Hace unos días escribí un post, en el que me referí a una cuestión que desde hace ya tiempo me angustia mucho, tema al que, tratando de darle un título “llamativo” mencioné como el “fracaso” de Jesús.
Y, si bien es cierto que en el texto aclaré que me refería al “aparente” fracaso que ha tenido su mensaje (es decir el cristianismo en general) sin embargo me parece que es un aspecto que nos debería preocupar (y ocupar) considerablemente.
Sin embargo, nadie, absolutamente nadie, efectuó comentario alguno al respecto.
Y por ende estimo necesario hacer algunas consideraciones sobre los aspectos que interpreto han sido los más “determinantes” para que ocurriese esa situación.
En rigor de verdad, en forma indirecta más de una vez he hablado del asunto, e incluso hace poco efectué un comentario sobre un aspecto que es de “mucha” actualidad, y que consiste en el trasfondo de la idea de retornar al uso del latín en las celebraciones de culto.
Y luego coloqué otros post más, sobre otra cuestión que estimo corresponde al mismo tema, pues mencioné el problema que se oculta detrás de la insistencia en retornar a la antigua práctica de obligar al laico a comulgar recibiendo la Hostia Consagrada, “de rodillas y en la boca”.
Y para tratar de explicarles mejor mi postura les diré, que ambas cuestiones —y varias más, una de las cuales citaré un poco más adelante, y que se relaciona con el título de estos post— tienen todas un mismo trasfondo y que es algo que considero como una de las “dos caras de la misma moneda”, “moneda” que es lo que estimo constituye la causa esencial de ese magro resultado obtenido por el cristianismo a lo largo de estos 2.000 años.
Y les diré que a esa “cara de la moneda” la mencionaría como un apego (francamente inexplicable) a distintos textos del Antiguo Testamento, ya que son los que llevan, por ejemplo, a esa actitud de pretendida “jerarquía” terrenal, que sólo sirve para desdibujar el verdadero mensaje del Evangelio.
Y con el simple objeto de aclararles bien mi postura con respecto a este tema, les diré que “la otra cara de esa moneda” consiste en que los cristianos decimos una cosa (que somos todos hermanos, hijos del mismo padre, y que hay que amar al prójimo) pero actuamos de un modo completamente distinto, ya que según sean las condiciones con las cuales uno nace (rico o pobre, inteligente o “bruto”, fuerte o débil, lindo o feo, etc.) vivirá bien, más o menos bien, o como la mismísima m … mona, digámoslo así (no vaya a ser que se ofenda algún oído demasiado delicado) y también que, en lugar de amar verdaderamente al prójimo, en realidad nos aprovechamos de sus necesidades, ya que todos —de una u otra forma— en lugar de proveerle gratuitamente de lo que necesita le “vendemos” nuestros bienes, o nuestros servicios.
Sobre este último aspecto ya he hablado varias veces, dado que lo hice cada vez que he defendido mi postura relacionada con que todos deberíamos tener la posibilidad de vivir REALMENTE tal cual como lo hacía Jesús con sus discípulos, y como lo hicieron todos los primeros cristianos, haciéndolo en una verdadera comunidad (comunión) compartiendo vivencias y bienes, circunstancia que permitía que ninguno pasase necesidades, razón por la cual no insistiré ahora en el asunto.
Pero sí lo haré con respecto a algunas otras cuestiones que se relacionan con “la otra cara de la moneda”, ya que hacen al apego —insisto, francamente inexplicable— a distintas cuestiones que surgen de pasajes del Antiguo Testamento, hecho que ocurre pese a que muchas veces se suele negar esa actitud, ya que se asegura que el accionar del cristianismo se basa esencialmente en las enseñanzas del Nuevo Testamento.
Y lo haré, ya que estoy absolutamente convencido de que es eso (junto a actitudes de comodidad que pueden existir entre “varios” de los actuales “referentes religiosos”, no lo niego, dado que es indudable que siempre han existido mercaderes en el templo) lo que los lleva a que no tengan en cuenta las múltiples cuestiones que he planteado sobre el vivir de esa forma solidaria que —insisto una vez más en eso— sin duda alguna constituye la esencia del Evangelio, así como también y la razón “oculta” del ajusticiamiento de Jesús.
Y ese otro aspecto de esa primera cara de la moneda, que enuncié como título de estos post, preguntándoles si resulta correcto que los sacerdotes posean bienes materiales, lo comenzaré a analizar mañana, dado que no deseo extender tanto este post.
Cordiales saludos
MARANA-THA
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Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
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