Mencioné algunos elementos técnicos, “casi” maravillosos, y les efectué preguntas para que analicen la posibilidad de usar uno de ellos —el detector de mentiras— como un elemento que ayude a solucionar los problemas que enuncio como título de estos artículos.
Y les dije que como prueba de que ese aparato existe, es fácil encontrar distintos artículos que procuran “justificar” porqué se prohíbe su uso.
Pues bien; debo decirles que las críticas que se suelen plantear con respecto a su implementación son esencialmente de dos tipos.
Al primer grupo lo denominaría como de carácter técnico, ya que muchas veces se alega que es un elemento impreciso, puesto que no garantiza un resultado “absolutamente perfecto”.
Al segundo lo denominaría como de carácter jurídico. Y en rigor de verdad, debo adelantarles que constituye —tal vez— el grupo que podríamos considerar como el que presenta “mayor peso” para “avalar” la opinión de los detractores de su aceptación. Es decir; creo que muchos de quienes rechazan su uso, basándose en ese tipo de argumentación, lo hace de buena fe, aunque —como se los explicaré mas adelante— creo que están equivocados.
Pues bien; analicemos primero los aspectos de carácter técnico.
Como ya lo mencioné, se asegura que es un implemento que presenta poca confiabilidad, es decir que sus resultados “no son seguros”, e incluso que, mediante una serie de “ejercitaciones” es posible anular sus efectos.
Como respuesta inicial a esa cuestión, yo diría que todos somos perfectamente conscientes de que TAMPOCO los elementos que utilizamos ahora son “absolutamente fiables”, razón por la cual me parece “poco serio” esgrimir ese tipo de argumentación.
Por otra parte, si realmente fuese ése el problema yo les pregunto: ¿por qué no se destina una buena cantidad de dinero para estudiarlo y mejorarlo?
Es decir, ¿por qué no se encomienda a las Universidades, al CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas) y otros organismos similares su estudio, para lograr mejorar su “eficiencia”?
Y no piensen que sería dinero “mal gastado” ya que, frente a la ENORME CANTIDAD de recursos que destina el Estado en materia de seguridad, y en la investigación de delitos, y ante la evidentísima falta de “buenos resultados” que se obtienen pese a “tamaño gasto”, me parece que el dedicar algunos “dinerillos” para estudiarlo y mejorarlo sería la mejor inversión que podríamos realizar.
Y, por aquello de que «para muestra basta un botón», les agradeceré que piensen en los centenares de millones de pesos que el Estado lleva gastado en la investigación de los atentado a la A.M.I.A. y a la Embajada de Israel, en el caso Belsunce y en tantos otros, que leemos o escuchamos a diario en los medios de comunicación.
Por otra parte les diría que, como esos problemas que menciono a manera de titulo de estos artículos, son compartidos por prácticamente toda la humanidad, así como también son ingentes los desembolsos que realizan todos los países del mundo en casos similares, si conviniésemos en repartir los gastos de investigación entre todos, estaríamos hablando de abonar sólo unos pocos “centavos” para hacerlo.
Por consiguiente, me parece obvio que el continuar insistiendo en “ese” aspecto es realmente muy poco atendible, motivo por el cual les sugiero a los detractores del sistema que cambien de argumento, ya que ese motivo (el no ser “absolutamente” confiable) tiene demasiado poco peso como para convalidar el hecho de que se lo continúe rechazando.
Pero no es ese el único aspecto que es necesario tener en cuenta en ese sentido técnico, razón por lo cual, y para no extenderme demasiado, continuaré en el próximo post.
Cordiales saludos
MARANA-THA
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Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
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