Estimados amigos, hermanos de lucha, demócratas cubanos:
Les deseo todo tipo de éxitos para la I Convención Nacional de la Izquierda Cubana que, bajo todo riesgo, celebran en La Habana durante los días 19 y 20 de Julio.
Siempre consecuente con mi línea, apoyo con toda firmeza, con toda sinceridad y con todo corazón cualquier palabra o acto que realice cualquier persona dentro o fuera de Cuba, cubano o no cubano, por la transición, la democracia y la libertad de nuestra patria.
He leído el magnífico discurso de apertura y me he sentido profundamente estimulado desde este árido desierto que es el destierro, aún cuando hay puntos que no comparto o, más bien, faltan puntos que compartiría, como el hecho, para mí imprescindible,
de que todo responsable de crímenes termine ante la Justicia y toda persona que haya ejercido vejatoriamente sus responsabilidades políticas sea inhabilitado para ejercer esas funciones en la Cuba Libre.
Esto no será en ningún sentido venganza, ni responderá a odio alguno. Es, sencillamente, que las víctimas y sus familiares merecen Justicia y que hay que crear el precedente, ausente hasta hoy en la Historia de Cuba, de que todo el que cometa crímenes o excesos abominables durante una tiranía deberá responder por ellos ante las normas legales o morales de la Democracia para que en otra hipotética ocasión sea más difícil que algunos cubanos se comporten de esa manera.
Fuera de estos dos puntos, vuestra declaración de intenciones me parece excelente y los felicito como buen cubano.
Éxitos a todos y un abrazo,
Julio San Francisco
Demócrata cubano desterrado
Discurso Inaugural de la Primera Convención Nacional de Arco Progresista ( 19-20 de julio de 2008)leído por Manuel Cuesta Morúa.
Volvamos a Casa
Los cubanos estamos fuera de casa y es hora ya de que regresemos a ella, a la casa que nos pertenece. Sí, estamos fuera de casa quienes vivimos dentro y quienes vivimos fuera. Y el momento ha llegado para que empecemos a ponerle fin a ese estado de espíritu, a esa idea y a esa realidad de vivir fuera de nuestro hogar nacional.
Los que estamos dentro vivimos fuera por un sinnúmero de malas razones. Porque estamos atrapados por el Estado, porque espiritualmente no logramos identificarnos bien, pese a nuestra diversa identidad común, y porque solo tenemos en préstamo el suelo y el cuarto donde mal vivimos. Y los que estamos fuera, lo estamos por un conjunto idéntico de peores razones: porque tuvimos que devolver el suelo y el cuarto prestados, intentando zafarnos del Estado, y porque pusimos en diáspora la identidad espiritual con la que necesitamos identificarnos bien, por ser esta nuestro acervo diverso y común. Una verdadera tragedia para la nación cubana producida por una visión trágica de nuestro destino nacional.
Volvamos a casa. A esa que no se llama la patria de Carlos Manuel de Céspedes ni la patria de José Martí ni de Fidel Castro ni de la Revolución Cubana. Volvamos a la casa que simplemente se llama Cuba y que es de todos los cubanos: de ellos, de todos los que no se mencionan, de nosotros y de los que vendrán. Pero ¿a cuál casa debemos volver? Pues bien, si esta casa se llama Cuba, debemos volver entonces a la Cuba de los ciudadanos. Y para volver a la Cuba de los ciudadanos debemos construirla desde los ciudadanos.
Sugiero que este debería ser el propósito de la Cuba del siglo XXI: la Cuba de los ciudadanos, hecha y pensada sin imaginación trágica. Ciertamente la nación nunca ha sido de nosotros. Ha sido de los patriarcas o de las utopías, o de las utopías de los patriarcas, jamás de sus ciudadanos. Algo que está muy mal y que necesitamos ponerle fin en forma cordial y civilizada. Eso, si queremos evitar que Cuba se disuelva en la comedia trágica de una pobre sociedad de consumo, sin proyectos y sin rumbos, después del agotamiento de un modelo que nunca logró empatarse con nuestra cultura.
