La columna

Universitarios, votantes y consumidores

25.04.06 | 13:00. Archivado en universidad
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En los últimos meses se han celebrado elecciones en varias universidades de la Comunidad Valenciana. Y por encima del resultado electoral, puramente continuista con los candidatos y equipos ya existentes, lo más notable es la alta abstención entre los estudiantes. De los miles de universitarios que acuden regularmente a las aulas de cualquiera de los campus, no más del cinco por ciento han acudido a votar en cualquiera de los procesos para elegir rector y junta rectoral. Queda la incógnita de la participación en UJI (Castellón) donde Francisco Toledo es el único candidato. ¿Les da lo mismo a los estudiantes quién manda o qué pasa en su universidad? ¿Es este un nuevo modelo de democracia no participativa?

No me creo esa historia del pasotismo juvenil. Más bien me creo que los dirigentes universitarios no tienen ni idea de por dónde van sus alumnos y las elecciones y programas que presentan sólo sirven para entronizarse como jefes del invento. El absentismo electoral nunca es culpa de los electores. Siempre es culpa de la degradación de un sistema que deja de interesar a quienes deberían ser sus protagonistas. Por hablar en términos reales: la universidad no despierta la emoción de sus principales usuarios, clientes, sujetos o supuestos beneficiarios. Despierta escepticismo y odio. Malos mimbres para dar algo más que un rol social representado en un diploma. ¿Para qué entonces ir a votar? Todos huyen de esa respuesta, porque nadie quiere hacerse la pregunta.

De entrada hasta la propia ministra del ramo, Mercedes Cabrera, tiene claro que el horizonte exige un cambio de métodos y de titulaciones en la universidad española. Hace años que todos lo saben en Europa y así lo acordaron en Bolonia, pero cuando aparece el corporativismo funcionarial universitario más vale que el cinturón se lo apriete el otro. Cabrera sabe de ese corporativismo, capaz de descabalgar rectores, ministros y lo que haga falta para que a un catedrático no se le despeine el flequillo. Algún día, en algún medio de comunicación de esos que investigan tanto, deberían meterle mano a la historia de los tribunales para acceder a las cátedras, los intercambios de favores, el descontrol de los presupuestos… Pero nadie quiere meterle mano a la universidad. Se hace con la justicia, con los ayuntamientos, pero no se puede hacer con la universidad porque dice que es autónoma. ¿Quién la paga? ¿Quién fiscaliza el resultado de sus presupuestos? ¿Los Consejos Sociales? ¡Ja! ¡Ja!.

Los estudiantes no votan porque como consumidores del conocimiento no les interesa el que les imparten. Tiene poco que ver con la realidad, incluso con la suya, tan subjetiva. Tiene que ver con el interés del maestro. Hay titulaciones útiles, otras básicamente necesarias y muchas que no sirven para nada o el profesor simplemente sólo sabe del primer capítulo. Ni siquiera se diferencia entre saberes rentables y saberes indispensables. Lo que no se ganó en unas oposiciones no está previsto ni se le espera. Y como estos consumidores no son tontos saben que de poco les sirve lo que en ese centro del saber les enseñan.

Evidentemente, a partir de esa ruptura de la relación causa efecto en el conocimiento, el sistema se pervierte. El estudiante no cree en lo que estudia. El profesor se la trae al pairo lo que haga el estudiante. Y el equipo rectoral sólo aspira a ganar unas elecciones para reinar sobre la nomenclatura de intereses universitarios. Y cuando algún rector intenta la mayor (lo ha pretendido hacer Francisco Toledo) se encuentra prisionero de su propia gente. Hay universidades con más presupuesto que un ayuntamiento importante y que están dirigidas por equipos que sólo están votados por el diez por ciento del censo. ¿Esta es la cuna de la democracia?

Claro está que el dilema es mayor que la participación estudiantil. La universidad debe adaptarse a las tendencias del saber en la nueva sociedad del conocimiento y los puestos de trabajo que genera. Y esto resulta imposible con la cantidad de intereses creados que bloquean cualquier modificación de ese saber. La universidad, que debería ser la generadora de cambios, nuevos saberes y los cambios sociales, es la entidad más conservadora del mapa español, aunque enseñen latín por Wi-Fi. ¿Para qué ir a votar? Como mucho si arreglan el parking y ponen una piscina se animarán las urnas.


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