Oyó el sonido. Como siempre, soñoliento, tiró la mano sobre el botón del despertador. Como siempre, seguro de que no se quedaría dormido, permaneció cinco minutos más en la cama. Como siempre, se levantó, se puso la bata de casa, se calzó las zapatillas. Como siempre, fue al cuarto de baño, se lavó la cara y se cepilló los dientes, se peinó, se miró al espejo. Como siempre se dijo ¡Soy un gran tipo! Como siempre, regresó a la habitación, se puso los calcetines, los calzoncillos, los pantalones, la camisa, los botines, las gafas, el reloj, la sortija, la chaqueta. Como siempre, revisó la billetera, verificó que estaban la tarjeta de la cuenta corriente, la tarjeta de crédito, el D.N.I. Como siempre, cogió el llavero, la cajetilla de cigarrillos, la fosforera, el celular -que conectaría después de desayunar y leer el periódico en el bar El Fatal. Como siempre, conectó la computadora, revisó su correo electrónico (no había ningún mensaje. ¡Qué raro!, pensó) y desconectó la máquina. Como siempre, abrió la ventana, abrió la puerta, de la habitación. Como siempre, se echó perfume Boston y se puso el sombrero. Como siempre apagó la luz. Como siempre, salió de su apartamento, cogió el ascensor, marcó Planta Baja. Como siempre, cuando el amanecer era oscuro, pensó que habría anunciado mal tiempo. Como siempre, apretó el botón de la puerta del edificio. Como siempre, salió a la acera. Un desconocido le dio cuatro tiros, y lo dejó muerto, en medio de un círculo rojo frente a la puerta rectangular de su edificio. Había sonado el intercomunicador. No había sonado el despertador, no eran las 7 de la mañana, como siempre.
Miércoles, 30 de mayo
Julio San Francisco
Paul Monzón
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Efrén Mayorga
Julio Frank Salgado
Guillermo Roz
Asociación Cultural Vera Méndez
Karina Longo
Meir Finkel
Angel Monagas
Rolando Rodrich
Francisco R. Figueroa
Julio San Francisco