijo D'Ancona, es la guerra del sudor frío.

"Los dos dijeron cosas asombrosamente parecidas, muy alejadas de la retórica grandilocuente inicial de Bush, Cheney y Rumsfeld. "Estamos -insistieron ambos- en una lucha generacional, de larga duración, que exige no sólo patriotismo sino paciencia". Ninguno de los dos justificó Guantánamo ni Abu Ghraib. Los dos estaban de acuerdo en que esta guerra hay que combatirla dentro del marco de las leyes internacionales, aunque es preciso adaptarlas a las nuevas circunstancias. Y ambos hicieron hincapié en el nuevo contexto de lo que Bobbitt llama "Estados mercado", en los que los ciudadanos se han vuelto una especie de consumidores y los Gobiernos se comportan como empresarios nerviosos. ¿Al consumidor no le gusta el producto? Se retira de las estanterías inmediatamente. Se habla de nuestra presencia en Irak, dijo D'Ancona, como si fuera una compañía que cotiza en Bolsa y cuyas acciones están cayendo en picado. Son argumentos importantes que un sector de la izquierda británica y europea ya ha adoptado como propios.

"Pese a todo, no lograron convencerme de que no haya que rechazar la expresión "guerra contra el terror". En mi opinión, sí hay que hacerlo. Nunca fue un término apropiado. Ahora bien, si decimos eso, necesitamos proponer una alternativa que refleje la dificultad del reto. Tal vez sería mejor tratar a los terroristas internacionales como criminales internacionales, pero el crimen no basta como metáfora para describir toda la situación. Esto es algo más que crimen y algo menos -o, por lo menos, distinto- que guerra. Ya "guerra fría" era un término un poco forzado. Esto es llevarlo demasiado lejos.

"Una palabra que surge constantemente en las descripciones de lo que estamos viviendo es "lucha". Y, a la hora de la verdad, es eso. Ésta es una lucha a largo plazo para defendernos de una serie de amenazas nuevas contra las sociedades libres y abiertas. Lo malo es que la palabra "lucha" también tiene sus connotaciones problemáticas. Así que voy a luchar y a esforzarme para dar con otra palabra mejor. ¿A alguien se le ocurre una idea?", termina su artículo Arton Ash, reconociendo su impotencia.

Y es que puede que el término guerra no guste, asuste, parezca exagerado cuando aún está en sus inicios, o incluso entenga efectos contraproducentes como colaborar a unir en la misma causa asuntos que sólo aparentemente no lo están (porque de hecho sí lo están y más para sus impulsores). Pero no hay otro mejor: como hemos dicho desde hace tiempo, estamos ante la Cuarta Guerra Mundial, nacida de las cenizas de la Tercera o Guerra Fría, de la que tampoco la gente quiso enterarse nunca.

Todos los días hay choques, escaramuzas, acciones y reacciones en países de todos los continentes. Los medios sólo se ocupan de los grandes sucesos. Los especialistas acumulan estadísticas. Un cambio cualitativo puede producirse en cualquier momento.

LOS QUE NO TIENEN DUDAS DE HABER INICIADO UNA GUERRA MUNDIAL

Walid Phares, cristiano maronita exiliado en EEUU, explica con claridad en su último libro La futura Yihad, que el islamismo es una poderosa, aunque minoritaria, corriente dentro del Islam, que rechaza su apertura al mundo moderno y que busca derribar los gobiernos corruptos –por su contaminación con los valores occidentales-, imponer la ley coránica bajo un renovado Califato, recuperar los territorios que un día fueron parte del Islam y forzar a los restantes a un vasallaje en forma de soberanía limitada. Para lograrlo, hacen uso tanto de métodos violentos como políticos. Si al Qaeda provoca atentados apocalípticos dirigidos a atemorizar a la población y lograr que sus gobiernos claudiquen ante sus demandas, los Hermanos Musulmanes y organizaciones similares van penetrando en la sociedad, aprovechando la frustración de años de decadencia y corrupción política, para ganar elecciones y hacerse con el poder. El islamismo tiene una estrategia y eso le coloca en ventaja frente a los que no la tienen, sean éstos musulmanes moderados o europeos asustados.


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