Continuando con este tema, relacionado a la manera con la cual el Nuevo Testamento se refiere a la "riqueza", les recuerdo mi interpretación de que, según las enseñanzas de Jesús, tal "problema" es un aspecto que presenta aristas que pueden "complicar" bastante el "camino hacia la salvación".
En ese sentido, conviene releer los pasajes de las Bienaventuranzas (Lc.6,24-26) la parábola del rico y Lázaro (Lc.16,19-31) y la del hombre (o joven) rico (Lc.18,18-27).
Sobre esa base había empezado a tratar el tema de nuestros bienes personales, ya que, conforme he explicado en un post anterior, la concepción de "riqueza" como sinónimo de “multimillonario”, que según se nos suele "enseñar" sería lo condenado por el Señor de Galilea, para mi no parece coincidir demasiado con los textos evangélicos, especialmente con lo que podemos leer en el último relato citado (Lc.18,18-27).
Es decir que, aún cuando aparentemente no sean “tantos” los elementos materiales que poseamos como para ser considerados multimillonarios, ni cosa por el estilo, frente a la estrechez de nuestros hermanos (prójimos-próximos) que carecen hasta de lo más elemental para la vida (comida, vestido, alojamiento etc.) el concepto de “rico y pobre” parece tomar dimensiones diferentes a ese pensamiento aparentemente "tranquilizador", que muchas veces puede escucharse en los sermones domingueros.
En efecto; el problema que para mí fue advertido por Jesús y, que es el que genera —real y concretamente— el conflicto entre el mensaje del Evangelio y el camino de la salvación, es la actitud netamente humana que poseemos, de aferrarnos a los elementos materiales, lo cual hacemos, simplemente, por cuanto estimamos que los mismos son algo así como una CONDICIÓN INELUDIBLE para “poder vivir”.
Posiblemente sea más fácil de comprender lo que trato de decirles, si procuramos analizar este tema desde otro ángulo.
Los que enseñan sobre temas religiosos, afirman normalmente que el Evangelio es algo vivo, algo actual, como si las palabras que se expresan, o los hechos que allí se nos relatan, están TAMBIÉN dirigidos a cada uno de nosotros.
Pues bien; siendo así, creo no equivocarme si afirmo que a todos nos resulta sumamente difícil admitir, que también nosotros podríamos ser interpelados de esa forma por el Señor, y que por ende deberíamos dejar los elementos materiales y seguirlo.
Es decir; si cada uno de nosotros, aunque más no fuese "hipotéticamente", procuramos colocarnos en aquella situación que relata el Evangelio de Lucas, según la cual parecería que no basta con cumplir los mandamientos, sino que el Señor nos puede pedir también otra cosa, ¿CUÁL SERÍA NUESTRA RESPUESTA?
Insisto sobre eso ya que, conforme el comentario de quienes lo rodeaban en aquel momento, respecto a «¿Pero entonces, quién podrá salvarse?», no podemos dejar de reconocer que el tema parece ser bastante generalizado.
Y para que nadie afirme que «no puedo hablar por los demás» (lo cual es cierto) me limitaré a responder a esa hipotética situación en forma personal.
No obstante, les agradeceré que cada uno de los amables lectores procure también pensar, honestamente, qué es lo que contestaría en ese caso.
Asimismo, y como un aspecto preliminar a plantear ese interrogante, les aclaro al respecto que, conforme trataré de explicarlo en unos próximos post, estoy absolutamente convencido que durante sus días sobre la tierra Jesús NO SE DIFERENCIABA PARA NADA DE LOS OTROS SERES HUMANOS.
Por consiguiente, debemos tener en cuenta que su «interrogante» sobre ésta, como sobre cualquier otra cuestión, “sonaba” para sus eventuales interlocutores de forma exactamente igual a la que ahora pueda hacernos cualquier persona a nosotros.
Es decir; que ninguno de los que lo escucharon durante su vida real y concreta lograron advertir claramente rasgos "divinos", que les otorgase una “seguridad diferente” a la que podemos pretender nosotros para "resolver" —aunque más no sea en forma teórica— las cuestiones que nos plantea el Evangelio.
Basta recordar al respecto, que la “comprensión” (obvio, dentro de lo que se puede, por lo cual tal vez sería mejor decir “concepción”) de la Trinidad de Dios, recién surge aproximadamente hacia el siglo III de nuestra era, por lo cual queda en evidencia que para sus contemporáneos Jesús de Nazareth sólo era un hombre —notable, si se quiere— e incluso para unos pocos el Mesías (el “señalado” o “ungido” por el Eterno) pero, en esencia, exactamente igual a como puede ser para cada uno de nosotros cualquiera de nuestros "vecinos".
Hecha esta aclaración previa, paso ahora a contestarle a Jesús, tal cual como lo haría a una persona que vea diariamente.
Yo estoy convencido de que NO RESPONDERÍA AFIRMATIVAMENTE, por lo menos si lo hiciese en conciencia, y no con una actitud meramente “lírica”, ya que difícilmente admita que podría subsistir sin bienes, puesto que mi fe no “mueve montañas” ni nada parecido.
Y estoy seguro de eso, de la misma manera que también estoy convencido que NO ACEPTARÍA un eventual martirio u otra cosa por el estilo, ya que no me gusta para nada ni la inseguridad ni el sufrimiento, y si Pedro y los demás discípulos corrieron frente al peligro, yo estoy ABSOLUTAMENTE CONVENCIDO de que mi "carrera" —pese a los muchos kilos de más que llevo sobre mis huesos— superaría la de ellos por varios cuerpos.
Pues bien, si esa es mi respuesta personal (y les ruego encarecidamente a cada uno de ustedes que reflexione, insisto, honestamente, en cuál sería la suya) yo me pregunto también si aquél texto del Evangelio «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios! Sí, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios» no está dicha además para mi.
Estoy totalmente convencido que es necesario reflexionar sobre eso, y por tal motivo continuaré haciéndolo en los próximos post.
Cordiales saludos
MARANA-THA
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Miércoles, 30 de mayo
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