Por Julio San Francisco
Cofundador - Sub director editorial de HABANA-PRESS (desterrado)
Dos toques breves y secos se oyeron, a las 2:30 am, en la puerta de cristal de la casa de Rafael Solano la noche del 10 de febrero de 1996. El director de Habana-Press, que tiene un sueño casi tan ligero como el mío, se levantó, abrió y Leonel entró. Cuando yo, que dormía en un pinpanpún en la sala, desperté con la conversación, tenía delante de mi improvisada cama –hasta mi cama era novelesca- a mi entrañable amigo. “Levántate –me dijo Leonel-. Concilio está reunido”. Me vestí rápidamente. “Coge tu máquina de escribir –agregó-, y vamos”.
Enseguida salimos caminando hacia un carro (coche) que nos esperaba dos cuadras (calles) más abajo. Ya en la acera parece que recordó mi delicado estado de salud porque me pidió la máquina portátil para llevarla –como si pesara mucho- y, en uno de sus habituales gestos de cariño hacia sus amigos, me pasó la mano por la cabeza y me dijo “Esto es histórico, Julito”. Un rato después mandó al chofer a detenerse y nos bajamos los tres. Caminamos dos cuadras y entramos a un penumbroso apartamento que él personalmente abrió. Sólo se veían piernas, manos, cabezas, regadas y amontonadas por todas partes. Muchos dormían o intentaban dormir. Avanzamos hasta el final del apartamento y nos dijo a Solano y a mí “Aquí será la reunión”. Me voy a buscar los que faltan. Daría dos o tres viajes más.
Me acerqué a unas persianas. Miré hacia la calle. No tenía ni puta idea de dónde coño estábamos metidos, pero sí tenía muy clara la orden de Leonel. “Julio, de aquí no sale nadie hasta que esto no termine”.
El último viaje de Leonel fue el más problemático. Había salido como a las 6 o 7 de la mañana y eran las 9 y no había regresado. Empezó a crearse cierto estado de preocupación. Haciendo lo que estaba haciendo y desde que lo estaba haciendo –toda la noche- era muy posible que lo hubieran detectado y lo hubieran arrestado y ¿en ese caso qué hacer? ¿Salir y dispersarse, o esperar a que vinieran por nosotros? El nerviosismo era realmente general, pero había una actitud también general de esperar a que pasara lo que pasara. Sólo H dijo “A mí no me cogen aquí” y sin que nadie pudiera impedirlo salió.
Poco rato después llegó Leonel con los que faltaban y con H a quien, por suerte, lo había encontrado casi saliendo de aquel lugar que se me antojaba un set ideal para películas de terror, de claro-oscuros, de sombras inseguras y amorfas en una de las cuales yo me había convertido por obra de la acción clandestina. Se le veía molesto por la actitud de H, pero, con toda naturalidad, se dio un baño y entonces supe de quién era un traje blanco con una corbata, creo que negra o marrón, que colgaba de una percha en una pared descorchada del apartamento y que me llamó la atención desde que entré porque era todo un símbolo plástico de postmodernidad en un ambiente de ruinas. Salió de la ducha. Eran las 9 de la mañana, aproximadamente. De cuello y corbata, dijo:
-Vamos a comenzar. Vamos para aquel cuarto.
Era el penúltimo del apartamento. Una habitación pequeña. Había que hablar en tono muy bajo. Cualquier palabra o frase por encima de los decibeles obligatorios podrían escucharla los vecinos y todo acabaría como la fiesta del guatao. Dijo:
-Vamos a poner en esa pared la bandera y el escudo nacionales.
Leonel, otra persona cuyos rostro y nombre no recuerdo, y yo pusimos la bandera y el escudo en la pared. Todo estaba listo. Dijo:
-Vamos a cantar, bajito, el himno nacional.
Cantamos.
-Comprobado que contamos con el quorum soñado. La reunión del Consejo Nacional Coordinador de Concilio Cubano –dijo al estilo del mejor protocolo- ha comenzado. Esto es histórico, la Historia es alta y tenemos que estar a su altura.
No puedo negar que, al menos en mi caso, por muy alta que fuera la historia en ese momento no pude dejar de pensar “Estamos rodeados, han esperado que entremos todos. Faltan escasos minutos para que con sus botas derriben la puerta y con sus metralletas nos apunten”.
