HE DECIDIDO REUNIR en un solo espacio los tres textos quizás más importantes escritos por el poeta sobre su destierro (sobre el destierro cubano y, por tanto, sobre todos los destierros), a saber, DESTINO DESTIERRO, CRÓNICA DEL DESTERRADO y TESTIMONIO DEL DESTERRADO. Quise titular el interesante conjunto Tríptico del destierro, que me parecía más literario -a Julio también-, pero él decidió que lo titulara TRILOGÍA DEL DESTERRADO, que le parece una expresión más personal, más humana. Estos tres documentos literarios, más la BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DE JULIO SAN FRANCISCO y la nota donde dí a conocer su despido como conserje de un parking de Madrid y la entrevista que le hice entonces constituirían por sí solos un magnífico libro -trabajado, dice el poeta- sobre el destierro cubano y una excelente obra literaria, pero mi propósito fundamental no es decir esto, ni que nadie lo crea: mi propósito fundamental es que todos, fascistas, comunistas, depredadores de la libertad de prensa e insignes luchadores españoles por ella, sobre todo de Derecha, no puedan decir jamás que no sabían lo que estaba pasando el poeta y periodista cubano en España, este "como Aquiles, vulnerable guerrero -así se califica él- por la libertad y la belleza", ni que tampoco pueda decir que lo ignoraba el ilustre exilio cubano, sobre todo en Madrid y Miami. A partir de ahora, la prensa de Derecha española, sin excepciones, tendrá que decir -siempre con la boquita pequeña- que apoya la lucha por la libertad de prensa en Cuba y a sus principales baluartes y, desde luego, espero que no se atreva ninguno a decirlo ni así en un acto donde esté El desterrado. (Sonsoles Jimena)
DESTINO DESTIERRO (angustia en 5 poemas y una esperanza aparte)
AL PARTIR (poema 1 - la despedida)
Para Pedro Fowler, de la Generación Inédita
Dicen que lo despojaron
De toda su indumentaria
Y sin toda su ordinaria
Alegría lo dejaron.
Dicen que lo abandonaron
Náufrago de la pasión
En ponto de decepción
Sobre dos maderos viejos.
Y dicen que desde lejos
Enseñaba el corazón.
EL DESTERRADO (poema 2 – la llegada)
Para José María Heredia, José Martí, Agustín Acosta, José Ángel Buesa, Gastón Baquero, Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, Heberto Padilla..., para León Felipe, piedra como yo.
Para los cubanos del exilio, que son más de dos millones
durante más de 40 años
El parque madrileño que frecuento
tiene frío
y yo
tengo frío
y el banco donde me siento
tiene frío.
El parque tiene, también, un joven con su
(esposa enamorada
y yo trato de imaginarme, por curiosidad,
cómo será tener una esposa enamorada
en este parque madrileño.
El joven de la esposa enamorada
tiene un coche en el que vienen a este parque madrileño
y yo, por entretenerme, trato de imaginarme
cómo será tener un coche
y llegar con una esposa
a este parque madrileño.
El joven de la esposa enamorada y su coche
tiene una casa
y yo, por distraerme, trato de imaginarme
cómo será llegar a una casa
en un coche
después de pasear por este parque madrileño
con una esposa enamorada.
El joven de la esposa enamorada, su coche y
(su casa
tiene un amigo que se encuentra con ellos
en este parque madrileño
y yo, por divertirme, trato de imaginarme
cómo será tener un amigo
y encontrarse con él
en este banco frío
de este parque madrileño.
El joven de la esposa enamorada, su coche,
(su casa y su amigo
tiene patria
y yo me pregunto cómo será tener una patria.
El joven de la esposa enamorada, su coche,
(su casa, su amigo
y su patria
tiene un hermoso perro
y pasean con su hermoso perro
todas las tardes
por este frío parque madrileño.
¡Si yo tuviera un perro!
El Retiro, Madrid, octubre, 1998
EL RUEDO (poema 3 – la estancia)
Para Luís María Anson
El exilio es una plaza
tan majestuosa como la Monumental Las Ventas
o sencilla como la de San Sebastián de Los Reyes,
una plaza, un ruedo, aficionados, tendido 7.
Pero yo los exiliados
no tenemos en ella
ni el rol de matador
ni el traje de luces
ni cuadrilla
ni, claro, dos orejas y un rabo
ni pañuelos blancos, Puerta Grande, hombros
(cargadores
ni una ovación. Ni
silencio respetuoso.
