La columna

¡Es la gran crisis! ¡Estúpidos!

07.08.08 | 10:59. Archivado en Economía
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Esto del verano da tiempo para darse unas grandes panzadas de leer y escuchar a otros sobre cómo va el mundo. Políticos, dirigentes empresariales, tertulianos “escuchapedos”, como les dice una variante del castellano, y hasta en directo las heridas de la crisis que te cuenta un vecino de playa que no consigue el consiguiente préstamo bancario. Y tras sucesivas panzadas y reconfortadoras siestas te queda la sensación de aquí nadie quiere darse por enterado de que esto no es una crisis, es la Gran Crisis, la tormenta perfecta de todas las crisis, que dice Don Tapscoott (Economía Digital).

Ya no es la crisis financiera, la alimenticia, la energética, la inmobiliaria, la de los países emergentes, la de la izquierda soñadora o la de la derecha desnortada. Ni siquiera es una crisis más del capitalismo o la crisis superpuesta a la que nos lleva ese coktel que convoca Zapatero con su malicia e ignorancia para conseguir poder como único objetivo. Es el gran cambio de paradigma que ocurrió en 1929 con el aliño de una gran resonancia mediática ignorante.

Y como ocurrió en los preliminares de aquella crisis, nadie quería creerse que llegaba y que a todos alcanzó. Aquí todos los días hay una suma de detalles críticos que de variables incontroladas pasan a integrarse en el panorama como nuevos elementos fijos. Ignacio Muro habla hoy en El País de los riesgos y ventajas de que se extienda el temor. Por eso nadie quiere ver que esto va más allá de la compraventa de fincas Corral o de las inyecciones millonarias de la Generalitat Valenciana a las cajas de ahorros territoriales para que atiendan el circulante de sus clientes. Todo son variables que demuestran la gran tormenta perfecta que se está formando.

Hasta un personaje como George Soros decía días pasados que “estamos ante el final de una era: la de la sociedad del bienestar.” El especulador financiero, que en algo habrá contribuido a este objetivo, plantea un diagnóstico certero sobre lo que esta ocurriendo. Por ejemplo: esta crisis va a dejar a cientos de miles de españoles sin patrimonio y esto, amén del problema que genera en si mismo, concluirá en la pérdida del valor de la segunda residencia como opción inversora o vacacional. Todos al hotel o al camping. Y miles de puestos de trabajo y millones de capital a buscar otro destino productivo.

El cambio que va a traer esta crisis va ser total. Acabó la sociedad del consumo y entramos en la sociedad de los servicios de forma definitiva. Los últimos datos estadísticos fijan claramente la caída de compra de bienes duraderos y el mantenimiento de los bienes temporales. Un Tata mejor que un BMW. Pero cambian las rentas destinadas al concepto de atención social, porque va a cambiar el propio concepto de atención social. ¿Qué se ha hecho de la Ley de Dependecia? ¿O del Plan Concilia? No hay administración que aguante ahora esa pata del Estado del Bienestar. Es la caída del modelo instaurado por la socialdemocracia tras la Segunda Guerra Mundial y luego mejorado por la gestión liberal del capitalismo de consumo.

Hasta Rodríguez Ibarra reconocía hace unas semanas lo absurdo que resultaba un debate sobre la financiación autonómica cuando aquí la cuestión está en que para hacer tornillos o azulejos ya nadie le pide permiso al Zapatero de turno. Se va a China o a Brasil y deja a los de Sabadell, Alcorcón o Alcoy sin trabajo y con derecho a un miniparo. Por eso crece la desconfianza del ciudadano. Porque sabe que la solución a esta crisis no está en las manos de los inútiles que ni siquiera la reconocen. Y por eso también el ciudadano se blinda ante lo que viene y se da ahora todos los gustos que puede antes de que no pueda ni salir de casa.

Esta es la “gran tormenta” o la “tormenta perfecta” y de aquí saldrá otro modelo económico y social que es difícil aventurar. Lo que queda claro es que solo sobrevivirán aquellos que perciban que esto es lo que va a ocurrir y se preparen para el cambio, que no tiene porque ser trágico ni alegre. Es un desafío a valorar, lo cual es difícil en un momento de mediocridad absoluta en el liderazgo político y empresarial en España. Ahí está la dificultad y por eso no creo en el último argumento del citado Ignacio Muro en su artículo de hoy en El País. Dice “Juntos podemos”. Ni juntos ni podemos, porque ante la inconsciencia colectiva ha estallado el “sálvese quien pueda” y hasta hay quien dice que todo cambiará cuando llegue Obama a la casa Blanca. Bueno: mejor esto que la solución a la depresión del 29: una guerra.


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