Únicamente mediante una operación milagro, en la cual Dios interviniera en persona, podría lograrse reunir a casi 30 personas durante casi 24 horas, en plena Habana, sin que la policía política lo detectara, pero el Delegado Nacional de Concilio Cubano se había convencido de que la única forma de efectuar aquella reunión, incluso ante las mimas narices de Villa Maristas, como supimos posteriormente, era recogiendo a cada quien sin previo aviso y en las tinieblas de la noche, como dice el famoso bolero. Ya lo había intentado antes y la policía política arrestaba de inmediato a los convocados.
Todos nos acomodamos como pudimos, unos pocos en tres o cuatro sillas y el resto sentado en el suelo, con las piernas recogidas para caber, y empezaron a exponerse y discutirse todos los puntos de la agenda de aquel primer parlamento democrático de Cuba en más de 40 años en el cual Leonel se comportaba como un experimentado Jefe de Estado, como un respetable Presidente de Parlamento, como un “Su Señoría”.
Habrá de recogerse ésta en los manuales de Historia de la Cuba libre como la reunión de la máxima dirección de la oposición pacifica cubana encabezada por Leonel Morejon Almagro, delegado nacional de Concilio Cubano, Lázaro González Valdés, segundo delegado, Mercedes Parada Antunes, vicedelegada, y Reinaldo Cosano Alen, vicedelegado. Hubo una notable ausencia, la de el otro vicedelegado, Héctor Palacio Ruiz, a quien Leonel no pudo localizar, pero, sobre todo, habrá de recogerse como la asamblea parlamentaria más democrática realizada en las entrañas del castrismo porque, precisamente para que fuera democrática, el joven líder indiscutible de esa oposición había establecido un riguroso procedimiento de selección, que se cumplió estrictamente, hasta llegar a aquella habitación de aquella noche de sueños y peligros.
Aunque se discutieron muchos temas, y a veces, como en toda discusión libre, con opiniones muy encontradas, entre los que destacan el futuro de Cuba, las posibles leyes para ese futuro, las exigencias inmediatas al gobierno cubano (amnistía y otras), el punto fundamental y en el que finalmente se logró un amplio consenso fue el de la reunión, en sesión nacional, en La Habana, de Concilio Cubano el próximo 24 de febrero, con la aprobación o sin la aprobación del gobierno cubano. Aquella sería la verdadera y trascendente reunión de la oposición cubana y la que, pasase lo que pasase, serviría, de cualquier forma, para alcanzar la mayor unidad de esa oposición, tanto dentro como fuera de nuestra patria cercenada, y el mayor reconocimiento internacional de los que nos enfrentábamos al totalitarismo castrocomunista, tanto dentro como fuera de nuestra patria cercenada.
-Tendrán que meternos preso a todos para que no haya reunión de Concilio Cubano el 24 de febrero, dijo Leonel, pondremos a Castro contra las cuerdas, lo obligaremos a quitarse ante la comunidad internacional la máscara de demócrata farsante. Tendrá que meternos preso a todos o habrá reunión, bastará con que haya aunque sea dos de nosotros libres.
Lamentablemente, no sería así, nos esperaría una amarga sorpresa antes del 24 de febrero, pero la actitud inquebrantable de Leonel, de una parte de la oposición interna y el apoyo de la oposición externa, principalmente de nuestros hermanos de Miami, de todas las tendencias, hicieron posible que, como nunca antes, la oposición pacífica cubana estremeciera al sistema durante un montón de horas y obtuviera un grado de reconocimiento externo jamás visto.
Justamente aquella reunión clandestina pasaría a convertirse en la gran catapulta de la oposición al dictadorzuelo tropical, a partir de Concilio Cubano los representantes de esa Cuba soñada serían recibidos, atendidos y escuchados por cuanto presidente pisara nuestra tierra.
Acordado lo fundamental, alguien me vio tan deteriorado que me sugirió que me acostara un rato. Yo tenía mis funciones metabólicas seriamente alteradas por la falta de tiroiedes.
Eran como las 12 del día. Como a las 3 de la tarde Leonel me llamó para que comiera algo. Él mismo había preparado un caldero o cazuela de chícharos –sólo de chícharos- que sería la suculenta comida de aquella histórica reunión y cuyo per cápita no sobrepasaba la altura del fondo de los platos.
Devorado el manjar exquisito, se reinició la reunión. Aproximadamente a las 4 de la tarde un joven, notoriamente nervioso, consideró que ya se había cumplido el objetivo y dijo que se iba. La voz de Leonel sonó allí, por primera vez con fuerza y firmeza:
-De aquí –dijo- no sale nadie hasta que yo lo autorice o diga “Se levanta la sesión”.
El joven se calmó.
