Un directivo de marketing de una gran empresa española me comentaba el otro día su preocupación por la irracionalidad en los comportamientos de los consumidores, que han decidido aprestarse el cinturón aunque tengan seguro el puesto de trabajo. “Hay un cambio de hábitos y de productos deseados. No se ha perdido el hedonismo dominante en los últimos años. Pero hay una gran desconfianza. Y no sabemos como recuperarla.”
Quizá porque no le toca a esta u otras empresas recuperar la confianza, porque el proceso psicológico de desconfianza que se ha apoderado del consumo no solo proviene de la crisis económica sino también de una estrategia de defensa colectiva ante las dudas que se tienen respecto a la lealtad de las personas que se creía con buenas intenciones.
En España sube todos los meses el paro a un ritmo galopante, pero no llega a los registros de 1980. Y además, por el lado contrario, el número de empleados se acerca a los veinte millones de cotizantes y muchos de ellos con un empleo fijo como funcionarios, enseñantes, médicos y oficios y profesiones con el sueldo garantizado. Sin embargo el consumo ha caído en picado y no tanto por prevención como por desconfianza y miedo. ¿A qué?
Desde una perspectiva cognitiva esa desconfianza se ha producido por el incumplimiento de las promesas de un individuo o colectivos que aseguraban lo contrario de lo que estaba sucediendo. ¿Si estos que mandan nos engañan cómo van a sacarnos de la crisis? Y a partir de ahí se origina una estrategia de defensa individual que se torna colectiva hasta generar la desconfianza.
Por eso las medidas financieras, la refundación del capitalismo o la caída de los precios de las viviendas no contribuyen a la recuperación de la confianza. Al contrario. Sigue pareciendo una acción destinada al engaño. De ahí el error de Zapatero al querer hacerse la foto con el G-20 a cualquier precio, creyendo que así genera confianza. Generará votos y aplausos, pero no confianza.
Hay toda una terapia que debe abordarse desde otros parámetros. Es como el tratamiento psicológico a los familiares de los que han sufrido un fatal accidente. No puede negarse la muerte del familiar ni el derecho a llorar y lamentarse. Pero la recuperación no solo se consigue con pastillas o inyecciones de dinero en los bancos. Ese familiar, el colectivo español, debe estar seguro de que los dirigentes en quien quiere confiar le van a llevar a buen puerto. Nadie quiere dejar de ser rico y comprar en El Corte Inglés. ¿Usted cree que algunos de todo estos, blancos o negros, rojos o azules, son capaces de hacerlo? Yo no. Que llamen al psicólogo.
Jueves, 31 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
José Pómez