Desde hace ya largo tiempo tengo una inquietud en mi espíritu que me afecta bastante, la cual he procurado “esquematizar” con esas palabras con las que resolví titular a este post.
Y, como me parece algo que no sólo es realmente es muy importante, sino que posiblemente no sea yo el único que “siente” esa aflicción, quiero exponerla a vuestra consideración.
Tratando de “resumirla” en muy pocas palabras, les diré que consiste en intentar comprender, cuáles pueden ser los motivos (al menos los fundamentales) por los que un mensaje de Amor, tan claro y evidente como lo es el que surge del Evangelio (es decir, de la vida y de las enseñanzas de Jesús) no haya podido obtener mejores resultados a lo largo de los 2000 años que constituyen la historia del cristianismo.
Y, por supuesto —casi está de más decirlo— que de una forma muy especial, me interesa comprenderlo con relación a lo que hace a mi propia y querida Iglesia (Católica, Apostólica y Romana).
Y me parece que es algo que conviene plantearlo —y por eso he resuelto hacerlo— dado que interpreto que es un tema al cual no se le ha otorgado la importancia que realmente tiene.
En efecto; desde un punto de vista doctrinario el cristianismo no tiene fisuras.
O al menos —para evitar discusiones inútiles al respecto, que nos podrían llevar a enfrascarnos en “disquisiciones teológicas” que nos harían perder de vista el objetivo principal— podríamos decir que no tiene “grandes” fisuras.
Y sin embargo, pese a eso, el resultado “negativo” es algo que salta a la vista.
O, nuevamente, y para evitar entrar en divagaciones que podrían hacernos perder lo esencial, diré mejor que resulta “escasamente positivo”.
Y creo que nos debe preocupar (y ocupar) mucho, ya que en estos últimos tiempos —y esto me parece evidente— ese estado de cosas se viene agravando a pasos agigantados.
Desde ya les aclaro que no creo que el accionar del demonio pueda ser “responsable” de esa situación en la que vivimos, dado que, si aceptase eso, debería reconocer simultáneamente que el Buen Dios del Cielo no alcanza a ponerle límite a su accionar, cosa que —al menos para mí—resulta directamente impensable, toda vez que tan “nefasto personaje” es, en definitiva, sólo una más de sus creaturas, motivo por el cual también está sujeta a su poder.
Y no sólo por tal razón me parece un argumento insuficiente para explicar dicho estado de cosas, sino por cuanto, si se le adjudicase al demonio la responsabilidad de “semejante” problema, debería admitir también, o bien que Dios no es Todopoderoso (lo cual es absurdo) o bien que no es Amor (ya que, en lugar de utilizar su poder para “controlarlo”, estaría aceptando que el demonio nos domine) cosa que me parece más ilógica todavía.
Por lo menos si aceptamos las enseñanzas que nos transmitió Jesús, quien nos lo mostró, no como un Dios vengativo y castigador, sino como un Padre Amoroso.
Y por eso, frente al mundo en el que vivimos, cada vez más conflictivo, y conflictuado, creo que conviene detenernos a analizar ese tema.
Y si con respecto al evidente “agravamiento” del problema, alguien interpretase que lo que afirmo no es cierto, sino que en cada etapa de la historia siempre han existido problemas parecidos a los que afrontamos en la actualidad, yo le diría que sería conveniente que estudie un poco más de la historia de la humanidad.
Y les aclaro que eso se lo diría “en el mejor de los casos”, es decir, asumiendo que quien pudiera mencionarlo lo hiciese con total y absoluta buena fe, dado que lo que surge espontáneamente en mi mente ante semejante “argumento”, es algo bastante más “rudo” que esa recomendación.
Y como una forma que me parece bastante simple de corroborar lo que les menciono, y que creo que debería preocuparnos (y ocuparnos) a todos, les diré, por ejemplo, que ya en “El Domingo” del 3 de septiembre de 2006 se señalaba expresamente «La práctica religiosa de los católicos ha descendido muy por debajo del 10 %».
Y, para aquellos que no conozcan esa publicación, les explico que es una “hojita” muy popular en mi país (en la Argentina) y que es utilizada en casi todos los templos para poder participar mejor de la Misa dominical, pues contiene los textos de las distintas lecturas y oraciones de respectivo domingo, y también se indican las del resto de los días de la semana, junto con algunas noticias y reflexiones.
Y para ser más nítido aún, y evitar cualquier tipo de suspicacia al respecto, les aclaro que cuenta con “con las debidas licencias” de la Conferencia Episcopal Argentina, y que es editada por “Sociedad de San Pablo”.
Pues bien, creo que el Evangelio que leímos ese domingo (Mc.7,1-8.14-15.21-23) es “especial” para meditar sobre esa cuestión que a mi personalmente me preocupa (y ocupa) tanto, ya que nos habla claramente de la poca importancia que tienen los ritualismos y demás cuestiones formales y exteriores, y la trascendencia que tiene lo que pertenece al interior del ser humano.
Cordiales saludos
MARANA-THA
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Miércoles, 30 de mayo
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