Y Cuba se disuelve porque no tiene ni proyectos estratégicos de país, ni rumbos. Hacia cualquier lugar que nos dirijamos, vamos mal. Ningún ciudadano que se precie de su honestidad puede responder con seguridad a tres preguntas fundamentales del hombre moderno: ¿hacia dónde nos dirigimos?, ¿cómo emprenderemos la ruta y con qué contamos para ello? Estas no son interrogantes, después de la gran pregunta acerca de nuestra identidad, que formen parte del cuestionario habitual de los cubanos. Y todo porque, no teniendo el derecho a ejercer el control de nuestras vidas, estamos suspendidos sobre tres plataformas fallidas: una revolución fallida, una nación fallida y un país fallido.
La primera falló hace ya algún tiempo: en sus grandes promesas y en esas ilusiones edificantes e integradoras que solo nos están ofreciendo, ahora mismo, tres espectáculos: el de la intimidación y persecución constantes de unos ciudadanos que corren por toda la isla para esconder sus pobres recursos y la riqueza imaginativa de sus ideas; el espectáculo de la repetición audaz, sin sonrojo ni imaginación, de un discurso prometedor que nadie lee en la realidad virtual y pocos ven como virtualidad real, y el espectáculo de una política de vidriera internacional hecha para extranjeros poco sensibles.
La nación falla. Esta no nos brinda ya ese sentido de pertenencia y vínculo emocional a un lugar, que son básicos para animar la convivencia común: casi todos queremos partir hacia un lugar cualquiera del mundo. Y el país falló. Este carece de una mínima plataforma económica que dé sustento a su propia población. Como país, Cuba no existe: continuamos suspendido y dando vueltas sin sentidos dentro de la laboriosidad y riqueza de otras naciones.
Revolución, nación y país fallidos. ¿Qué nos sostiene? Una sola cosa: la sujeción al Estado, a través de sus órganos coercitivos, de castigo y de promesas ahora cautelosas. Ese, el Estado, es el único que no ha fallado, pero a costa de convertirse en enemigo de los ciudadanos en medio de su propia insolvencia, del estímulo a la corrupción que dice combatir y de su incapacidad para brindar cohesión social y servicios públicos con un mínimo de eficacia.
Una paradoja terrible: el Estado ha destruido la casa pero la mantiene precariamente integrada porque sujeta a los ciudadanos. Cualquier intento de derribarlo puede llevarnos a desintegrar la casa destruida, pero si nos mantenemos sujetos al Estado, este terminará por desintegrar completamente la casa. Una trampa que tiene una sola salida: volver a la casa con la idea simple y vigorosa de que la nación somos todos.
¿Cómo?, ¿qué hacer?, se preguntan siempre los que tienen un propósito.
Podemos hacer dos cosas frente al diagnóstico de una enfermedad de medio siglo. Podemos poner en juego toda la rabia acumulada durante cincuenta años, en los que cinco generaciones solo han podido compartir y trasmitir la frustración de unos proyectos de vida liquidados. O podemos buscar civilizadamente nuestro lugar en la casa común, activando positivamente nuestra rica imaginación creativa, sin rabia, sin rencor y con mayor y mejor altura de la que han demostrado nuestras elites. A fin de cuentas, su éxito se basa en la constante capacidad que han demostrado para reproducir la violencia estructural en los de abajo: en las escuelas, en la pedagogía, en nuestras comunidades, en nuestras familias, en nuestra simbología, en nuestra cultura, manipulándonos en nuestras broncas cotidianas para dominarnos y seguir disfrutando de su riqueza prestada. La idea de que los de abajo no podemos pensar se basa en esa otra idea de que los de abajo solo sabemos bailar, beber, practicar la violencia y obedecer.
Ciertamente Cuba está molesta y bien molesta con los de arriba. De otro modo no puede ser para una Cuba alegre y sensible. Pero desatar la rabia no está a la altura de nuestros desafíos ni de nuestra inteligencia creativa. La revolución cubana está liquidada precisamente porque fue hecha con mucha rabia, poca sensibilidad y de espaldas a la cultura profunda y diversa de la isla, y no podemos darnos el lujo de asumir nuestra próxima misión con esa rabia heredada. Eso es lo que esperan quienes dominan sin gobernar: que desatemos nuestra rabia desarmada, para ellos desplegar su rabia armada y luego limpiar sus armas con la conciencia tranquila de haber propinado la segunda derrota al imperialismo.
