Ayer explicaba que, frente a lo que podemos llamar el “fracaso” de Jesús (el escaso “éxito” que ha tenido el cristianismo a lo largo de estos 2.000 años) consideraba necesario decir algunas cosas sobre lo que interpreto han sido las causas —al menos las fundamentales— que generaron esa situación.
Y les decía que estimaba que es “una misma moneda” lo que explica esa situación la cual, por supuesto, como cualquier otra presenta “dos caras”, aún cuando ambas corresponden a una misma realidad.
Por un lado un apego “inexplicable” a distintos pasajes del Antiguo Testamento, y por el otro la dicotomía evidente que existe entre lo que se dice (que somos todos hermanos y que hay que amar al prójimo) y lo que se hace (actuar autoritariamente, aprovecharnos de las necesidades de nuestro prójimo).
Y por eso ahora mencionaré algo más que se relaciona con “esa primera cara” del problema.
Y lo haré, ya que considero que es uno de los aspectos que más han influido a lo largo de la historia para que nos encontremos en afrontando ese “fenómeno” que es, por un lado la realmente mínima cantidad de personas en el mundo que poseen fe en Jesús (al menos proporcionalmente hablando) y por el otro la escasísima religiosidad práctica que tenemos los que nos decimos católicos en particular (y cristianos en general).
Si se animan a hacer una pequeña encuesta, consultando la opinión de quienes van asiduamente a los templos, o extendiéndola incluso a los simples transeúntes que puedan encontrar a su paso, y mejor aún, haciéndola con aquellos que dejan de concurrir a los actos de culto, interrogándolos sobre los hechos que ven como más perjudiciales dentro del accionar de la Iglesia, creo que la respuesta ampliamente mayoritaria que recibirán es la excesiva posesión de bienes materiales, tanto de lo que llamaríamos la Iglesia “Institución” (el famoso oro del Vaticano) como también la abundancia de bienes materiales que tienen muchos de aquellos a los que yo llamo “referentes religiosos” de la actualidad (curas, obispos, monjas, frailes, hermanos, etc.).
Aunque —les aclaro— esa “falencia” no es “patrimonio” exclusivo del catolicismo, ya que también la podemos encontrar dentro de cualquier religión o denominación cristiana (Ortodoxa, Anglicana, Evangélica, etc.).
Pero bueno, dejemos de lado eso y pasemos a analizar el fondo del asunto.
Según el Evangelio, parece evidente que para seguir en forma más directa a Jesús, es necesario previamente desprenderse de todos los bienes materiales.
Por lo menos creo que eso resulta bastante claro de la recomendación que le hizo al hombre rico, quién le consultó qué debía hacer para obtener la vida eterna.
Y, aún cuando estoy seguro de que todos recordarán el asunto, para facilitarles el análisis de esas palabras, me permito transcribir a continuación el pasaje al cual me estoy refiriendo.
«El hombre le respondió: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”. Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo te falta una cosa: ve vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme”» (Mc.10,20-21).
Pues bien, me parece obvio entonces que, como “requisito ineludible” para seguirlo (al menos haciéndolo de una forma “especial”, más cercana a la que podría adoptar el común de los seres humanos) Jesús exigía un total y absoluto desprendimiento de los bienes materiales que podían poseer quienes optaban por seguirlo de esa forma.
Y me parece obvio que ese “seguimiento” más “especial”, distinto al común de la generalidad de los cristianos, es —tal cual como aseguran hacerlo siempre— el que corresponde a aquellos que asumen actitudes “jerárquicas” dentro del Pueblo de Dios, grupo integrado por los que yo llamo los “referentes religiosos de la actualidad”.
Y, siguiendo algunos sabios consejos recibidos, para no extender tanto este post, suspendo aquí el análisis del tema, pero lo continuaré y finalizaré mañana, ya que lo considero realmente algo muy importante.
Cordiales saludos
MARANA-THA
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Miércoles, 30 de mayo
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