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EL PERIODISTA REINALDO ESCOBAR SE SUMA AL DEBATE sobre la crítica a la pezuña de la fiera

Permalink 22.01.07 @ 11:08:23. Archivado en Mi lucha por la libertad de Cuba

“Guerrita de emailes”, “glasnosita”, “rebelión de los
intelectuales” o “la situación creada”, han sido
algunos nombres con los que se ha bautizado este
fenómeno que yo prefiero nombrar como "palabras de los
intelectuales” y el “de”, en negrita y subrayado.

Evidentemente se le abrió un agujero a esta caja de
Pandora (que era un regalo del propio Zeus), donde se
escondían no ya los males que ahora pueblan el mundo,
sino los atropellos cometidos contra la libertad de
expresión.
Prometo no usar este espacio para quejas personales,
en primer lugar porque siento un profundo
agradecimiento a quienes en diciembre de 1988 me
prohibieron practicar la profesión de periodista. A
ellos debo mi libertad, la que ejerzo desde Cuba,
aunque lamentablemente no en los medios permitidos en
Cuba.
Como no es posible responder, polemizar o
solidarizarse con cada una de las ideas que lo
merecen, pues eso implicaría escribir un libro, me voy
a limitar a dar mi opinión sobre lo que creo
fundamental en este asunto, que desde luego no es, ni
remotamente, la aparición en la pantalla chica de
quienes una vez fueron los obedientes cumplidores de
una política.
Lo que parece estar claro para todos es que hay
heridas sin cerrar, autocríticas por hacer y
discusiones que fomentar.
Puedo comprender el horror de los revindicados frente
a la reivindicación de sus verdugos, lo que no alcanzo
a entender del todo es la simplicidad de confundir lo
sistémico con lo casuístico.
Como en esos ómnibus repletos, algunos de los que
logran subir al primer peldaño de esta discusión
piden que se cierre la puerta porque ya no cabe más
nadie, pero los que quedan abajo, los que estamos aquí
abajo, pensamos diferente.
Creo que en el fondo de todos los males ocurridos está
la intolerancia a la diferencia, que no se limita a la
casi derrotada intolerancia frente a la diferencia de
credo religioso ni a esa otra en vías de superación,
que repudia diferentes preferencias sexuales. Hablo
sobre la invicta intolerancia a la diferencia en
opiniones políticas. Me gustaría saber sobre cuál
principio general se puede erigir la tolerancia a una
diferencia en particular, que no sea también aplicable
para aceptar las otras.
Desde aquel aciago día en que la política cultural de
la Revolución cubana se sometió a una frase sectaria:
“Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución
nada.”, se abrió el abismo, porque a partir de ese
momento un grupo de personas se confirió o le
confirieron el derecho de decidir dónde estaban las
fronteras de lo que podía catalogarse de
revolucionario, que significaba lo que podía
publicarse, mostrarse y difundirse. Como los creadores
de literatura, pintura, música o cine suelen
realizarse cuando su obra se objetiva en algo palpable
para el público, empezaron a crear en esa dirección y
allí comenzó la autocensura, porque hay una sola forma
de estar seguros de que lo que hacemos no pueda
calificarse como “fuera de la revolución” y es hacer
sólo lo que está claramente con y dentro de la
Revolución.
Aquel quinquenio gris sólo fue el acto de trazar la
franja divisoria unos metros más acá de la frontera.
El pecado original fue concebir la frontera.
Algunos de los que participan en esta polémica no
discuten el derecho que tiene el gobierno a decidir la
publicación de una obra atendiendo a su filiación
política. Lo único que contienden es que ellos y su
obra sí deben ser considerados como afiliados
inclaudicables a la línea de la Revolución. Otros
quieren llegar más lejos, por eso en este debate se
están discutiendo muchas cosas al mismo tiempo.
Víctor Fowler, con su habitual lucidez, introduce la
idea de un “catálogo de prácticas de violencia
cultural”. En ese catálogo caben todas las anécdotas:
la prisión del que tradujo las profecías de
Nostradamus, el famoso caso Padilla, la defenestración
de Eduardo Heras, las sanciones a Norberto Fuentes, el
ostracismo de tantos nombres ilustres: Cintio, Eliseo,
Lezama, más la interminable lista de los desconocidos
de siempre, que en oscuros municipios del país osaron
leer un poema conflictivo en una sesión de los
talleres literarios o que en una emisora de provincia
se atrevieron a introducir una incómoda canción de
Frank Delgado. La pregunta es hasta donde llevar la
lista y si hacemos caso a los que ya se montaron, que
piden a gritos que cierren de una vez la puerta para
poder continuar el viaje, o si seguimos dejando entrar
gente hasta que reviente la guagua.
¿Quién ordenó cerrar las exposiciones del grupo Arte
Calle? ¿Cómo se llamó la década o el trieno en que
prohibieron a Pedro Luís Ferrer? ¿De qué color era el
quinquenio en que Antonio José Ponte fue expulsado de
la UNEAC? ¿Quién era Ministro de Cultura cuando a la
película Monte Rouge se le impidió participar en el
Festival de Cine? ¿Cómo, si no “Primavera Negra del
2003”, se llama ese momento en que encarcelaron al
poeta Raúl Rivero?
El propio Esteban Morales, ex decano de la Facultad de
Humanidades califica de “Saturnos devoradores de hijos
de la Revolución” no precisamente a subordinados de
Luís Pavón, sino a militantes del Partido Comunista
que en los años setenta protagonizaron depuraciones
implacables en la escuela de periodismo y que hoy
publican en el diario Granma y a los que nadie
perturba.
Y todo esto se discute hoy tal vez porque unos
asesores que en el ICRT se ocupan del programa
Impronta sólo son historiadores duchos en el siglo xix
y no sabían quién dirigió hace 30 años el Consejo
Nacional de Cultura. Me pregunto qué pasaría si en el
espacio “50 años de Victorias” alguien contara las
proezas de Hubert Matos en la toma de Santiago de
Cuba o si uno que no conoce las versiones secretas de
la historia, hablando sobre los hechos de Granada,
mencionara al coronel Tortoló como un émulo del Titán
de Bronce. Apuesto que nadie se equivocará nunca
haciendo una Impronta a la doctora Hilda Molina, y
bien que se la merece.
Lo que realmente ha ocurrido no es que un día se haya
mencionado a alguien que merecía estar sepultado en el
silencio, sino todo lo contrario; es que se ha callado
demasiado, durante un tiempo desmedido y no solamente
en el sector de la cultura. Como ha señalado
valientemente el crítico Orlando Hernández “sería muy
triste que todo esto cayera dentro del ridículo buzón
de quejas y sugerencias del Ministerio de Cultura, o
se convirtiera en la catarsis colectiva de una
minoría.” Creo que la crítica o la autocrítica quedan
pendientes no solo en el caso de aquel Primer Congreso
de Cultura, que cambió de nombre en su segunda sesión
para convertirse en Congreso de Educación y Cultura.
Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, La
Ofensiva Revolucionaria del 68, los mítines de repudio
de 1980, el incumplido plan alimentario de los 90, el
hundimiento del remolcador 13 de marzo y los infinitos
catálogos que con tanto derecho pueden abrir tantas
víctimas, están necesitando también una autocrítica,
de lo contrario será muy difícil homenajear a alguien
en la televisión sin tropezar con el riesgo de que el
entrevistado tenga otra impronta oculta en su ilustre
biografía.
No solo las revoluciones, sino la historia en su
conjunto está protagonizada por hombres que al
participar en los proyectos que se proponen, tienen
aciertos y errores, grandezas y bajezas, noblezas y
vilezas. La de Cuba, dista mucho de ser la historia
celestial, aunque muchos se hayan empeñado en
edulcorarla. Parece como si otra vez alguien haya
pretendido casarnos con la mentira y obligarnos a
vivir con ella, pero afortunadamente, también alguien
nos enseñó que vale la pena que se derrumbe el mundo
antes que vivir en la mentira.

