El club de los amigos malos

La Emperatriz de Lavapiés - un soneto de Julio San Francisco

23.07.08 | 19:25. Archivado en Mi lucha por la libertad de Cuba
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LA EMPERATRIZ DE LAVAPIES*

Para la misma españolita

La que pasa definitiva como una ola.
La que mueve las caderas con donaire.
La que sustituye cielo, agua y aire.
La que puede ser espina o amapola.
La que sin sombras ni soles brilla sola.
La que lleva lengua y muslos al desgaire.
La que distribuye el ciclón y el socaire.
La que con senos y dientes tornasola.
La que se sabe singular y elegante.
La que florece y perfuma o teme y duda.
La que es ama posible de mi sexo y casa.
La que juega –gana o pierde- a ser amante.
La que durante el orgasmo truena y suda.
La que existe, la que viene, la que pasa.

Del libro Todo mi corazón y otros agravantes, poemas escritos en La Habana y Madrid, de Julio San Francisco

LA EMPERATRIZ DE LAVAPIÉS: HISTORIA DE UN SONETO

Por Julio San Francisco
poeta y periodista cubano

Era yo un niño de cinco o seis años en la época en que oía en La Habana un chotís cuya letra manos o menos decía “ Cuando vayas a Madrid chulona mía / voy a hacerte Emperatriz de Lavapiés / y alfombrarte con claveles la Gran Vía / y a bañarte con vinillo de Jerez”. Lavapiés era una ficción.
Yo y mi circunstancia caímos en Madrid cuarenta años después y, desde luego, una de las primeras cosas que hice fue ir a Lavapiés, recorrerla calle por calle con la misma minuciosidad con que se corre y recorre a una mujer ansiada. De vez en vez miraba los rostros femeninos de la multitud, entre esperanzado y escéptico, pero siempre dispuesto a sorprenderme, para poder encontrarme con la, seguramente ya, Emperatriz de Lavapiés. Nunca que la busqué la encontré.
El verano pasado, sin embargo, estaba tomándome unos tragos (copas) en una de las terrazas más calientes de Madrid, o sea, en una terraza de Lavapiés y, de pronto, intuitivamente, miré hacia el frente por donde se alejaba, anónima y notable, de espaldas, una mujer que con toda seguridad era la Emperatriz de Lavapiés, pues sobresalía elegante, distinguida, inteligente, sensible y glamuorosa. (Parecería como que me gustaran estas cualidades en las mujeres). Y no déjese de notar que pude descubrir esos dones mirando solamente una imagen que se alejaba y un tipo de andar subyugante nada fácil de encontrar en la capital española, ni en Lavapiés ni en La Moraleja y que en las calles habaneras es el femenino andar , o pan, de todas las horas.
Siempre había pensado que algún día le escribiría un poema a la famosa y desconocida Emperatriz y, ahora, así como así, Dios me la ponía delante para cumplir mi vieja y romántica obsesión. Llegué a mi casa y, sin quitarme aún el cansancio de mis 55 kilogramos de piel, huesos y ensoñaciones, me senté ante Pippa Medias Largas (mi computadora) y escribí un clásico soneto porque a la Emperatriz había que escribirle nada menos que un clásico soneto.
Casi un verano después, el jueves pasado, llegó el momento de dar una lectura comentada de poemas míos en España y de estrenar el soneto de marras. La lectura se organizó obviamente en Lavapiés en un pequeño café que responde al llamado de la noche por el poético nombre de Grándola y conté con un auditorio tan generoso que varias veces me aplaudió después de terminar de leer, no de declamar que eso no lo hacen los poetas, poemas. Especialmente emocionante para mí fue la acogida que recibió La soledad del desterrado, que es mi texto más desolador y más querido, el primero que escribí en España y el último que leí aquella noche.
Aquella noche hice esta misma historia y realicé el estreno mundial del poema a la aristocrática deidad andante. En el auditorio había algunas mujeres, pero todas estaban sentadas de frente hacia mí por lo cual no hubiera podido ni intentar identificar a la Emperatriz en el hipotético caso de que estuviera allí desapercibidamente oyendo mis textos. En el supuesto de que alguna se hubiera sentido aludida, se levantara y se pusiera de espaldas para ser identificada, actitud nada de esperar, de ese abolengo, tampoco habría sido posible porque un poeta no ve igual dos veces a una mujer que, primero, ha visto espontáneamente y, después, tenga que verla por encargo. De las presentes, sí una me preguntó, con torpe ironía, si la dama que yo había designado como la folclórica Emperatriz de Lavapiés el día que la ví llevaba un pañuelo lila enroscado en el cuello, y otra, como quien no quiere las cosas, indagó si la tal dama portaba el tal día una rosa natural roja en la mano izquierda. Yo, banalmente, dije que no estaba habituado a fijarme en esos detalles. Concluidos los comentarios, todos, damas y caballeros, aplaudieron otra vez y se pararon prestos a salir del salón. Como dato curioso, puedo aportar el hecho de que las damas, de forma tan precisa cual un pelotón de ceremonias, fueron las primeras en pararse y en ponerse de espaldas. ¡ La maravillosa vanidad femenina ¡
Finalmente, los autógrafos de rigor, no de rutina, y algo que me dejó obnubilado. Una bella señora –si es que toda mujer no es intrínsecamente bella- se me acercó, me puso las dos mejillas y, concluido el ritual español de los dos besos, que es mejor que el cubano –solo uno en la mejilla izquierda-, pero al que aún no me he acostumbrado, ante mi desconcierto abrió un monedero y me extendió un billete de dos mil pesetas aliñado con la frase al fin inscripta en la lengua universal “ los poetas también tienen que ganarse la vida”. – No, señora, muchas gracias, pero yo vine aquí sólo a estrenar un poema.
Me pidió, entonces, que, por favor, le leyera nuevamente el poema. Se lo leí.
Todos terminaron de irse y yo quedé nuevamente solo degustando el sabor agridulce de tener la certeza de que nunca ni yo mismo podría reconocer a la real musa de un poema del que por alguna razón todavía, después de haber sido dicho en público, me siento creador y dueño. Quedé nuevamente sólo en este barrio, tal vez el más nocturnal, cosmopolita y popular de Madrid, Lavapiés, que aquella noche había pasado a ser una contundente realidad cuando el niño que lo evocaba en La Habana cuarenta años atrás a través de un chotís había pasado a ser la ficción.

*Del libro inédito "Ulises y otros artículos famosos de Julio San Francisco


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