Nos toca ahora analizar la frase "venga a nosotros tu reino", y desde ya les aclaro que, como el tema resulta “bastante” complicado, lo voy a tener que dividir en dos post diferentes.
No cabe duda que con esa expresión, Jesús nos ha enseñado que DEBEMOS pedir por el Reinado de Dios, es decir, porque el Eterno “gobierne” realmente.
Y en ese sentido no creo que exista discrepancia alguna.
Ahora bien; sobre cual es el verdadero sentido de semejante "dominio", las opiniones ya no son tan uniformes. Fundamentalmente en lo que hace a los hechos, tal vez más que en lo que llamaría “simplemente intelectual”.
En efecto; limitándonos a un mero aspecto "doctrinario" (o dicho tal vez mejor, "teórico") pocas discusiones pueden existir, ya que, si el propio Jesús indicó «mi reino no es de este mundo» (Jn.18,36) resulta sumamente difícil admitir que sea posible intentar siquiera, defender como “correcto”, el realizar algo así en nuestra vida mundana, terrenal, o como se la prefiera mencionar.
Sin embargo, es absolutamente evidente que en la práctica tales indicaciones del Señor parecería que no han sido tenidas en cuenta.
No obstante, y como sobre este asunto (que sin duda es el más complejo) escribiré algo en el próximo post, por ahora prefiero dejarlo momentáneamente de lado.
Volviendo el término "reinado o reino de Dios", les debo aclarar que conforme suelen afirmar los “especialistas” (y no olviden que, gracias Dios, yo no lo soy) en realidad estaría empleado en dos sentidos diferentes en el Evangelio.
El primero es un asunto al cual llamaríamos "temporal", un Reino aquí en la tierra, cosa que, conforme lo indiqué antes, es el que suele generar serios conflictos, y sobre los cuales procuraré señalar algo más adelante.
El segundo correspondería a algo interno al hombre, y surge del texto del Evangelio según el cual Jesús afirmó:
"La llegada del Reinado de Dios no está sujeta a cálculos, ni podrán decir míralo aquí o allí; porque, miren, dentro de ustedes está el Reinado de Dios" (Lc.17,20-21).
Es decir; que con tal indicación parecería como si el Cristo hubiese estado hablando de algo meramente interior, espiritual, místico si prefieren decirlo de esa forma, y prácticamente sin connotación alguna con la realidad que nos toca vivir ahora.
Y en ese sentido, parecería como si debiéramos convalidar una actitud meramente “espiritualista”, algo así como una suerte de misticismo, que nos obligaría a transitar por el mundo como si lo “sobrevolásemos”, en vez de “pisarlo” realmente.
Sin embargo, basta con que leamos unas pocas palabras anteriores a dicho texto, para comprender que tales vocablos fueron expresados por Jesús —no por propia voluntad— sino en directa respuesta a un interrogatorio de los fariseos, quienes obviamente le preguntaban por el "otro", por el reinado de este mundo.
Es decir; que con dichas palabras, y en lo que yo, desde un punto de vista dialéctico llamaría una "gambeta" digna de Maradona, Jesús pudo zafar olímpicamente de la interpelación que le planteaban, eludiendo de tal forma darles una contestación clara y concluyente como la que pretendían ellos.
Por otra parte eso resulta evidente, ya que, si continuamos con la lectura del citado Evangelio podremos advertir que luego de dar tal respuesta, Jesús les señala a sus discípulos algunas otras cosas, las cuales siempre han sido consideradas como relacionadas con la Parusía, la SEGUNDA VENIDA TRIUNFANTE del Cristo (Lc.17,22-37).
Y estimo casi evidente que esa última aclaración, efectuada por Jesús a sus discípulos, fue realizada en la intimidad del grupo de sus seguidores, luego de que los fariseos que lo había sometido a aquel cuestionario se hubiesen retirado.