Sugería un propósito para Cuba: construir la Cuba de los ciudadanos. Y eso solo podemos hacerlo si los de abajo asumimos el triple desafío de construir un país, una nación y un Estado democrático. El proyecto de un nuevo país hecho con y desde los ciudadanos, por primera vez, puede ser visto como esa misión que de cuando en cuando toca a las puertas de los pueblos que van perdiendo sus esperanzas y encuentran que no todo está perdido. Y para ese momento de su historia, la rabia sobra.
Lo que la Cuba de los ciudadanos necesita son ideas claras, y para ello tenemos la ventaja de que el poder solo tiene eso: poder. Cuba necesita además altura civilizada, coraje sin guapería, compromiso ético, autoestima y un sentimiento de que juntos, los ciudadanos, podemos.
Y para reencontrarnos en la casa, me gustaría sugerir 17 ideas puestas en la perspectiva de esa Cuba de los ciudadanos que creo necesitamos inventar.
La primera idea es la de volver a Cuba: desde dentro y desde fuera. Si la nación somos todos, poco sentido tiene aceptar la falsa premisa que identifica la nación con el Estado y con lo que insisten en llamar revolución. El mensaje a las autoridades debe ser simple y sereno: como ustedes, nacimos aquí un día cualquiera; eso nos pone, desde los orígenes, en igualdad de condiciones frente al pasado, al presente y al futuro. La identidad de una nación no se disuelve en un proyecto político. Nuestro derecho tiene la mejor de las garantías posibles: la inscripción de nacimiento.
La segunda idea es asumir, y si lo asumimos ese será nuestro privilegio en la historia cubana, que el Estado está al servicio de los ciudadanos, y no los ciudadanos al servicio del Estado. Si el lema en la puerta de todos los buenos negocios es que el cliente siempre tiene la razón, el lema en todos los Estados modernos debe ser que los ciudadanos son los únicos que tienen la razón.
La tercera idea es escaparnos mentalmente de una trampa. Dicen los que saben que muchas de nuestras enfermedades comienzan en la mente y terminan en el cuerpo. Parece que eso ha venido ocurriendo durante mucho tiempo, demasiado tiempo, con nuestra sujeción mental al falso dilema entre revolución y contrarrevolución. Sería interesante que el poder explicara qué cosa es en definitiva eso que llama revolución, para poder definir qué es eso que llama contrarrevolución. Los que creen en ella necesitan desesperadamente saberlo. Muchos de ellos sabiamente se dan cuenta que los de arriba vienen confundiendo, tal y como hacen con otras tantas cosas, el poder de los que hicieron la revolución con la revolución misma. Pero para los que creemos en algo más importante y grande, que se llama Cuba, nuestro único dilema pasa por la nación cubana con todos sus desencuentros, sus fracturas, sus problemas, sus regresos culturales y sus peligros: y uno de los más desafiantes es precisamente el de la confusión entre nación y revolución. ¿Son la misma cosa? Pregunta retórica. No. Junto a muchos de mis compatriotas, asumo en todas sus consecuencias la idea de que la revolución como concepto, poder e instrumental es nuestro principal peligro de seguridad nacional.
La cuarta idea tiene que ver con nuestra idea de la libertad. Nos enseñaron que la libertad se conquista con el filo del machete. Y nos engañaron, porque la libertad conquistada a machetazos se convierte al final solo en la libertad de los que tienen el monopolio legítimo sobre los machetes: y eso son los Estados. La libertad para la democracia no se conquista, se ejerce, o más bien se conquista ejerciéndola. Lo único que tenemos que hacer entonces es ejercitarla.
