Mientras la crisis cambia valores, economías, referencias mundiales y hasta la moneda de cambio, aquí andamos jugando con unas reformas laborales, de las pensiones y pronto de la sanidad que solo siguen poniendo parches al modelo franquista que a su vez fue reformado con el Estatuto de los Trabajadores de 1980. La herencia de Franco la hemos cambiado cuatro o cinco veces a mejor, pero la base del modelo sigue igual.
Por eso ahora las reformas que se pretenden introducir van a dos años o dos años menos en la edad de la jubilación, treinta y tres o cuarenta días por un despido y, esto huele mejor, primar la formación por encima de la contratación. Todo es más de lo mismo hecho durante los últimos treinta años de democracia, que solo añadieron derecho a la huelga, derecho a la sindicación y la negociación colectiva a lo que ya existía mejor o peor disfrazado durante la dictadura.
Pero ha servido durante estos treinta años. Lo peor es que ya no sirve porque el envite de ahora nos lleva a otro escenario. Valgan ejemplos como la negociación colectiva, cuando la competencia tiene nombres, apellidos y cara en economías emergentes. O el del papel de los sindicatos, cuando hay otros sistemas de representación laboral, sin que esto suene a herejía.
Las reformas de las pensiones o la laboral se hacen sobre los códigos clásicos, cuando la economía que sale de esta etapa es totalmente nueva. No sirve para nada primar la contratación fija si el empresario no encuentra un trabajador formado para el puesto que ofrece. Ni pagándole la mitad del suelo le interesa esa fórmula al contratante. Y hay que recordar que el cuarenta por ciento de los parados son jóvenes sin formación. ¿Cómo se alivia esa bolsa de paro? ¿Con la reforma la laboral que anuncia el Gobierno? ¿Con la que defienden los sindicatos? ¿O con la arcaica que pretende la patronal? El teletrabajo, la movilidad, la deslocalización de la producción, los incentivos, la externalizaión de trabajos para expertos, etc., son nuevos elementos a incorporar en la reforma laboral y que ni siquiera vislumbran gobierno, sindicatos o patronal.
Y lo mismo pasa con las pensiones, que siguen el patrón franquista, mejorado por el modelo del Estado de Bienestar que fraguó Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Las pensiones eran un premio a quien había trabajado durante cuarenta años de su vida. La nueva situación económica exige lo contrario. Hay que pagar al joven que está formándose para que entre en el mercado de trabajo. Y quien conoce un trabajo debe alargar su vida laboral porque es necesario en el proceso productivo. Y que luego cobre lo que sea bien cobrado.
Hay una nueva realidad a la que debemos adaptarnos, sin dejar espacio a la demagogia barata por mantener los intereses grupales creados. Y si no la aceptamos habrá más paro porque no habrá demanda para lo podamos fabricar o producir y no habrá pensiones porque los cotizantes estarán bajo mínimos y en la economía sumergida. Eso si: sindicalistas, políticos y liberados de la patronal seguirán cobrando. Por eso las dudas mundiales sobre el futuro de España.
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Jueves, 31 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
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