No quiero terminar esta intervención sin referirme a
la críptica Declaración del Secretariado de la UNEAC
publicada el jueves 18 de enero.
Decir que la política cultural de la Revolución,
fundada con Palabras a los intelectuales, es
irreversible, es afirmar que Luís Pavón no logró
revertirla y por lo tanto sólo fue consecuente con
ella en grado extremo. En eso estamos de acuerdo. Con
lo que no puedo estar de acuerdo es con el elemento de
terror que introduce el texto al mencionar una
supuesta agenda anexionista en quienes han querido
sacar provecho de la situación creada. Exijo que
señalen un solo párrafo del debate que tenga tufo
anexionista. Aunque se sugiere que ésta es la
respuesta consensuada con los iniciadores del debate,
evidentemente es un texto que orgullosamente firmaría
Leopoldo Ávila.
Propongo un debate amplio sobre todos estos asuntos.
Ya que la UNEAC no se decide a realizar su congreso,
ya que el Partido Comunista de Cuba tampoco realiza el
suyo, hagámoslo nosotros en un teatro, en un terreno
de pelota o en medio de un potrero, sin que las
brigadas de respuesta rápida impidan su celebración y
donde hable todo el mundo, el comunista, el
socialdemócrata, el democratacristiano y el liberal y
si el anexionista tiene algo que decir, vamos a
escucharlo también.
Finalmente me parece saludable que quienes
participamos en esta discusión no tengamos una
posición común. No vamos a repetir el esquema
afirmando que “éste no es el momento de tener
divergencias entre nosotros porque debemos unirnos
frente al enemigo común”. Mucho menos proclamaremos
algo como: “Contra el pavonato todo, a favor del
pavonato nada.” Por favor, no empecemos con lo mismo.
Por suerte, como en la mítica caja de Pandora, la
única que no ha escapado es la esperanza.

