Ayer les mencioné, que la excusa que se utilizó para tratar de “explicar” porqué se había dejado de lado el sistema original de comulgar tomando el Pan Consagrado en la mano (que fue asegurar que se lo había hecho para evitar posibles sacrilegios) era un verdadero dislate y que —al menos para mí— eso significó tomarnos a los laicos como unos perfectos tontos.
Y les dije que continuaría con ese tema, cosa que haré a continuación.
En efecto; eso no sólo es absurdo ya que, el cambio que se hizo (recibir el Pan Consagrado en la boca) no era ninguna garantía de que, por recibir la Hostia en la boca se pudiesen evitar los eventuales sacrilegios sino que, además, si ésa hubiese sido realmente la razón que había originado dicha modificación, no se alcanza a comprender qué motivos habría tenido la Iglesia luego, y que la llevaron a que aceptara correr el riesgo de que en la actualidad no se efectúen esos “temidos” sacrilegios, ya que fue la misma Iglesia (insisto, la misma y única Santa Madre Iglesia, Católica, Apostólica y Romana) la que dispuso el retornar al sistema de comulgar recibiendo la Hostia en la mano.
Pero no es ésa la única razón que me permite confirmar que semejante explicación no tiene asidero alguno —al menos esencialmente hablando— ya que hay otras cosas que también pueden servirnos para verificar que, el cambio de la forma de recibir la Eucaristía, que se había producido tiempo atrás, tiene otros “condimentos” muy diferentes a eso que se mencionó.
En efecto; esa pretendida excusa no sirve para explicar los motivos por los que antiguamente se afirmaba algo completamente distinto.
Y es así, ya que cuando yo era chico (y les aclaro que de eso no hace “tanto”, ya que hace “apenas“ algo más de medio siglo) y actuaba junto con otros niños y jóvenes como ayudante en la Celebración del Sacrificio de la Misa, se nos enseñaba que nosotros, los simples laicos (es decir, los “cristianos de segunda”) ni siquiera podíamos “rozar” con nuestros dedos la parte interna del Copón donde se ponían las Hostias Consagradas, o del Cáliz donde se Consagraba el Vino, o de la Patena donde se colocaba la Hostia Grande que usa el sacerdote.
Y eso se nos lo recomendaba constantemente (yo diría que se lo hacía con gran ahínco) indicándonos que pusiésemos muchísimo cuidado en tal sentido, ya que si llegásemos a tocarlos —aún cuando pudiese ocurrir por un simple descuido de nuestra parte— cometeríamos UN SACRILEGIO, cosa que sucedería por la simple razón de que «nuestras manos no estaban consagradas», y que, por ende, no podíamos ni siquiera rozar los elementos donde se colocaban las Hostias Consagradas (el Cuerpo y Sangre de Jesús).
Es decir; que resulta obvio que no existía por ese entonces temor alguno a profanaciones de ningún tipo, sino que era con el único objeto de “defender” una diferenciación dentro de la Iglesia, entre unos pocos, “especiales” (elegidos, que sí podían “tocar” el Cuerpo y Sangre del Señor Jesús y los utensilios que se empleaban para depositarlo) y “el resto” (obviamente ampliamente mayoritario, el de los simples mortales “comunachos”, los “de segunda”) quienes carecíamos por completo de semejante privilegio.
Y eso es obvio ya que la forma que se utilizaba para “saludar” a un sacerdote era besándole respetuosamente la mano, mientras que a los obispos se les besaba el anillo episcopal, añadiéndole simultáneamente una genuflexión (arrodillándose con una sola rodilla) al hacerlo.
Y como este tema —junto con el intento de regresar al uso del latín del cual les hablé antes, y algunos otros similares que andan rondando por ahí— me parece que son imprescindibles tenerlos muy en cuenta, les diré algo más al respecto en un próximo post.
Cordiales saludos
MARANA-THA
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Y lo peor del caso, Mario, es que buena parte de la culpa de esa diferenciación entre curas y "chusma", aqui en Latinoamérica la tenemos los laicos, pues desgraciadamente todavía hay mucha gente que cree que los curas son Dios en la tierra y..."al padresito lo que pida".
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Antonio Aradillas