Si bien debo ser completamente justo, y reconocer que a lo largo de mi vida prácticamente nunca he recibido en forma directa un cuestionamiento a mis pensamientos, eso no quita que en diversas oportunidades he podido advertir que algunos de mis buenos hermanos cristianos (sobre todos los que pertenecen a mi propia Iglesia Católica) me “miran” con bastante desconfianza, haciéndolo como si dudaran de mi "ortodoxia" en la fe.
Obviamente comprenderán, que al hablar de esa forma no me estoy refiriendo a una observación “visual” de mi persona, sino que utilizo ese término como una suerte de metáfora, con la cual quiero referirme a un constante “analizar mi forma de pensar” (esa es la razón por la que utilicé las comillas al escribir la palabra “MIRAR”).
Incluso en cierto momento, como al pasar, un cura afirmó: «si vos te apartás de la Iglesia», y en otra —hace ya muchos años— otro sacerdote, mediante un gesto, me dio a entender que yo tenía ideas que, en parte por lo menos, coincidían con una de las más antiguas herejías del cristianismo: el nestorianismo.
Aunque debo aclararles que ninguno de ellos (ni nadie en realidad) supieron explicarme jamás en que consistía “exactamente” esa similitud de pensamiento que yo podía tener con dicha “herejía”, o cuál era el motivo de mi “alejamiento” de la Iglesia.
Esos fueron los mayores reproches que escuché desde que se inició en mí una búsqueda de explicaciones "diferentes", pero que me resultan bastante (por no decir mucho) más lógicas que algunas de las que había escuchado en mi niñez o en mi juventud.
Es decir, que fueron las críticas más directas que mi forma de analizar distintas cuestiones bíblicas recibieron "expresamente".
No obstante eso, muchas otras veces he comprendido que mis afirmaciones suelen ser analizadas "con lupa", o sometiéndolas a un “fino tamiz”, como si existiese algo así como un preconcepto sobre mi persona (o mis pensamientos) referido a que «seguramente, las ideas de este fulano no son del todo correctas».
Y no es que tome a mal tales actitudes —ni las más directas ni las indirectas— ya que comprendo perfectamente que muchas de mis palabras pueden sembrar algún tipo de duda o interrogante, con respecto a lo que suele ser entendido usualmente como "exacto" en cuestiones de fe.
Y esto es así, ya que comprendo que muchos de mis eventuales interlocutores manejan elementos que "pintan" un sólo lado de la moneda, en lugar de haber "digerido" también los que de la otra cara (y yo diría mejor de "las otras caras", ya que, en rigor de verdad, muchas veces presentan más de dos) como por diversas circunstancias debí hacer yo.
No obstante eso, y antes de seguir adelante, considero necesario aclararles que personalmente estoy completamente seguro de mantener todos y cada uno de los puntos que se suelen mencionar como formando parte del dogma de mi Iglesia.
Es decir; que no tengo inconveniente alguno en ratificar ante quien sea, y de la forma que sea, todos y cada uno de los principios que he aprendido desde chico.
Ahora bien, y con el mismo grado de objetividad y sinceridad con que expuse lo anterior, también tengo idéntico convencimiento, en un sentido inverso.
En efecto, carezco por completo de la misma seguridad, con respecto a que mis pensamientos sean EXACTAMENTE IGUALES a los de muchos otros, fundamentalmente con relación a algunos aspectos que yo llamaría “periféricos” a los dogmas.
Y ni hablar de lo que no integra los mismos, sino que es parte de cuestiones meramente temporales y contingentes, ya que en esos ámbitos —sin duda alguna— mis pensamientos suelen ser diametralmente distintos de los que suelen usar continuamente.
Pues bien, precisamente a raíz de aquél tipo de dificultades (u “observaciones”) que he podido palpar, y de esa última posición personal que les he mencionado, son las razones por lo cual me he propuesto escribir estas líneas, ya que ambas, aún cuando a primera vista pueda parecerles extraño, tienen desde mi óptica una muy directa relación con el encabezado del artículo.
En efecto; el problema que se plantea en dicho título es similar al que podría surgir de otra cuestión (que en un primer momento había consignado en su lugar) y que es “DIOS Y LA CUADRATURA DEL CÍRCULO”.
Pero estimando que, posiblemente, esto último resulte para el lector algo más confuso, preferí recurrir al de la famosa piedra y su relación con una de las cualidades de Dios, la de ser todopoderoso, creador del cielo y de la tierra según afirmamos constantemente en nuestra profesión de fe.
Y aún cuando posiblemente la mayor parte de los lectores comprenderá inmediatamente el tema del título, e incluso hasta es posible que exista quienes hayan debido conversar (o discutir) con personas que —manifestándose ateas o agnósticas— les efectuaron ese tipo de interrogante mediante el cual, más que hacer tambalear nuestra fe, procuran indicarnos un aparente error de nuestra parte, pienso que es útil explicar el fondo de la cuestión.
El tema consiste esencialmente en que se suele afirmar lo siguiente: «Si como ustedes afirman Dios existe, y es un ser absolutamente todopoderoso, que creó al cielo y la tierra de la nada, ¿puede Él hacer un piedra que ni siquiera Él mismo pueda levantar?» lo cual nos plantea la disyuntiva de una aparente limitación al que posiblemente sea el más famoso atributo de Dios, el de ser "TODOPODEROSO", ya que, o bien no podría hacer esa piedra o, si la hiciese, no sería "tan" todopoderoso al ser Él incapaz de levantarla.
Sin duda también, en alguna oportunidad hemos podido escuchar un planteo similar, cuando se nos consulta si, siendo realmente "todopoderoso" ¿sería capaz de realizar un círculo que, simultáneamente sea un cuadrado? es decir, algo que participe simultáneamente de las cualidades de lo redondo y lo cuadrado, interrogante que responde a ese otro título que había pensado utilizar “Dios y la cuadratura del círculo”.
Muchas veces, como respuesta a esos cuestionamientos he escuchado, que como las mismas «son ilógicas» no merecen ser respondidas, ya que no guardan un sentido de pregunta verdadera con respecto a la existencia o naturaleza de Dios, sino que constituyen un simple sofisma, es decir, un argumento meramente aparente, pero que no responde a una realidad dentro de la lógica del pensamiento.
Y en realidad eso es absolutamente cierto, por lo cual —tal vez— deberíamos dejar así nomás esa cuestión.
Pero, como yo creo que ese tema resulta útil para explicar también un poco mejor mi forma de pensar, de cualquier forma trataré de dar una respuesta que, por supuesto, no pretendo que piensen que sea, ni la mejor, ni la más concluyente, sino simplemente algo que sirva para clarificar mi "ortodoxia" tan "heterodoxa" (mis opiniones a veces discutidas por miembros de mi Iglesia).
Pues bien. El Dios en el cual yo creo lo puede hacer perfectamente.
Y como supongo que al leer lo anterior, más de uno puede pensar que estoy loco del todo al afirmar eso, trataré de explicarlo en los próximos posts.
Cordiales saludos
MARANA-THA
Si le interesan mis libros, puede visitar www.jesusescomunidad.com.ar
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Antonio Aradillas