Reynaldo Escobar

Otra voz joven en la polémica

Pavón, Serguera o la política cultural revolucionaria
por Yoani Sánchez (La Habana)

Las únicas víctimas del pavonato no fueron los escritores, poetas y críticos que vieron frustrada su creación, tachado un párrafo o prohibido un libro, sino también todos aquellos que debíamos haber consumido y bebido del cauce natural de la cultura cubana; pero que tuvimos al final un producto parametrado y esquemático, con el cual apenas si nos identificamos. Los que debimos crecer aprendiendo en las escuelas textos de Virgilio, de Cabrera Infante y de Gastón Baquero, vimos reducido el espectro a los incuestionables nombres de la cultura decimonónica y a los textos del intachable Manuel Cofiño, cuyos cuentos y novelas no resultaban incómodos para los censores.

Me pregunto que sería ahora de nosotros si además del verso –repetido hasta el cansancio- de “tengo lo que tenía que tener” hubiéramos contado con el grito desgarrado de “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Quizás seríamos más tolerantes, aceptaríamos mejor la diferencia; pues toda mutilación y censura termina por conformar en el receptor una mentalidad plana y en una sola dimensión, que se asusta cuando descubre todo lo que se le ha ocultado o negado. Varias generaciones formadas y nutridas con la rigurosa selección de “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, terminaron por considerar la producción artística como propiedad de otros, a quienes se les otorgó el derecho de decantar y filtrar lo que posteriormente íbamos a conocer. Ese es quizás (parafraseando a Dagoberto Valdés) uno de los daños antropológicos más importantes causados por la censura revolucionaria.

Para los iniciadores de esta polémica resulta fácil señalar y nombrar a los causantes de muchos de sus males, pero no podemos hacer lo mismo los millones de cubanos que carecimos, sin siquiera saber que había algo más, de lo que nos correspondía por el sólo hecho de haber nacido en esta tierra rica en talentos artísticos y literarios. Para mis contemporáneos, nombres como Pavón, Serguera o Quesada, sólo son crípticas referencias entre académicos, pues para nosotros la sombra de la parametración y las tijeras del quinquenio gris, no tenían un nombre en específico, sino que se identificaban con la política cultural de la Revolución. A veces la inocencia puede ser sabia.

Esa misma política cultural inundó nuestras mentes infantiles con dibujos animados soviéticos que devorábamos sin saber exactamente qué era una estepa, un álamo o un zorro. Privilegió la obra de Guillén sobre la de Eliseo Diego; hizo que Martí nos pareciera –a fuerza de descontextualizarlo y manipularlo- una figura aburrida. En la pretensión de hacernos el pueblo más culto del mundo, nos atragantaron de conocimientos, pero no nos enseñaron a debatir, a reflexionar ni a escuchar al otro. Repetimos y calcamos el estilo de los discursos políticos y convertimos al arte y a la cultura en un “arma de lucha”.

Algunos responsables de esta política ya fueron levantados de sus sillas, pero los cargos que ellos ocupaban no han sido removidos de la estructura. Cuál otro Pavón o qué nuevo Papito Serguera acechan detrás de la actual producción literaria y televisiva cubana. Cuál de sus, ya permanentes, tentáculos determina que el Noticiero Nacional de Televisión sea la burda caricatura del “todo está bien adentro y todo mal afuera”. Cómo es posible que todavía hoy, los pocos espacios de reflexión y debate de la pequeña pantalla se reduzcan a la simplicidad de si es mejor el regetón o la trova, o si la moda es una banalidad o una necesidad. Con tantas cosas por debatir, es frustrante que se dedique cada día una hora y media a ese sordo soliloquio que se llama la Mesa Redonda, donde los participantes se desgañitan queriendo parecer cada uno más revolucionario que el otro. Es lamentable el constante mirar la paja en el ojo del vecino del norte, mientras la viga del nuestro nos crucifica o aplasta.