La quinta idea es que el ciudadano existe porque ejerce su libertad. Quien no ejerce su libertad es un súbdito, no un ciudadano. Todavía no tenemos el control sobre lo que podemos llevar a nuestros estómagos, pero ahora mismo podemos tener el control sobre nuestras actitudes frente a los desafíos de la sociedad. Quizá sea bueno que así sea porque la ciudadanía empieza cuando nuestras actitudes no están determinadas únicamente por el grado de bienestar o malestar que sintamos en un momento determinado. Durante cincuenta largos años hemos esperado el maná del Estado. Al final no tenemos ni el maná ni la libertad que permite crearlo. Eso porque nos olvidamos de ejercer una condición esencial: la de ciudadanos.
La sexta idea es que no debemos ni podemos derribar al Estado, solo podemos y debemos convertirlo construyendo la democracia desde abajo, desde los ciudadanos, puerta a puerta, asumiendo la corresponsabilidad por Cuba y asumiendo las iniciativas del Estado como subsidiarias a las iniciativas que podemos tomar los ciudadanos.
La séptima idea es que la Cuba de los ciudadanos requiere tolerancia. Al volver a casa en el siglo XXI debemos hacerlo con tolerancia, con respeto, con apego a nuestras tradiciones y con una mirada al interior de nosotros mismos para encontrar nuestro lugar, relegado por el Estado para satisfacer ambiciones que nada tuvieron que ver con nuestras genuinas necesidades y aspiraciones. El ejercicio de la solidaridad es falso cuando humilla a quienes están obligados a brindarla.
La octava idea es asumir legados, como ocurre con las culturas maduras. Los legados de la revolución, de la cultura, del pasado. La universalización de la enseñanza y la salud, así como el sentido de independencia son legados de lo que fue la revolución que debemos asumir sin miedos al dedo acusador del anticastrismo. El pensamiento, la inventiva y el éxito económico del pasado son los legados que debemos respetar sin temor al dedo acusador del castrismo, y la riqueza profunda de nuestra cultura, desde Heredia a nuestros días, es el legado cultural que podemos incorporar, en un reencuentro directo con nuestra tradición, sin necesidad de las instancias mediadoras de los comisarios de la “cultura” de Estado. Sobre todo, no debemos dejarnos aterrar más por la manipulación del pasado: el pasado es fecundo cuando nutre el presente abierto, pero nos domina cuando es utilizado para mantener el presente cerrado.
La novena idea requiere solo un poco de observación para verla: y es la separación, que se hace abismal, entre ideas y poder. En el palacio de gobierno encontramos poder sin ideas; en la sociedad, ideas sin poder.
La décima idea es de orden cultural. Entender nuestro fracaso como proyecto nacional nos lleva a comprender que lo que está en juego es algo más que una transición hacia la democracia. Está en juego fundamentalmente el enfrentamiento entre una cultura cubana que no ha logrado cuajar en sus elementos fundamentales y el viejo dominio colonial que se cubre bajo el manto de la revolución: se enfrentan, en una batalla cultural, la Cuba que aspira a ser y el criollismo que se resiste. Esta es una buena razón para que los cubanos no nos dejemos provocar por nuestro propio pasado hecho de violencias vengativas.
La oncena idea es que debemos volver a casa asumiendo a todos nuestros muertos: los que murieron en guerras inútiles, creyendo en utopías irrealizadas, y los que murieron creyendo en la libertad.
La duodécima idea es admitir que si seguimos aceptando que el mundo es el responsable de nuestros fracasos, debemos ser entonces honestos aceptando que el mundo es también responsable de nuestros éxitos. Lo que está mal. Indica que no asumimos la responsabilidad que es el único camino para llegar al éxito genuino. Al volver a casa es importante que admitamos que seremos nosotros los únicos responsables de nuestros actos: tanto los que nos lleven al fracaso como al éxito.
La décimo tercera idea nos dice que solo volviendo a casa podemos afrontar el problema básico de la estructura política cubana: encontrar las vías para sustentarla en los ciudadanos, rescatándola de manos de las familias. El destino político cubano ha estado marcado por conatos de familias que han logrado imponer su visión doméstica sobre una nación vasta, plural y abierta. Hoy ocho familias se reparten el poder, los beneficios, los privilegios y el acceso a la formulación del futuro por simples lazos consanguíneos. En esto no se diferencian de la estructura política pasada de muchas naciones de Centroamérica. Volver a casa es urgente para reasentar la nación sobre los ciudadanos y la rica diversidad de sectores que la conforman. Esto es vital para la modernización política de la nación.
