La cigüeña de la torre

Un obispo valiente.

08.12.06 | 13:27. Archivado en Obispos, Iglesia española

Don Jesús Sanz Montes (Madrid, 1955) es obispo de Huesca y de Jaca desde el otoño del 2003. Lleva al frente de esas dos diócesis, unidas en su persona, ya tres años. Y se nota.

No quiero hablar aquí, al menos hoy, de lo que se encontró a su llegada tras los pontificados, larguísimo el uno (1977-2001) y más corto el otro (1990-2001), de Osés y Conget. Monseñor Sanz Montes, joven como es, sólo hay cinco obispos con menos años que él en la Conferencia Episcopal, se echó a la espalda las dos diócesis y en muy poco tiempo lo que parecía marchito comenzó a renacer.

No voy a referir todo lo que ha hecho el obispo desde su despacho itinerante pues lo tiene en su automóvil, que se conoce ya todas las carreteras, aunque no pocas de ellas no se merezcan ese nombre, del Alto Aragón. Hoy os quiero traer sus cartas semanales que son su medio de conectar cada siete días con sus dos diócesis.

Os hablaba, hace nada, de la excelente carta pastoral del obispo de Ávila. Los obispos suelen rehuir el trabajo de escribir pastorales que han sustituido por unos articulillos con los que periódicamente obsequian a sus diocesanos y que apenas hay diocesano que lea. Ni los curas.

Suelen ser de una vulgaridad manifiesta, descomprometidos, en ocasiones hasta torpemente escritos, pesados aun en su brevedad, absolutamente inútiles en no pocos casos. Pues nada de eso hallaréis en los de Don Jesús Sanz Montes. Actuales, vivos, comprometidos, apasionados y apasionantes. Os recomiendo a todos su lectura. Me lo vais a agradecer.

Y como muestra, el último. El que aparece esta semana. Se titula Villancicos sin música ni letra. Y no tiene desperdicio.

"Estamos asistiendo a un continuo intento de erradicación, sutil o groseramente presentado, de la traza cristiana en nuestra cultura. O se aboga por una banalización de lo cristiano presentando el gran bazar del "todo vale" y del "sírvase Vd. mismo que aquí todo da igual, o por una censura directa y a bocajarro de cualquier manifestación pública de la expresión religiosa cristiana". Supongo que nadie dudará en que está descrita con toda precisión la situación en que vivimos.

"El torpe guiño que se hace a otras grandes religiones con el objetivo de debilitar la católica". "Asistiremos a legislaciones pintorescas que nos impondrán sus reales ordenanzas, como no tan imposiblemente ha sucedido ante totalitarismos de diverso signo en el siglo pasado: "queda prohibido cantar villancicos, adornar escaparates, colorear arbolitos con bolas y espumillón, comer en público turrón y mazapán; quedarán suprimidos los mercadillos populares navideños, las cabalgatas de reyes magos; el gallo podrá seguir cantando pero sin "misa". Y así podríamos seguir describiendo el ridículo esfuerzo de quienes imponen su disfrazada intolerancia, revestida de alianzas multiglobis, multimutis, multiverbis en este palenque del despropósito, que van paseando de aquí para allá recogiendo nerviosos alguna firma más".

"No es que quieran simplemente arrasar a Dios de nuestra cultura, sino imponernos el suyo". "No sólo quieren sacar el cristianismo de la escuela sino también de la vida". "Sorprenden todos los ataques que los cristianos estamos recibiendo por parte del laicismo más totalitario sin respetar nada ni a nadie: ni siquiera a los niños y a sus padres, como ha sucedido en algunos colegios recientemente, en torno a las actividades artísticas que los centros escolares organizan antes de la Navidad".

"Que los desenterradores de heridas y contiendas no pretendan sepultar nuestras convicciones y esperanzas, ni censurar incluso lo entrañable y hermoso de la celebración de la Navidad. En la plaza o en la catacumba, seguiremos cantando Noche de Paz".

No se puede decir mejor ni más claro. Si todos los obispos hablaran como monseñor Sanz Montes, otro gallo nos cantara. Afortunadamente no es el único. Cada vez van siendo más. Mis felicitaciones al obispo, a las diócesis de Huesca y de Jaca y a todos los católicos altoaragoneses. Que, por fin, tienen un pastor al que seguir. Porque ese era el mal de nuestra Iglesia. Buscábamos al obispo y no lo encontrábamos. O le hallábamos donde no debía estar. Mudos o, lo que era peor, hablando mal.

La larga noche comienza a alborear.

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