La política heroica
24.04.09 @ 18:48:02. Archivado en Sobre el autor
Por Eduardo Mesa
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El cadáver de Fidel se resiste a morir, su descanso supondría un alivio para todos pero su alma de gánster no quiere abandonar el cuerpo moribundo, quizás intuye la desnudez del tránsito, la mirada de Dios.
A Fidel lo mantiene con vida su ego, ¿qué sería la humanidad sin mí? se pregunta el viejo dictador mientras el amanuense transcribe su agonía. Aunque no lo desee Fidel se muere, muere el viejo que deja a un pueblo acuchillado y muere el niño que vivió con rabia.
Los jesuítas de Belén le hablaron de Dios Padre, entonces Fidel pensó en el gallego Ángel Castro, prescindió de la teología y compró un revólver. Fidel aprendió pronto la necesidad de una leyenda, escogió el oficio de revolucionario y declinó –no sabemos si amablemente- la santidad.
Estoy seguro que nunca simpatizó con Jesús, menos aún con Pedro, pero se aseguró desde el principio un panteón de mártires que él mismo condujo a la muerte. Mira que nos contaron las torturas de Abel Santamaría, de Renato Guitar; la épica revolucionaria del sargento torturador, esbirro-sudado-con-mocho-de-tabaco-que-aprieta-su-mocho-de-tabaco-encendido-en-el-pecho-del-joven-revolucionario-que-no-delata-a-su-célula.
Fidel mira a Cristo en la cruz y le parece un desperdicio, un Dios imbécil. Ninguno de sus seguidores llegará a Pontífice, ni siquiera Raúl, aunque lo afirme tres veces cada día, antes del alba.
En la escuela nunca nos hablaron de Jesús, menos aún de Pedro, el hombre que sería el primer Papa, el que negó a su Maestro tres veces en la víspera de la Pasión. Nuestra historia está hecha de héroes, nuestra historia no cuenta que los héroes no siempre fueron leales a otros héroes, que a menudo se odiaron; héroes, que salvando la probable excepción de Martí, no escogerían a Pedro para dar continuidad a su obra.
En Cuba, el ejercicio de la política continúa teñido de heroísmo, a los opositores no les queda otro remedio que ser héroes y el cadáver de Fidel le reprocha a los penúltimos defenestrados su adicción a “la miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno”. La meritocracia estalinista augura un tiempo indeterminado de poder geriátrico.
Aquí, en el largo exilio, hay héroes verdaderos y falsos; la retórica heroica mantiene su rating y la gente siempre tiene a mano una verdad o una quimera. Entre nosotros las ideas secundan al mérito, aquí nos ampara la democracia anglosajona que hace posible a Obama, allá no hay amparo posible, ni milagro que no venga de la mano de Dios.
Fidel se muere, Raúl se morirá antes o después de Fidel, la muerte de estos tipos será el signo visible del final de una época que morirá con ellos. Un tiempo de política heroica que dará paso a un tiempo diferente, en donde nadie se sienta conminado a ser héroe, en donde nadie tenga que callar por el miedo que tuvo o el valor que no alcanzó a tener.
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