No querían un Iphone, sólo soñaban
10.07.08 @ 20:45:05. Archivado en Conflictos del Mundo, Eco-Sociedad, Ceuta
Cientos de personas hacen cola hoy en todo el mundo ante las tiendas de Apple o, en su caso, de las compañías telefónicas que se han quedado con los derechos de venta del nuevo Iphone. Es un cacharro de indudable atractivo estético y al que sólo le falta poder mover el Hispasat. Al igual que ha ocurrido con el Ipod o con el Macintosh, la compañía de Cupertino ha sabido reflejar el mundo moderno a través de la creación de nuevas necesidades. Este caso, creo que entraría en las de autorealización, el último eslabón de la pirámide diseñada por Abraham Maslow. Es el símbolo del progreso, del dinero y del todo-tengo.
Mientras la fiebre del aparato que lo hace todo surca por el mundo, en otra parte no muy lejana del planeta se forma otra cola. Esta vez no es para tener el más avanzado de los teléfonos móviles. En esta ocasón, cientos de seres humanos aguardan su turno para subirse a una patera, un cayuco, una barcaza o incluso una canoa. Algunos aprovechan que la mañana ha salido con niebla para tratar de llegar a nado a Ceuta. Esperan su momento para tener derecho a soñar. Para ellos y para sus hijos. Ahí abajo, no hay tecnología, no hay Iphones, tan se topan con miseria y dolor. Y mientras en el mundo desarrollado soñamos con hacer una videoconferencia o mandar a los colegas las fotografías de alta resolución de nuestro último fiestón, allí sueñan con otra vida. Suben en trozos de madera y el motor fallece. Pasan horas a la deriva, al sol, frente a las pobladas y ociosas playas de Andalucía y ellos miran de lejos, entre la agonía y el dorado. Saben que se juegan la vida, pero da igual. En su casa les espera lo mismo. Por lo menos hay que intentarlo. Y lo hacen con dolor, al borde la extenuación y de la muerte. Algunos no pueden más. Sucumben a la vida, y lo hacen aún sin haber tenido tiempo para soñar. Eran nueve niños cuyos juegos ahora vagan por algún lugar del Atlántico. También había cinco adultos que pagaron con su vidas el alto precio de buscar una vida mejor. Soñar, en este mundo, no es para todos.
El último contacto de estas personas con el inalcanzable mundo que les es ajeno ha sido gracias a la tecnología. Un teléfono móvil sirvió para llamar al 112 que, hasta que no llegó el velero, nada pudo hacer por encontrarles. Un Iphone puede ser muy grande en una gran ciudad, pero en medio del mar no es nada, ni siquiera con su GPS de serie. Esa llamada, ese S.O.S. del siglo XXI, ha sido la última esperanza para algunos.
Y mientras, estamos en plena crisis. Pero las colas de las tiendas siguen llenas. Recuerdo que en Navidad, una dependienta de una macrotienda de electrodomésticos aseguraba a un periódico: "No sé donde está la crisis. La verdad es que nunca habíamos vendido tantos móviles de 600 euros". Soñamos con tenerlo todo, y al otro lado del Tarajal, a cinco minutos de mi casa, hay gente que tan sólo sueña con poder vivir un día más. Da vergüenza estar vivo.
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