La torre sin torrero
28.01.07 @ 18:11:51. Archivado en Mi lucha por la libertad de Cuba
Nicolás Águila
En el principio fue el teque y el cuento de la buena pipa. Un desfile de barbas, pero una sola voz. Un ego enorme por todas las emisoras en cadena y los canales de televisión encadenados, despotricando urbi et orbi como el vicario de Dios en el país de la ciguaraya.
Las mujeres enloquecían con su incontinencia oratoria. Y muchas se desmayaron cuando vieron la paloma volando hacia el elegido de la barba rebelde. Y en vez de excretarle un mal augurio en el rombo rojinegro, la muy camarada se le posó en el hombro con la mansedumbre celestial del Espíritu Santo. Se equivocó la paloma.
Las masas se arrebataban y aplaudían a rabiar pidiendo la efe que fascina. Y él se sintió todopoderoso, Changó disparando el rayo y Júpiter tronando el trueno desde la tribuna imponente.
Entonces soltó aquella cursilería de abogado sin pleito: "Nos casaron con la mentira y nos obligaron a vivir con ella". Y se echó en el bolsillo a un país ansioso de verdades fáciles.
Después lanzó la pregunta retórica: ¿Elecciones, para qué? Aplausos. Vítores. Paroxismo. Ovación cerrada. Y dame otra vez la efe. Se equivocaba de nuevo un pueblo equivocado.
Habían tirado los caracoles y salió melado de caña, sol bueno y mar de espuma. Pero no vieron nada más que la sandía por fuera. Democracia es ésta, verde que te quiero roja, y al que no le guste que tome purgante. Se equivocaron también los babalaos.
Y se equivocó el pipisigallo. Empezaron siquitrillando a los burgueses, mamita qué pachanga. Y luego todo el mundo contra la pared. Contra el paredón. Boca abajo. De rodillas. De cara al campo. De espaldas al mundo. Cabizbajos y disciplinados. Y al que asome la cabeza, duro con él.
La pachanga duró poco. La Internacional, cantada con las manos cogidas en alto, la quitó del hit parade. A Dios lo retiraron hasta del cancionero popular. El discurso se sarampionaba. Cundía la neohabla orwelliana. Empezaba el desmonte.
Un cosmonauta soviético desplazaba a Matías Pérez en el imaginario criollo. "Yuri Gagarín, Yuri Gagarín, yo me voy al cosmos montado en un patín", cantaban arrollando por las calles de La Habana: Pero pronto cambiarían el cosmos por la 'yuma' y el patín por la balsa. Vendría el éxodo.
Pero al que se quedaba, palo y jeringa. A las movilizaciones. A las quimbambas. Al café. A la caña. A la cañona. A paso de conga. A la una mi mula. A la tranca. Abajo y de un solo tajo, sonaba amenazante la consigna de los macheteros.
Todo lo revolvieron, todo lo cambiaron y todo lo destruyeron. Todo, en menos de cinco años. Entonces empezaron a planificar por quinquenios el tiempo destructivo. Y la vida se nos iba entre guardias, mítines y colas. Entre marchas y consignas. Entre el cero, el infinito y el número ocho.
Un día se llenaron los estadios y teatros de un extraño público en prisión preventiva por el delito de ser o no ser. O simplemente parecer. Adiós al hábeas corpus y a la fianza. Adiós, Lolita de mi vida.
Nos reinventaron una isla larga y triste. Aburrida. Carcelaria. Inhabitable. Atrapados todos en un presente sin salida mientras nos dormían con el cuento del futuro luminoso.
Una isla distópica de la que el Poeta nos había advertido fuera de juego: Esa luz no significa nada, es sólo la torre y su torrero.
Hoy el torrero está en cama. O está en coma ya quizás. Las campanas de su entierro comenzaron a doblar. Las fanfarrias triunfalistas suenan casi a funeral. Y la torre sin vigía no es la misma torre igual.
Un torrero colectivo, ¿quién ha visto cosa tal? Un cancerbero implacable, ¿esa extraña trinidad? De casta quizás le venga ser canino y ser bestial, pero en Cuba ya sabemos cómo cae un general. A mí sí no me la cuelan, eso ya no aguanta más. Sin el torrero la torre un merengue va a durar.
Desde el principio fue el cuento, la trova y el blablablá. Se acabó lo que se daba, ya no hay mucho que contar. Santeros y cirujanos ya no pueden con su mal. Y un eminente galeno lo acaba de desahuciar.
El tiempo parece calmo, pero anuncia tempestad. Que aseguren los horcones porque viene un huracán. En el principio fue el teque, pero esto es el final.
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Julio San Francisco
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