La chica del balcón

Permalink 14.08.09 @ 10:25:00. Archivado en Colaboraciones, Pinceladas. Por La chica del balcón

Un balcón suspendido en un sexto piso, pintado con ladrillos, un ladrillo manchado de contaminación callejera, pero reparado por un jardín de flores secas por la luz del sol, que se dejaba asomar entre nubes grisáceas. Una tarde de primavera bañada por pájaros correteando por el viento, la silueta de los edificios recordaba las postales americanas de New York, y en lugar del mar al pie de los edificios encontrábamos olas de coches que rompían contra la arena de los parques, sin mujeres desnudas tomando el sol, pero con niños jugando entre colillas, envases vacíos y madres hablando del número de tinte que mejor les quedará.

Una bella estampa primaveral que hacían ver a la chica del balcón como su soledad se perdía en los callejones, los cuales no se apreciaban en la postal pero de los que estaba hecha la ciudad. Los rayos del sol chocaban en el cristal de su bolígrafo y dibujaban líneas luminosas sobre su carpeta que apoyada en sus rodillas dejaba caer sobre ella el peso de las líneas que sus ojos alcanzaban a percibir. Esos ojos cegados de frente por el sol, estaban acostumbrados a mirar por esa terraza, su calle, su gente, su infancia, su anciana soledad...

Tras ella un salón con una televisión encendida, una mujer que veinte años atrás la había traído al mundo observaba las noticias. Atroces noticias, y rutinarias a la vez, lo que las convertía en una espiral de dolor que la chica del balcón optó por no ver. En la cocina, pegada al salón, estaba el progenitor A, perdido entre alimentos que más tarde él, sólo él, ingeriría. Atrapado en una horrible enfermedad degenerativa que esquivaba demostrándose que aún era útil.

La chica seguía en el balcón, dolorida por la extraña posición que había adoptado para escribir, llevaba tanto tiempo haciéndolo que su muñeca estaba rígida.

Por un instante rompió su concentración para mirar por la terraza, vio familias pasar con bolsas de comida pre-cocinada, un grupo de niñatos juntado monedas para comprar un poco de tabaco, los comercios cerrando tras otro día laboral, impregnado de desánimo y ausencia de beneficios. Qué hermosa postal, qué falsas sonrisas se dibujaban en los cuerpos motorizados que se movían, cada vez en menor cantidad, por las aceras. Cada cierto tiempo el ruido del motor de un autobús molestaba a la chica del balcón, con tu tez deshidratada por las lágrimas que no dejaban de descender.

Se acabó, suspiró, iba a dejar de escribir, iba a meter todo lo escrito en un sobre, alguien lo leería, y si no, no importaba, ya le daría igual. Cerrando los ojos trazó en su mente una nueva postal, con el mismo olor a intolerancia, con el mismo sabor de tristeza, el tacto del libertinaje juvenil... vio a esos robots parados rodeando un cuerpo yaciente que dejaba salir de su cuerpo un río de color rojo, que esperaba tiñera a la sociedad de fuerzas para abrir los ojos y luchar por algo mejor.

Algo que la chica del balcón anhelaba, y algo que perdió cuando se encontró yaciente en el asfalto de los callejones solitarios, viendo como el sobre se alejaba arrastrado por el río de la sangre de la chica del balcón.


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