Y entiendo que si lo hizo de esa forma fue para tratar de “conformar” a sus discípulos, ya que sin duda alguna ellos también consideraban que la tarea del Mesías era la de reimplantar el reinado terrenal de Israel, cosa harto evidente si tenemos en cuenta, por ejemplo, lo que le pide la madre de los hijos de Zebedeo (Mt.20,20-23) o lo que todos sus discípulos le preguntan al Señor tiempo después, luego de su Resurrección y momentos antes de su Ascensión al Cielo (Hech.1,5-6).
Por consiguiente considero que el aspecto fundamental del tema "reino" —desde el punto de vista bíblico— presentaría AL MENOS una “cierta vinculación” con lo actual, con lo temporal, y por ende, que es imposible asumirlo como algo exclusivamente íntimo o espiritual en el hombre.
En efecto; si leemos aunque sólo fuese muy someramente el Antiguo Testamento, podremos advertir con bastante claridad, que allí prácticamente todo está dirigido a un simple poder temporal, un reinado en este mundo, un reino aquí y ahora.
Por otra parte sabemos perfectamente, que los dirigentes del pueblo hebreo no admitieron que Jesús de Nazareth pudiese ser el Mesías esperado por ellos, precisamente porque a lo largo de su vida no dio cumplimiento con la promesa del Reino en esta tierra del que habían hablado Isaías y los otros profetas, ya que aquellos lo interpretaron exclusivamente en un campo terrenal actual, y de forma alguna en una mera cuestión mística o espiritual.
Ese Reino donde deberá existir la Paz Mesiánica, sin guerras ni conflictos (Is.2,1-5 Miq.4,1-4) y en el cual comerán juntos el león y el cordero (Is.65,25).
Y exactamente esa es la misma idea que mantiene el pueblo hebreo hasta el día de hoy.
Ahora bien, los cristianos, si bien hemos aceptado a Jesús como el Mesías (el “ungido” o “señalado” por Dios) volvimos a caer en un error similar, ya que también soñamos con "ordenar" nosotros mismos el mundo hacia Dios.
Y, lo que es peor aún, es que muchos lo han entendido como un "deber" ineludible, en el cual cabe hasta la máxima de Maquiavelo referida a que «el fin justifica los medios».
Para poder comprender eso, basta con detenerse a leer un poco la historia de la humanidad, donde encontramos las guerras religiosas (¿?) las conquistas realizadas "con la Cruz (¿?) y con la espada", y tantos, pero TANTOS otros errores (o tal vez sería mejor decir horrores) que poco tienen que ver con el Evangelio.
En realidad, el cristianismo en su accionar cometió una equivocación aún mayor que la de los hebreos, ya que está agravado por varios motivos, como por ejemplo:
1) No tener en cuenta, o al menos no dimensionar correctamente, los nuevos elementos que fueron aportados a la humanidad por Jesús de Nazareth, para poder llegar a conocer mejor a través de ellos a Dios (Padre—Madre = AMOR)
2) Porque, a diferencia del pueblo israelita, que se considera "elegido" solo por causa de raza o nacimiento, los cristianos lo somos por nuestra propia decisión, es decir, nos consideramos "elegidos—mejorados", ya que no sólo mantenemos la fe monoteísta y en Jesús como Mesías (Rey y Salvador) sino que lo hacemos por algo que aportamos nosotros mismos, por nuestra propia decisión (y la Gracia, desde ya) pero no como un simple hecho fortuito, derivado de nacer —o no— en una familia determinada (caso de los hebreos).
3) Además, los cristianos nos consideramos con "mayor obligación” de ordenar el mundo hacia Dios, dado que entendemos que estamos obligados a cumplir el mandato de predicar el Evangelio (convertir a los "infieles o paganos") mientras que los israelíes de forma alguna tienen ese espíritu “misionero”, sino que dejan para el Mesías el cumplir con esa tarea final.
Y como tal vez piensen que en mi pensamiento existe alguna contradicción, trataré de aclararlo un poco mejor en un próximo post, y mientras tanto, recemos un PADRENUESTRO pidiendo al Señor que nos ilumine.
Cordiales saludos
MARANA-THA
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Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
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