Yo los exiliados salimos siempre por la pequeñísima puerta
de la muerte
Y por la pequeñísima puerta de la muerte siempre entramos.
- el toril de la séptima clase -
Nunca seremos El Juli o Miguel Avellán, Enrique
(Ponce, José Tomás
y nadie nos despide de nada
como al benemérito Curro
en la Real Maestranza de Sevilla.
En esta plaza nuestra donde tampoco se toca pasodoble
sólo me queda la opción
-para los toros no hay alternativa-
de ser un vitorino
y que la vida cumpla con nosotros
magistralmente
las tres buenas suertes malas.
Siempre nos toca un buen lote de toreros, el del mejor
(recorrido
de la tarde,
el de los clásicos y enrazados, el de maneras nobles
(y de castas
y fijeza insuperable.
La faena conmigo, el toro de la tarde, siempre es pulcra.
No hay pinchazos inciertos ni estocadas caídas.
En caso de que yo el toro
demuestre más casta y arte
que el torero
o geste y alumbre la faena ideal
-la de seis orejas, tres rabos y 13 Puerta Grande-
tampoco seré indultado,
tampoco seré semental
-ni me interesa-
En caso de que yo el toro
en un alarde de ingenio, dolor, amor y absurdo,
despoje del capote al matador,
dirija la suerte de varas
y se cumpla incluso sin puyazo fuera de lugar
y en dos embestidas con rabos ondulantes
le deje al mataor la salida infinita y abierta,
aunque yo clave las seis banderillas amarillas y rojas
en el omóplato de El Juli, en la 7ma. vértebra,
aunque lo espere, en fin, en porta gayola
y haga un tercio de muletas de luces,
cuatrocientas verónicas, mil naturales, quinientas
(manoletinas
después de ejecutar dos quites de Dios,
y entre a matar
y mate
con la espada impecable del Diablo,
seguiré siendo el inválido toro de la tarde.
(No somos anhelados por las mujeres y respetados
(por los toros
como Jesulín. No lo somos).
El toro yo que habrá salido
furioso, desorientado, fiero
sin saber a dónde llegó ni qué le espera
-nunca llegaré hasta el humilladero, allí nunca me
(verán -
el que, visto el caso y comprobado el hecho, sólo puede
sólo tiene el derecho
de recibir un fino espadón
en los medios
y salir mal andando hacia las tablas
con la esperanza inútil de doblar presto
y recibir un primer
y único
feliz puntillazo.
TESTAMENTO (poema 4 – la despedida)
Para Enrique Patterson, de la Generación Inédita
Nadie tendrá problemas con mis restos mortales
si, como he dicho ya, un día yo muriera.
No sé a quién le tocará la fúnebre y funesta misión
de encontrarme muerto
porque el destierro es el lugar donde no se sabe nada
de hoy, de mañana, ni de ayer.
No sé si será una mujer, un amigo, una vecina
anciana y asustada,
un portero, un policía,
un enemigo,
alguien que pasaba por allí.
No sé tampoco dónde moriré,
si en mi cuarto,
si en la calle,
si en el trabajo,
si en el hospital,
si en el barcito Kariel
donde tomo café con leche
y leo el periódico
todas las mañanas.
(debo morir en un barcito).
Podría ser de un infarto
del cerebro
o, tal vez, del corazón a donde han ido a parar
todas las furias, los miedos,
las melancolías y las fieras
o cursimente de hambre
o del azúcar baja
o el colesterol alto
o, simplemente, de estar lejos.
No sé ni quien recogerá mis propiedades,
mis paupérrimas propiedades
que no relaciono para no ofender,
sin embargo pueden quemar
mi verde traje parisino,
mi amarilla corbata italiana
y todo lo demás, hasta mis cartas
enviadas y no enviadas
que ya cumplieron su misión.
(Sé que alguien aprovechará el desconcierto
en torno al muerto desconocido
de quien nadie se declara propietario
para sustraer
sigilosamente
-y no para guardarlo de recuerdo-
mi juego de pasador, yugos, plumas y fosforera
mas no me importa).
En caso de que alguien tropiece
con un ladrillo que yo pueda haber modelado
sí le rogaría que modelara otro igual o mejor.