De 6:30 a 7:30 de la tarde le dije a Leonel “Ya tengo la noticia”. Tengo que llamar a Radio Martí antes de que sea más tarde y no podamos comunicarnos”. Me contestó “vete con Solano y ya tú sabes”. Decidí salir sin la portátil máquina de escribir para no levantar sospechas. Poco rato después yo estaba comunicándome con la emisora que ha cumplido un rol tan peculiar en la lucha por la libertad y la democracia en nuestra patria y con Iradia Moltalvo, la insustituible representante de Habana Press en Miami durante aquellos días que cambiaron mi vida.
Esa noche toda Cuba oiría por Radio Martí: “Los opositores cubanos se reunirán el 24 de febrero en La Habana, con la aprobación o sin la aprobación del gobierno cubano, acordó el Consejo Nacional Coordinador de Concilio Cubano en reunión clandestina efectuada en un apartamento a las afueras de esta ciudad”.
Esa era la gran noticia. Más o menos así decía yo en el lead. (La he citado de memoria, pero los historiadores podrán encontrarla en los archivos). A partir de ese momento todo interesado en la realidad cubana empezó a esperar por ese 24 de febrero, esa hora cero de nuestra historia en la que se percibía, visto desde cualquier rincón del planeta, a la oposición cubana como un David enfrentado a goliat, pero sin hondas, con pulcras y puras palabras.
Aquella misma noche comenzarían los arrestos en todo el país. La oficina de Habana Press permanecería sitiada mañana, tarde y noche. Solano y yo recibiríamos la orden, orden que incumplimos, de no movernos de la emblemática casa del Caballo Blanco. La imagen de la policía motorizada dando vueltas, con trajes verde olivo y armas largas, alrededor de nosotros, sin saber cuál seria la última, se nos hizo familiar.
Leonel Morejón Almagro fue arrestado, en las inmediaciones de la casa de Yndamiro Restano, el 15 de febrero. Como abogado, sabía que tenía algunos derechos, uno de ellos, el de ser detenido con respeto. Hizo resistencia al arresto y de eso lo acusaron, pero en el juicio dijo, según varias fuentes muy solventes, “!Viva Concilio Cubano!”. Habían juzgado en realidad al hombre que había logrado unir, tanto dentro como fuera de Cuba, a la oposición libertaria. Sumaban otro prisionero político, que cumpliría 14 meses de cárcel, enmascarándolo de común, a la larga lista anticastrista y anticomunista de nuestra historia.
No todos los máximos dirigentes nacionales de Concilio Cubano fueron a prisión. Hubo dudosas excepciones pero, desde su celda, el 24 de febrero, Leonel suponía que, o todos estaban preso o había reunión. El había cumplido su honrosa palabra. El tenía en el pecho el típico cartelito con el típico numerito que, en las cárceles castristas, convierte al individuo en una cifra cuya suma es cero.
Los estimados varían y es muy difícil precisar la cantidad en un Estado donde las autoridades las utilizan como uno de los mejores instrumentos de la mentira, pero se calcula, conservadoramente, que del 11 al histórico 24 de febrero habríanse añadido a lo largo del país entre 150 y 250 prisioneros políticos más a la larga y permanente lista de siempre, presentados, desde luego, como comunes. El propio 24, en apoyo a Concilio, morirían derribados/asesinados por el gobierno cubano Armando Alejandre, Mario de la Peña, Carlos Costa y Pablo Morales, intrépidos pilotos de Hermanos Al Rescate, eternos héroes de la patria querida, herida.
El único gran error y el único verdadero delito que cometió el Delegado de Concilio Cubano fue que mi modesta máquina de escribir portátil, una SWINTER 2000, de fabricación japonesa, en la cual se redactaron todos los documentos de aquel día, nunca más pude recuperarla, nunca más he podido volver a verla. Tengo la esperanza de que alguna noche, cumplido mi destino y mi destierro, y subrayando la distancia histórica que hay entre estos objetos y el papel de sus dueños, en la Cuba del mañana la reencuentre aunque sea en algún museo municipal de la patria junto a la toga de quien en más de 40 años ha sido la única persona capaz de estremecer al sistema más perfectamente totalitario del hemisferio con la unidad de la oposición pacífica cubana, dentro y fuera de Cuba, sobre la sólida base de hablar hoy no de lo que nos separa, sino sólo de lo que nos une, la lucha contra la dictadura.*
Esta crónica fue publicada orginalmente, a raíz de que llegué desterrado a España, en el periódico cubano digital del exilio, en Suecia, CubaNuestra.com. Como Concilio hoy vuelve a ser una realidad, la publico otra vez para información de quienes desconocen estos hechos hoy. El Autor.
Miércoles, 30 de mayo
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