La décimo cuarta idea es que Cuba está dotada para entrar al primer mundo. Se nos ha impuesto una mentalidad de tercer mundo incompatible, por ejemplo, con la facilidad con la que los cubanos participamos en empresas de naturaleza imperialista. Esa energía, ese vigor para intentar modelar al mundo, sin contar con un modelo perdurable y auténticamente arraigado, indica que podemos traspasar las fronteras internas que se nos imponen a los ciudadanos como naturales. Porque es antinatural que, dada las potencialidades de nuestra cultura y sociedad, Cuba no emprenda su rumbo hacia el primer mundo. Al volver a casa podemos imaginar cómo combinar nuestra potencia cultural, nuestra capacidad para el aprendizaje y nuestra inventiva para construirnos un país a la altura de las naciones más avanzadas. Volvamos rápido para no perder más tiempo del que hemos abonado en reproducir nuestros peores complejos y defectos.
La décimo quinta idea es la de volver a casa con la mirada en alto, con la autoestima fortalecida, con el orgullo de ese autoreconocimiento y derecho individuales a construir nuestras propias biografías, lo que se nos ha negado por medio siglo, dejándole bien claro a los de arriba que no nos consideramos superiores a nadie, y dejándole más claro aún que no aceptamos que nadie se considere superiores a nosotros. Y ello porque concebimos como manifestaciones de racismo todo intento de superioridad basado en la raza, el sexo, el color de la piel, el origen étnico, las creencias religiosas, filosóficas, políticas o ideológicas. Concebimos como racismo, por tanto, el intento de cualquier grupo humano de legitimar su poder, control o dominación sobre otros seres humanos con base en esos u otros criterios, y contestaremos la legitimidad de cualquier Estado que codifique constitucionalmente la superioridad de un grupo humano sobre otro, basado en la supuesta superioridad de etnias ideológicas particulares. Nadie es superior por el hecho de participar de un vínculo ideológico específico. Semejante racismo ideológico, involuntario en muchos comunistas cubanos, es contrario a la concepción de un Estado moderno fundado en el ciudadano, a la paz, a la convivencia pacífica y a los derechos de la persona.
La décimo sexta idea es la de regresar a casa dialogando. El diálogo es el modo superior de convivencia humana. Las culturas avanzadas son aquellas que regulan sus conflictos mediante la conversación y la capacidad de escuchar a los otros. Un lugar que necesita desarrollar dispositivos avanzados para que los ciudadanos aprendamos a escucharnos mutuamente es Cuba: nuestra diversidad es de tal profundidad, que una de las preguntas básicas de la que debería partir el autoanálisis nacional es la de cómo fuimos capaces de escuchar una sola voz durante casi medio siglo. Y al regresar dialogando debemos hacerlo con el mejor lenguaje del diálogo y sin prejuicios: dialogar con todo el mundo en el poder y en la sociedad será la manera de reencontranos, esta vez en una fase más madura de convivencia nacional.
Y la décimo séptima idea es la de volver a casa con generosidad. La generosidad exige comprensión para entender las limitaciones culturales de un poder que no logra acomodarse a la diversidad. Sin generosidad, como ha sido el caso del poder en Cuba, se llega con excesiva facilidad a personalizar los conflictos, tanto cuando hay argumentos como cuando no hay argumentos. En presencia de argumentos, las autoridades pierden la oportunidad de exponerlos racionalmente; en ausencia de argumentos, las autoridades aprovechan la oportunidad para imponer su poder irracionalmente, razón por la cual alimentan los conflictos y desprecian el uso de la palabra razonada.
