De pobreza cero a mil millones de hambrientos
29.09.09 @ 18:07:08. Archivado en TERCER MUNDO
Según la FAO y el Programa Mundial de Alimentos (PAM), este año se superará la redonda cifra de mil millones de personas hambrientas, dan la voz de alarma, porque la asociación sólo ha conseguido 2.600 millones de dólares, hasta la fecha, de los 6.700 comprometidos. La sinrazón hay que buscarla en " los apuros económicos de muchos países ricos que han recortado sus fondos para la ayuda alimentaría".
Mantenerse fríos cuando millones de personas, a unas horas de distancia en avión, se mueren –literalmente- de hambruna es sencillamente inhumano. Ayudar cuanto se pueda es la primera obligación. Pero en muchas ocasiones de buenas intenciones está empedrado el infierno. Creo que las ONG,s, que se dedican a erradicar la pobreza del mundo, tienen buenas intenciones y ya por ello tienen mi respeto y agradecimiento, pero a veces las recetas trufadas de paternalismo producen nefastas consecuencias, precisamente contra aquellos grupos de personas que se pretende ayudar.
El atolondramiento mental y espiritual que abruma a la obesa sociedad occidental, la hace olvidar que las personas llegan al mundo desnudas, inermes, en estado de extrema necesidad y dependencia. El ser humano a lo largo de miles y miles de años, desde que el hombre aparece en la tierra, su condición natural ha sido de extrema pobreza, hambre y miseria. Solo en el último medio siglo se han dado las condiciones económicas de desarrollo global y parece que es posible erradicar la hambruna del planeta. ¿Entonces por qué asciende el número de hambrientos? ¿Se debe a un sistema económico esencialmente injusto?
Las ONG’s que lideran la lucha contra la pobreza en el mundo están imbuidas de la manida “mentalidad progresista” y prescinden y a veces desprecian totalmente de las condiciones inherentes al desarrollo sostenible a largo plazo, que es el que de verdad acaba con la pobreza, porque crea riqueza.
La primera condición para que no haya hambrunas en el mundo es que se respete la propiedad privada, que la seguridad jurídica sea cuasi sagrada; la garantía de la propiedad lleva aparejada, como corolario, la libertad de movimientos de personas, capitales y mercancías. Esta es una conditio sine qua non es imposible el desarrollo sostenible a largo plazo, pues sin seguridad jurídica no hay propiedad privada, sin ella es imposible la asociación para la división del trabajo, el intercambio y la posterior acumulación de capital, y por ende es impensable la prosperidad, el progreso material y la erradicación de la pobreza.
Veamos un ejemplo que entra por los ojos y que habitualmente se habla muy poco, creo que de forma interesada. El estudio se debe a JR Rallo. Zimbabwe y Botswana son dos países limítrofes del África profunda, en 1980 tenían un nivel de renta similar. Sin embargo entre 1995 y 2006, Zimbabwe sufre un constante decrecimiento en su renta per capita. La causa hay que buscarla en la nacionalización de todas las granjas, lo que impide la producción de alimentos, causando una terrible hambruna en más de la mitad de la población. El Índice de Libertad Económica (termómetro objetivo que mide la libertad de la economía) de Zimbabwe cae, a casi la mitad, a 34. Por el contrario en Botswana, desde 1995 su Índice de Libertad Económica ha crecido hasta el 70,3 en 2006, parecido a los países desarrollados; su renta per cápita se ha más que duplicado, 11.561 dólares, con tasas de crecimiento anual media del 8,3%. El problema que tiene Botswana, no es el hambre, que apenas existe, sino la avalancha de negros hambrientos que huyen del paraíso socialista de Mugabe.
Sin embargo la realidad sigue ahí: en el año 2000 había 857 millones de hambrientos en el mundo, nueve años después en el 2009 hay 1.002 millones, casi 150 millones de personas casi todos con cara negra y ojos grandes que imploran un pedazo de pan que los occidentales echamos a millones y millones de perros. A caso no habrá autoridad en la ONU que ponga de acuerdo a la mayoría de países desarrollados para que las condiciones de desarrollo se den y las ayudas contra el hambre no salgan de los pobres de los países ricos para que lleguen a los ricos de los países pobres.
Los pobres de hambre cada vez son, tanto en términos relativos como absolutos, del África subsahariana. En Asia, cuando el fervor comunista ha dado paso -con fórceps- al capitalismo sin reglas, el hambre ha pasado del 40% de la población al 15%, doblándose la población.
El problema es la falta de libertad. La clave para erradicar la pobreza radica en la libertad. Cuanto menos libertad más miseria; nada de libertad: hambruna; gran libertad durante mucho tiempo: mucha riqueza. Cuanto más voluntarismo ciego sin extirpar el problema de la ausencia de libertad y seguridad jurídica de la propiedad y libertad de movimientos de personas, capitales y mercancías: repartir miseria, en el fondo pan para hoy y más hambre para mañana.
Ya sé que el que tiene hambre “hoy y ahora”, no le puedes venir con teorías sobre más libertad, ya sabemos primum vivere y después filosofar. Pero digo y mantengo, que además de los esfuerzos para erradicar el “hoy y ahora” del hambre, esas agencias y ONG’s pertenecientes a la ONU, como Programa Mundial de Alimentos (PAM), además de…, si en lugar tener alergia a la libertad económica pusieran la misma la carne en el asador en impulsar y explicar al mundo el caso de Botswana, en lugar de primero apoyar a Mugabe porque era progresista, para después correr un tupido velo y apenas se sepa el genocidio hambruno que está cometiendo.
Es preciso continuar con las ayudas, pero más urgente, si cabe es acabar con la hipocresía occidental de primar con subvenciones los productos agrícolas, que sin duda serían exportados y supondrían un principio de acumulación de capital y una fuente de desarrollo perdurable. Además de acabar con las subvenciones y aranceles sangrantes en los países ricos es imprescindible la inversión de occidente en África, para ello se tiene que obligar a los gobiernos africanos a crear las condiciones de libertad señaladas para que la deslocalización de empresas del primer mundo se repartan entre China, India y África.
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Juan M. Delafuente
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