En caso de que alguien tropiece
con algún libro
que yo pueda haber escrito
sí le rogaría que lo tirara contra la puerta de alguna
(editorial
y en caso de que, con tan buena suerte, se publicara algo
decreto que por 70 años
todos los derechos de autor
pertenecen
exclusivamente
a un ser que dejé en La Habana.
Si surgiera algún(a) admirador(a)
del que modeló el ladrillo
o del que escribió el librillo
y deseara saber algo de aquel modelador de librillos
y deseara saber algo de aquel autor de ladrillos
y si deseara, incluso, ir hasta su tumba
y leer su epitafio
y ponerle una flor
no podrá hacerlo.
No habrá epitafio ni tumba,
pero, solamente para que la historia tenga un final
(feliz, daré
dos direcciones.
En un pueblito del centro de mi patria
cuyo nombre es Corralillo
(me hubiera gustado ser Conde de Corralillo)
pasé mi adolescencia, suspendí matemática,
tuve amigos y novia,
y en un barrio de la capital cubana
cuyo nombre es Bacuranao
(me hubiera gustado ser Barón de Bacuranao)
donde viví mis últimos añitos con patria propia
detrás de mi casa
hay una pradera
y en la pradera, una ceiba
y recostado a esa ceiba amé a una mujer
o modelé un ladrillo
y escribí poemas o cuentos o novelas
o no sé.
Pero sé que nadie tendrá problemas
con mis restos mortales
porque no seré nada exigente en esa hora.
No quiero que me incineren
porque he vivido toda la vida incinerado
y sembrando fuegos
(el que siembra fuego, recoge resplandores).
No quiero que echen, pues, mis cenizas al Nilo
para reencarnar en los peces o las conchas.
No quiero que me embalsamen
ni quiero que me entierren
aunque para mí sea leve la tierra.
No quiero una tumba
junto al Manzanares de Madrid,
ni quiero una tumba
junto al Almendares de La Habana
por tanto no habrán de trasladarse mis restitos
a Cuba.
No quiero nichos en catedrales,
ni misas,
ni esquelas
pues todos los días en ellas ya me vi.
Tiradme en cualquier lugar
donde mi hedor no moleste a nadie
y, como carroña ensimismada, libremente
puedan seguir comiéndome los buitres.
Barcelona, noche del 9 de enero, 2002
CREDO (poema 5 – epitafio para José María Heredia)
Lucho
porque sé
que algún día
el más grande crimen
será pisar una flor.
LA EMPERATRIZ DE LAVAPIÉS
(y la esperanza aparte)*
a la misma españolita
La que pasa definitiva como una ola.
La que mueve las caderas con donaire.
La que sustituye cielo, agua y aire.
La que puede ser espina o amapola.
La que sin sombras ni luces brilla sola.
La que lleva lengua y muslos al desgaire.
La que distribuye el ciclón y el socaire.
La que con senos y dientes tornasola.
La que se sabe singular y elegante.
La que florece y perfuma, o teme y duda.
La que es ama posible de mi sexo y casa.
La que juega –gana o pierde- a ser amante
La que durante el orgasmo truena y suda.
La que existe, la que viene, la que pasa.
LA EMPERATRIZ DE LAVAPIÉS: HISTORIA DE UN POEMA SOLO
Era yo un niño de cinco o seis años en la época en que oía en La Habana un chotís cuya letra manos o menos decía “ Cuando vayas a Madrid chulona mía / voy a hacerte Emperatriz de Lavapiés / y alfombrarte con claveles la Gran Vía / y a bañarte con vinillo de Jerez”. Lavapiés era una ficción.
Yo y mi circunstancia caímos en Madrid cuarenta años después y, desde luego, una de las primeras cosas que hice fue ir a Lavapiés, recorrerla calle por calle con la misma minuciosidad con que se corre y recorre a una mujer ansiada. De vez en vez miraba los rostros femeninos de la multitud, entre esperanzado y escéptico, pero siempre dispuesto a sorprenderme, para poder encontrarme con la, seguramente ya, Emperatriz de Lavapiés. Nunca que la busqué la encontré.
