La columna

El blog de una Pyme: crear empleo

11.03.09 | 09:42. Archivado en Cosas de la vida
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El patrón de la microempresa tuvo una idea brillante, de esas que ahora exhiben los gurús de la salvación económica. Una idea muy innovadora. Y dicho y hecho se puso a la faena para aplicar el Plan de Empresa y las estrategias de éxito que citan todos los manuales desde Stephen R. Covey hasta el No Miedo de Pilar Jericó. Pero el patrono de la microempresa se olvidó que estamos en España. Por eso cuando apareció ante su gestor para pedirle que le hiciera un plan financiero este ya le dijo que se olvidara e hiciera una contabilidad de caja: esto meto, esto saco.

El patrón de la PYME no se desilusionó y empezó su recorrido. Primero encontrar gente preparada. Mandó las oportunas peticiones al INEM, a los organismos de empleo de la autoridad autónoma, a las Cámaras de Coemrcio, universidades, etc.. Con tanto paro encontraré buena gente y muy ilusionada. ¡Ja!

Primero vinieron unos cuantos a pedir que les firmara la hoja de la entrevista de trabajo, pero que no tenían interés por el puesto. Era un justificante para seguir cobrando el paro. Luego vinieron dos jóvenes recién licenciados, con master incluido, que rechazaron el puesto porque querían ser director general o vicepresidente ejecutivo. Un encorbatado señor y una joven con muchas dotes le pidieron cinco mil €uros al mes porque es lo que cobraban en el trabajo anterior. Uno le dijo claramente que por el sueldo que le daba prefería quedarse en el paro y otra persona muy sincera le dijo que no sabía hacer lo que le pedían pero que necesitaba trabajar de lo que fuera. Pero no hay ayudas para puestos de trabajo masculinos; solo para las mujeres. Y el necesitaba un hombre para una tarea específica.

El emprendedor estaba desesperado. Tenía la idea; sabía que tenía mercado, pero no encontraba gente para hacerla posible. Mientras venía más personal buscó financiación para compartir el riesgo. Todos los anuncios del ICO resultaban de aplicación inviable. El banco que menos le pidió fue un 11 por ciento de interés (“¿pero no está el euribor a uno y medio?”) y la caja de ahorros de toda la vida le pidió como garantías hasta las joyas de la suegra.

Volvió a la lista de aspirantes a los empleos ofertados. Por fin empezó a desfilar gente que quería y tenía ganas de trabajar. Pero casi ninguno sabía inglés. La hoja Excel solo la controlaban dos, que tenían faltas de ortografía. Y dos superexpertos en marketing le llenaron la cabeza de creatividad, pero se negaban a recorrer las calles con el maletín de comercial bajo el brazo. Uno de ellos era sindicalista y le dijo que el convenio al uso marca claramente quien vende y quien crea. Al final de la semana se preguntaba quién trabaja en esté país.

Pero por fín encontró la solución para tirar adelante su empresa. Contactó con una empresa india que le hacía la producía sus productos a partir de un mínimo diseño. Cobraban por horas o por encargo, con control de calidad incluido. Y luego una empresa francesa le comercializaba el material para toda Europa. Conclusión: puso su despacho en un rincón del comedor de su casa, abrió el ordenador y puso en marcha la empresa. ¿Para qué crear empleos si nadie quiere que trabajemos?


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