Si el quinquenio gris ya pasó, por qué no nos reunimos para llorar la muerte de Cabrera Infante y hacer la autocrítica de la atrocidad que lo llevó al exilio y lo empujó a su “Mea Cuba”. Qué nuevo Pavón prohíbe que las novelas de Zoe Valdés se vendan dentro de Cuba, para que nosotros podamos valorar su verdadero peso artístico y no tengamos que esperar que el Ministro de Cultura las descarte en nuestro nombre. La larga sombra del pavonato nos quita todavía el disfrute de las novelas de Jesús Díaz, cubano hasta los tuétanos, sólo porque algunos han confundido cultura con Revolución y en ese entuerto han terminado por parametrar no sólo al arte, sino a todos los cubanos en categorías esquemáticas como “revolucionario”, “gusano”, “marioneta del imperialismo” y otras tantas burradas, como si nosotros no fuéramos, al igual que nuestra cultura, un múltiple, extenso y variopinto caudal.

Resulta significativo que todo este debate se haya desarrollado, precisamente, por correo electrónico, pues - sin ser esa la intención- es una manera de excluirlo y aislarlo del gran público, que no tiene la dicha de contar con una dirección electrónica “.cult.cu” y es incapaz de pagar los prohibitivos precios del acceso a Internet. Si la vía de los “emilios” es el escalón más elevado con que cuenten los intelectuales cubanos para realizar una polémica, eso demuestra que los otros medios les están vedados. Cómo pueden ser ellos la conciencia crítica de una nación si apenas pueden hacer llegar sus opiniones a quienes la conforman.

Si la intolerancia y el desenfreno que movieron al ex fiscal, director del ICRT, ya son polvo sobre polvo, quiénes entonces condenaron al periodista Adolfo Sánchez Saínz a 15 años de cárcel, por escribir lo que pensaba. Si el pavonato ya pasó y lo de Serguera es un mal recuerdo, por qué nadie nos regala en la radio nacional la cálida voz de Celia Cruz, para que nos sacuda con aquello de “sin permiso no se puede cortar”, como tampoco se puede podar y cercenar el espontáneo brote de nuestra cultura. Quiénes aupan y mantienen el cerco a los que editan desde dentro de Cuba la revista digital Consenso. Cuál discípulo de Pavón y Serguera, está detrás de la expulsión de Antonio José Ponte de la UNEAC, detrás de los comisarios que manosean y descartan ciertos libros en cada editorial, de los profesores universitarios que blanden su autoridad para aplastar los criterios “peligrosos” que surgen entre sus alumnos, de los dirigentes políticos que sugieren entre sus subordinados que hay que “salirle al paso” a los que piensen diferente.

Aprovechemos esta oportunidad que se nos abre para debatir sobre temas que no son exclusivos ni de los intelectuales, ni de los cubanos radicados en la isla y mucho menos de los revolucionarios. El debate debe incluir a todos los sectores de nuestra sociedad, debe dar espacio a las críticas, a las catarsis colectivas y privadas que han aguardado tanto tiempo. Debe valorar y criticar no sólo las estructuras culturales sino también las de orden político y gubernamental, pasando por el tan debilitado entramado cívico. Hay que sumar a esta polémica a los verdaderos propietarios de la cultura, a los que agobiados por los problemas del cada día y desengañados por no verlos reflejados en los medios, han optado por enajenarse de la producción cultural cubana. Detener este debate tan necesario sería censurar como Pavón; es volver a prohibir como Serguera y parametrar como Quesada.

Basta ya, de separarnos, enfrentarnos y predisponernos los unos contra los otros. Ustedes, que comenzaron la polémica, nos deben a mí -y a los jóvenes como yo- el no dejar que nos cercenen nuestra cultura, nosotros, a su vez, se lo debemos a nuestros hijos. Ese es el único “parámetro” que no podemos incumplir.

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Soy inocente... y al que diga lo contrario de la corto.
Enlace permanente Comentario por Luis Pavón Tamayo 01.02.07 @ 06:53
por favor no dejes de leer estosarticuos, que nos muestran lo que nosotros por cuestiones genracionales no vivimos, saludos ivette¡¡¡¡
Enlace permanente Comentario por nieves 31.01.07 @ 08:14
Felicidades, Julio. Y muy bueno el articulo de Macho -pero por supuesto que no esperaba otra cosa de el si no el mejor periodismo hecho en Cuba.

Alex (Londres)
Enlace permanente Comentario por Alexei 24.01.07 @ 02:37
Felicidades, Julio. Y muy bueno el articulo de Macho.
Enlace permanente Comentario por Alexei 24.01.07 @ 02:35

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