El verano pasado, sin embargo, estaba tomándome unos tragos (copas) en una de las terrazas más calientes de Madrid, o sea, en una terraza de Lavapiés y, de pronto, intuitivamente, miré hacia el frente por donde se alejaba, anónima y notable, de espaldas, una mujer que con toda seguridad era la Emperatriz de Lavapiés, pues sobresalía elegante, distinguida, inteligente, sensible y glamuorosa y sexy. (Parecería como que me gustaran estas cualidades en las mujeres). Y no déjese de notar que pude descubrir esos dones mirando solamente una imagen que se alejaba y un tipo de andar subyugante nada fácil de encontrar en la capital española, ni en Lavapiés ni en La Moraleja y que en las calles habaneras es el femenino andar , o pan, de todas las horas.
Siempre había pensado que algún día le escribiría un poema a la famosa y desconocida Emperatriz y, ahora, así como así, Dios me la ponía delante para cumplir mi vieja y romántica obsesión. Llegué a mi casa y, sin quitarme aún el cansancio de mis 55 kilogramos de piel, huesos y ensoñaciones, me senté ante Pippa Medias Largas (mi computadora) y escribí un clásico soneto porque a la Emperatriz había que escribirle nada menos que un clásico soneto.
Casi un verano después, el jueves pasado, llegó el momento de dar una lectura comentada de poemas míos en España y de estrenar el soneto de marras. La lectura se organizó obviamente en Lavapiés en un pequeño café que responde al llamado de la noche por el poético nombre de Grándola y conté con un auditorio tan generoso que varias veces me aplaudió después de terminar de leer, no de declamar que eso no lo hacen los poetas, poemas. Especialmente emocionante para mí fue la acogida que recibió El desterrado, que es mi texto más desolador y más querido, el primero que escribí en España y el último que leí aquella noche.
Aquella noche hice esta misma historia y realicé el estreno mundial del poema a la aristocrática deidad andante. En el auditorio había algunas mujeres, pero todas estaban sentadas de frente hacia mí por lo cual no hubiera podido ni intentar identificar a la Emperatriz en el hipotético caso de que estuviera allí desapercibidamente oyendo mis textos. En el supuesto de que alguna se hubiera sentido aludida, se levantara y se pusiera de espaldas para ser identificada, actitud nada de esperar, de ese abolengo, tampoco habría sido posible porque un poeta no ve igual dos veces a una mujer que, primero, ha visto espontáneamente y, después, tenga que verla por encargo. De las presentes, sí una me preguntó, con torpe ironía, si la dama que yo había designado como la folclórica Emperatriz de Lavapiés el día que la vi llevaba un pañuelo lila enroscado en el cuello, y otra, como quien no quiere las cosas, indagó si la tal dama portaba el tal día una rosa natural roja en la mano izquierda. Yo, banalmente, dije que no estaba habituado a fijarme en esos detalles. Concluidos los comentarios, todos, damas y caballeros, aplaudieron otra vez y se pararon prestos a salir del salón. Como dato curioso, puedo aportar el hecho de que las damas, de forma tan precisa cual un pelotón de ceremonias, fueron las primeras en pararse y en ponerse de espaldas. ¡ La maravillosa vanidad femenina ¡
Finalmente, los autógrafos de rigor, no de rutina, y algo que me dejó obnubilado. Una bella señora –si es que toda mujer no es intrínsecamente bella- se me acercó, me puso las dos mejillas y, concluido el ritual español de los dos besos, que es mejor que el cubano –solo uno en la mejilla izquierda-, pero al que aún no me he acostumbrado, ante mi desconcierto abrió un monedero y me extendió un billete de dos mil pesetas aliñado con la frase al fin inscripta en la lengua universal “ los poetas también tienen que ganarse la vida”. – No, señora, muchas gracias, pero yo vine aquí solo a estrenar un poema.
Me pidió, entonces, que, por favor, le leyera nuevamente el poema. Se lo leí.
Todos terminaron de irse y yo quedé nuevamente solo degustando el sabor agridulce de tener la certeza de que nunca ni yo mismo podría reconocer a la real musa de un poema del que por alguna razón todavía, después de haber sido dicho en público, me siento creador y dueño. Quedé nuevamente solo en este barrio, tal vez el más nocturnal, cosmopolita y popular de Madrid, Lavapiés, que aquella noche había pasado a ser una contundente realidad cuando el niño que lo evocaba en La Habana cuarenta años atrás a través de un chotís había pasado a ser la ficción.