El regreso a casa con generosidad es esencial porque ella es la puerta a un requisito básico, sin el cual volver a Cuba es hacerlo de espalda a los ciudadanos. ¿Cuál es ese requisito?: la sensibilidad. Cuba está rota porque el poder ha perdido toda inteligencia sensible: que existe cuando se mira a los problemas de la gente sin el velo de la razón ideológica o la razón de Estado. Más de un millón de gente sin hogar, más del 50 % de la tierra sin cultivar, más de 2 millones de cubanos fuera de su hogar nacional, la reinstalación de los viejos y nuevos racismos en la sociedad, el regreso de la prostitución, una corrupción que corroe el cuerpo social, una impotente brutalidad policial, la explosión de violencias sociales, psicológicas, físicas y verbales; hombres y mujeres de la tercera edad pululando por las calles para vender lo que puedan, jóvenes en fuga, valores inexistentes, cinismo como arma de convivencia, esperanzas que no despiertan, familias divididas, ausencia de auténticas convicciones, más de 5 mil ciudadanos en la indigencia y la confianza-país en quiebra es un cuadro que ciertamente no se compensa con unos sistemas de salud y educación que hacen agua detrás de sus constantes parches. Y 50 años después, esto solo se puede explicar, en un país rico y creativo, por la ausencia de la inteligencia sensible de un poder que, encima, quiere arreglar los problemas del mundo y dice tener un proyecto que llama Revolución.
Y esa falta de inteligencia sensible se combina aquí con otra: la falta de inteligencia emocional del gobierno. Ella desaparece siempre que el Estado pierde el control y organiza su ataque contra el ejercicio de la supervivencia y la organización social del pensamiento diverso; dos misiones imposibles frente a una sociedad compleja y vital como la cubana.
Sin inteligencia sensible, sin inteligencia emocional, el Estado desperdicia la inteligencia intelectual que ha cultivado y la preparación tecnológica de una sociedad que, al mismo tiempo que tiene una esperanza de vida de primer mundo, está ávida y lista para vivir de acuerdo a lo mejor que puede aportarse desde el primer mundo.
¿Cómo reinventarnos Cuba? Combinando inteligencia sensible, inteligencia emocional e inteligencia intelectual. Para que eso se convierta en legado de futuro, la reinvención de Cuba debe hacerse desde los ciudadanos. Solo así estaremos en condiciones de volver a casa para recuperarla desde sus raíces y afrontar los desafíos que, viniendo desde muy atrás, se han enquistado en estos últimos cincuenta años.
Esta Convención quiere situar al Arco Progresista, ya un partido que unifica miles de voluntades, en el camino del regreso a casa de todos los cubanos: desde dentro y desde fuera.
Manuel Cuesta Morúa
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La cosa...
Eso de las tuercas y los tornillos ¿es un chiste? y si lo es ¿tenemos que llamar a algún mecánico que entienda del tema para que se ria?
En fin, no te apures, seguro es que estoy en otro nivél y será por eso que no me entero de nada de lo que pretendes decir contar o humorizar, pero seguro que tu estás convencido que has demostrado una inteligencia superior.
Con suerte, quizás algún día consigas demostrarselo a alguen mas... No desesperes, sigue intentándolo.
Julio, ¿Ahora también te pinchas o se te acabaron de caer las dos arandelas que hace tiempo sujetaban los tornillos de tu cabeza?
En que quedamos??
¿nos tenemos que percatar de que eso no tiene marcha atrás? o ¿nos mueve el dinero?
Ni lo uno ni lo otro, o quizás tengas razón en la primera aseveración, quizás tengas razón en que el castrismo cubano siga su camino, camino que indudablemente lleva a su destrucción, ya que son muchos mas y mucho mas jovenes, aquellos que se niegan a seguir ese camino. Quizás de eso debas percatarte, ya que el mismisimo Fidel hace tiempo que se ha percatado.
Si el señor Cuesta Morùa se considera estar fuera, viviendo dentro de la casa, ese es su problema. Cuándo se van a percatar de que este asunto no tiene marcha atrás?
Solo los mantiene en este zig-zag el chorro de billetes que fluye desde Washington-Praga-Miami...y unos pocos para los empleados de la SINA en La Habana.
Miércoles, 30 de mayo
Julio San Francisco
Paul Monzón
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.
Efrén Mayorga
Julio Frank Salgado
Guillermo Roz
Asociación Cultural Vera Méndez
Karina Longo
Meir Finkel
Angel Monagas
Rolando Rodrich
Francisco R. Figueroa
Julio San Francisco