La columna

Las universidades también pueden apretarse el cinturón

10.10.08 | 13:37. Archivado en universidad
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Andan los egregios rectores de las universidades de Catalunya (Autónoma y Pompeu Fabra) y las de Madrid (Carlos III y Autónoma), las de la Comunidad Valenciana (Valencia y UJI en Castellón) y los de otras universidades muy preocupados porque ven venir y con razón un recorte de la financiación universitaria por parte de sus respectivos gobiernos autónomos. Están a un paso de iniciar movilizaciones en defensa de sus dineros, pero todavía no han dicho ni una sola vez que están dispuestos a apretarse el cinturón como el resto de los mortales en esta época de crisis.

Los gobiernos del PP en Madrid y Comunidad Valenciana (Aguirre y Camps) han sido siempre muy beligerantes con las universidades o estas con los gobiernos del PP. En cualquier caso cualquier ocasión y excusa ha sido siempre motivo para hacer saltar las chispas y poner a la universidad en armas contra las injerencias políticas y el apretón financiero. En Catalunya han sido hasta ahora más discretos, porque Pujol, Maragall y Montilla siempre conseguían rebotar la demanda hacia Madrid. En el resto de España las universidades ni piulan.

Con mucha razón las universidades han reclamado siempre autonomía en sus decisiones, pero eso les ha permitido no tener que rendir cuentas por sus inversiones, gastos o aventuras equinocciales. Son la única institución que no está auditada realmente por nadie y esto les permite hacer de su capa un sayo. Unas veces bien hecho y otras veces repleto de tijeretazos. Los consejos sociales sirven para muy poco, por cuanto nunca darán un paso para fiscalizar las tareas de los rectores: la universidad tiene siempre más prestigio como institución que los miembros de estos consejos, representen a la sociedad civil o a otras instituciones.

Por eso hasta el ayuntamiento más miserable es controlado hasta el último euro y denunciado por activa y por pasiva cuando un concejal toma un café a costa de la Hacienda pública y las universidades se permiten todo el desahogo presupuestario que se quiera. No hay control de productividad, ni valoración en el cumplimiento de objetivos, ni inversiones a éxito, ni siquiera una auditoria de la responsabilidad social universitaria. Por no hablar de un control presupuestario externo real. Cualquier ciudadano puede ser llamado a un Parlamento para justificar las acciones que se consideren dignas de valorar. Nunca un rector. Eso es una intromisión en la autonomía universitaria. Se puede hacer con la justicia, pero no con la universidad

Esta complicidad se ha consentido durante años porque el imaginario colectivo situaba la universidad por encima del bien y del mal. Aunque también ocurrió con la religión con mayúsculas y ahora está en entredicho. Pero a la universidad y a su cuerpo social se le ha permitido todo en beneficio del saber, aunque luego todos sabemos que una parte importante de los catedráticos lo son por coaptación de otros y complicidad en los tribunales de las oposiciones. O que la mitad de ellos no van a clase, ni investigan, ni se ponen al día, dejando en manos de sus “pasantes” la dura tarea de la enseñanza. Además, en los últimos años, con la excusa de la financiación empresarial, los más diligentes ganan más dinero entregados a la dura tarea de registrar patentes empresariales que dando clases a universitarios desencantados. Hasta la propia ministra de educación, Mercedes Cabrera, se encarga permanentemente de recordar que la universidad española se ha quedado antigua a fuerza de corporativismo.

Pero ahora la crisis aprieta a todos y los planes de financiación pactados durante los últimos años se vienen abajo. ¿Deben apretarse el cinturón las universidades? Pues claro porque pueden hacerlo en capítulos que no guardan relación con la enseñanza universitaria. Primero: si hubiera transparencia en sus cuentas encontraríamos una gran cantidad de gastos de escasa utilidad académica. O segundo: iniciativas urbanísticas en los campus rayando con el más exagerado proyecto de viviendas playeras con campo de golf incluido. ¿Pueden mantener este desenfreno las universidades mientras todo dios no llega a final de mes? ¿Sirve la excusa del saber para gastar a mansalva sin dar cuentas a nadie? ¿Cuántos profesores, ayudantes, etc. sobran en carreras que no tienen demanda social? Como en otras cosas en este país se ha confundido el tocino con la velocidad o la autonomía universitaria con el desenfreno presupuestario.


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