Julio San Francisco
Madrid, 1997-2000
CRÓNICA DEL DESTERRADO
Por Julio San Francisco
Llegué al aeropuerto madrileño de Barajas el 6 de octubre de 1997 (contrariamente a lo que dice el bolero, no parece que fue ayer) desterrado, sólo con el traje que traía puesto, un sobretodo de paño sobre el brazo izquierdo, tres mil pesetas que me dio un sacerdote amigo, el Padre Manuel, y el pasaje y el pasaporte consumidos. Todo lo que el gobierno de Fidel Castro me autorizó a sacar de Cuba.
Traía sólo un libro, y no porque el momento fuera bueno para pensar en libros, sino porque una amiga me lo había dedicado el día anterior “Para que te sirva de aliento en esos días que te esperan”: El diario de Ana Frank, y me lo quitaron en la oficina de la policía política del Aeropuerto Internacional José Martí, de La Habana, después de hacerme desnudar y registrarme humillantemente, “Porque aquí el único diario permitido es el del compañero Che Guevara”.
Al pisar el primer ladrillo, pasada la frontera, comprendí al fin el verdadero significado de aquel cuento que siempre me repetía mi emigrante abuelo gallego: “El viaje fue largo, muy largo. Llegué en un buque grande, muy grande, al puerto de La Habana, bajé por una escalerilla larga, muy larga, y, en una explanada grande, muy grande, había mucha gente que no me esperaba a mí...”. Ya no era el cuento de mi abuelo. Era también mi propio cuento.
Estuve 9 meses en el Centro de Acogida a Refugiados de Alcobendas. Salí y, hasta hoy 4 de mayo del 2001, no he podido encontrar trabajo con contrato y salario. Viví –con 40 mil pesetas mensuales que me daba generosamente el gobierno español, a través de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), en un piso compartido, la mejor forma de antihogar, en Paseo de Los Pontones, 28 – 8º A, donde pagaba veintidós mil de alquiler.
Una noche un amigo español del barrio, Jose, se dio cuenta de que hacía dos o tres días que no me veía. Subió a “mi casa”, me preguntó “¿Has comido?”. “Algo”- le dije. Llevaba 4 días sin comer, sin tomarme ni el tradicional café mediomañanero de Madrid. Me invitó a tomarme uno con leche en el bar Paseo de Los Pontones. Allí –nunca hemos sabido si antes o después de tomarme el café- me desmayé y, como no tenía un lugar mejor, caí al suelo. Eran las 9 y 30 de la noche del primero de diciembre de 1999. Madrid era una fiesta; para mi, una trampa.
Me recogió una ambulancia de urgencias del SAMUR, la número 968 con el equipo médico B-1, y me condujo al hospital Fundación Jiménez Díaz. Me hicieron un chequeo completo que no dio nada. “¿Usted se alimenta bien?” –me preguntó una joven, dulce y bella doctora. “En Cuba le diría, regular pal tiempo”.
Por la mañana tuve que ir a pie, o andando, como se dice aquí, de Plaza de Cristo Rey a Puerta de Toledo, que viene siendo como de El Vedado a Habana del Este. Tenía deseos de fumar, pero, como no poseía cigarrillos, recordaba que aquella madrugada había vuelto en mí y, al abrir los ojos, me encontraba en un largo pasillo verde sobre una camilla verde, solo, entre muchas personas sobre camillas verdes y verdemente solas.
Me había preguntado, asustado, ¿dónde estoy?, ¿qué me ha pasado? Enseguida pensé en la posibilidad de un infarto. Me apreté fuertemente el pecho y fuertemente respiré para comprobar si me dolía y descifrar si se trataría de un infarto. No sentí dolor. No sería un inoportuno fallo del corazón. Sentí alivio. Aún podría hacer algo más en esta vida.
TESTIMONIO DEL DESTERRADO*
http://blogs.periodistadigital.com/juliosanfrancisco.php/2008/09/09/testimonio-del-desterrado-
*Tercer texto de la trilogía
BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DE JULIO SAN FRANCISCO
NOTA SOBRE EL DESPIDO DE JULIO SAN FRANCISCO Y ENTREVISTA "JODER, JULIO" EN ESTE LINK:
Miércoles, 30 de mayo
Julio San Francisco
Paul Monzón
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Efrén Mayorga
Julio Frank Salgado
Guillermo Roz
Asociación Cultural Vera Méndez
Karina Longo
Meir Finkel
Angel Monagas
Rolando Rodrich
Francisco R. Figueroa
Julio San Francisco