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Ofrecer la vida, elegir el amor

18.07.15 | 07:00. Archivado en Acerca del autor, Teresa de Lisieux

Queridos amigos: durante estos meses, el blog se actualizará cada quince días. ¡Feliz verano para todos!

En 1895, Teresa de Lisieux tomó una decisión importante que iba a afectar a su propia vida pero, también, a su mundo más próximo, a sus hermanas de comunidad. Una decisión que, finalmente y de modo insospechado para ella, iba a traspasar los muros de su convento, las fronteras de la cristiandad de su Francia natal e incluso los límites de la Iglesia Católica.

Parece desproporcionado y, sin embargo, es real. No hay nada que tenga más fuerza que una vida entregada, una vida hecha de tiempo y carne, de gestos concretos y esfuerzo, de elecciones cotidianas y opciones trabajadas. Teresa decidió ofrecer lo más valioso que tenía: a sí misma, su propia vida y regalárselo a la misericordia o, como decía ella, al «amor misericordioso de Dios», para que la repartiera.

No ocultó las muchas batallas que libró consigo misma para que el sí que daba, fuera un sí con toda su vida. Y, en cambio, intuyó que vivir de ese modo, cogida por el amor y entregada a él, era formar parte de una onda expansiva que no tenía límites.

Tenía experiencia de la misericordia, de lo que es capaz de despertar la bondad divina en los seres humanos. De cómo mueve y transforma, y de cómo cura, porque Teresa había permitido que la misericordia labrase su interior y había aceptado la purificación continua del amor, al elegir la gratuidad como su modo de ser en el mundo.

Su propia vida le decía que el amor es lo que hace dignos a los seres humanos y lo único que los hace santos al modo del único santo: Jesús. Por eso, escribía: «Sé también que el fuego del amor tiene mayor fuerza santificadora que el del purgatorio. Sé que Jesús no puede desear para nosotros sufrimientos inútiles».

Así es como Teresa tomó la decisión de ofrecer su vida: desde la experiencia del desproporcionado amor de Dios. Hablando a Jesús, decía: «Déjame que te diga que tu amor llega hasta la locura... ¿Cómo quieres que, ante esa locura, mi corazón no se lance hacia ti? ¿Cómo va a conocer límites mi confianza...?».

Esa confianza le dio alas para comprometer toda su vida, para poder decir: hago «ofrenda de mí misma», una ofrenda de amor. Teresa había comprendido que lo único que agrada a Dios es el amor, que ese es su modo de comunicarse y el camino humano para unirse a Él. Por eso, escribía dirigiéndose a Dios: «Creo que te sentirías feliz si no tuvieses que reprimir las oleadas de infinita ternura que hay en ti».

Quien vive con un Dios así, que –como decía Juan de la Cruz– «el lenguaje que más oye solo es el callado amor», entiende que aprender esa lengua es el camino de vida verdadera. Desde esa experiencia, escribirá Teresa: «No quiero acumular méritos para el cielo, quiero trabajar solo por tu amor».

Esa es la ofrenda que hace ella: elegir cada día el amor. Y entiende que hay que elegirlo allí donde uno se encuentra y haciendo lo que tiene a mano, en vez de soñar con lo que no está al alcance. Por eso, le habla a su hermana Celina de amar buscando «pequeñas ocasiones, naderías que agradan a Jesús… una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de callarme o de mostrar un semblante enojado».

Teresa llevó al extremo el amor que sentía por Jesús, dándole concreción en su vida. Eligió ser amable, es decir, hacer agradable la vida, facilitar las cosas, mostrar afecto, colaborar abiertamente con todos los que le rodeaban pero, especialmente, con aquellas personas que no podían devolverle la amabilidad. Prefirió estar con «los pobres, los lisiados, los ciegos y los paralíticos» de los que hablaba Jesús, con aquellos que tenían carencias poco agradables y no podían «pagar» su afecto.

Por todo esto –y más que desvela una lectura profunda del mismo–, el «acto de ofrenda al amor misericordioso» que escribe Teresa, dos años antes de morir, es un testamento de amor y una confesión de fe en el Dios entrañable del que hablaba Jesús.

Solo a ese Dios podía Teresa entregar su vida, sabiendo que Él la uniría a la suya, entregada por todos. Solo a ese Dios podía decirle: «Quiero, Amado mío, renovarte esta ofrenda con cada latido de mi corazón y un número infinito de veces, hasta que las sombras se desvanezcan y pueda yo decirte mi amor en un cara a cara eterno».


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Comentarios
  • Comentario por Tere 26.07.15 | 11:51

    ¡Precioso, Gema!

  • Comentario por Gema Juan Herranz [Blogger] 20.07.15 | 12:49

    Gracias, amigos. Teresa, la pequeña, sigue los pasos de su madre Teresa.
    Los santos, por ser auténticos seguidores de Jesús, confluyen en lo esencial y la gratuidad está en las raíces del Dios que Jesús se empeñó en revelar.
    Un abrazo compartido.

  • Comentario por LUZ 19.07.15 | 16:42

    "ELEGIR EL AMOR" en lo pequeño, en lo que no se ve, en lo que nadie se da cuenta, sólo Dios!!!! es el caminito totalmente nuevo que Teresita trazó en su vida, que supo percibir que el amor, está en la paz, en la calma, en el perdón, en el silencio y en la acción, en hacer con amor lo de cada día!!! Gracias por recordarnos lo que a menudo se me olvida!!! Deseo para usted y sus hnas. un buen Verano (un poco caluroso). un abrazo grande :) unidas en la oración que no conoce fronteras!!!!

  • Comentario por Jose 19.07.15 | 10:51

    Como si siguieras el tema de la gratuidad: ahora la otra Teresa y su experiencia del amor extremo de Dios para convertirlo en amor extremo de retorno... Todo es vuestro, a Vos, Señor, lo torno...la experiencia de todos los santos. Y el dad gratis lo que gratis recibisteis... Actualicemos esa experiencia.
    Gran tema nos dejas, Gema, para 15 días. Muchas gracias. Descansa-intuyo-en presencia más intensa del Señor y, como dice el Papa, reza por mí.

  • Comentario por Juan Ríos 18.07.15 | 09:17

    entiende que hay que elegirlo allí donde uno se encuentra y haciendo lo que tiene a mano, en vez de soñar con lo que no está al alcance... Sabiduría que tanto nos falta. La leo con frecuencia pero creo que hoy se ha superado usted. De la mano de Teresita, eso sí. Que descanse un poco este verano, si ustedes pueden. Dios se lo pague todo.

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