Corpus Christi en Toledo
15.06.09 @ 22:34:01. Archivado en RELIGIÓN-ÉTICA
Hora exacta de Dios en la blancura
del nardo y de la rosa, en la mañana;
se adelgaza en sonidos la campana;
es el aire tapiz y colgadura.
El incienso se mece en la espesura
que perfila la calle toledana,
con gozo de clavel en la ventana
y con palio de toldos por la altura.
La Custodia se acerca sostenida
por nostalgia de nube o de palmera;
oro y luz en sus torres verticales.
Y se postra ante Dios, estremecida,
la piedad y la fe de España entera,
bajo el peso de glorias imperiales.
Don Clemente Palencia (q. e. p. d.) autor del soneto, insigne profesor de literatura afincado en Toledo. El Corpus toledano es poesía de Don Clemente, es misterio, es locura, ¡es Dios paseando por la calle! Es el triunfo de la Virtud frente al pecado que fue motivo de escarnio popular con La Tarasca, como símbolo, que junto con los personajes singulares Los Gigantones, comienza el espectáculo de la fiesta; como dice la canción popular toledana: Los Gigantones, madre,/ el día del Señor, / como estaban borrachos/ no fueron al sermón. El Corpus es el triunfo de la ortodoxia frente a la herejía anglicana -y en general protestante- de Ana Bolena, segunda mujer de Enrique VIII de Inglaterra, desposado con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, que hace cabriolas encima de La Tarasca. Religión y fiesta, sacro y profano se unen en el Corpus como una sola cosa.
Metidos en Procesión, olor, color, bullicio expectante; bajo palio de toldos y calles alfombradas de tomillo, romero y cantueso; abre el cortejo el Pertiguero portador de la Vara de plata, adornado con su peluca blanca y agremanes de oro, detrás del piquete de la Guardia Civil con su tricornio negro y oro, con casaca roja y azul; y después los Timbaleros y clarines; a continuación la Cruz y Manga catedralicia, regalo de Alfonso V El Africano y flanqueada por dos hermosos ciriales de plata blanca de 165 centímetros.
El Corpus toledano es el mejor símbolo de la esencia de la religión cristiana, el misticismo de la eucaristía que es en definitiva el Dios cristiano que pasea por las calles de Toledo con lo mejor que se tiene. Se le ofrecen las mejores galas, “el mejor cordero”; se procesiona a Dios dentro de la custodia de Arfe, “alhaja monumental”: Custodia de Isabel la Católica, labrada por orfebres de Barcelona, de 17 kilos de oro puro –es la Custodia dentro de la Custodia de Arfe-, a la muerte de la Reina, el Cardenal Cisneros a través del Cabildo cardenalicio la adquirió por la imponente cifra de entonces, de 1.034.810 maravedises, pero al ascético Cardenal le pareció poco esta excelsa joya para procesionar a Jesús sacramentado e hicieron un concurso al que concurrieron los mejores orfebres del mundo: Copín de Holanda, Juan de Borgoña, Enrique de Arfe… Tardó más de ocho años y empleó 183 kilos de plata, dorada posteriormente, pedrería, esmaltes, oro y diseño que se eleva al cielo desde el trono más majestuoso de la Cristiandad. Esto era posible con fe, arquitectos y dinero; y es que: “Solamente la Humildad/ merecen tan alto bien…” (Calderón de la Barca)
El cortejo procesional continúa saliendo de la Puerta Llana y el Pertiguero se para en las cuatro calles (que son cinco, claro y es que en Toledo es ya tradición este tipo de paradojas, así en el Barrio de Santa Teresa se levanta la parroquia de San Ildefonso y en el Buenavista la de Santa Teresa), donde se colocaba Don Benito Pérez Galdós para contemplar el cortejo y “el ruido de las campanas no paran de tocar; las picas, las partesanas que relucen al pasar. Y tan confuso clamor, y tanto brillo de traje, tanto cortejo de pajes, y tanta luz y color”. Y “la multitud tan espesa, el sol, tan vivo y ardiente; el rumor de tanta gente, y el tambor que no cesa.”
La procesión ha llegado a Zocodover y la Custodia en el Arco de la Sangre como si fuera retablo, y sentimos lo mismo que sintió el poeta José García Nieto y que lo plasmó en un ardiente soneto:
Allí estaba el Señor. La calle era
la residencia que Él glorificaba.
¿Qué hora puntual de Dios iba en mi pecho
creciéndome la fe entre campanadas?
¿Qué silencio del mundo quieto en torno?
¿Qué acogimiento en lo que contemplaba…?
Pasaba Dios; pasaba el árbol mágico
de la casa de Dios. Dentro, Él estaba.
A mí me conmueve verla aparecer por la calle Alfileritos, donde le gustaba contemplarla a D. Gregorio Marañón; el alma se inunda de agradecimientos al palpar la belleza plástica del cortejo…
El cansancio hacen mella en el espíritu pero al llegar a Arco Palacio, y ver la grandiosidad de los tapices flamencos colgando de la Catedral y escuchar a el pueblo cantando el cántico del doctor Angélico: “Pange, lingua, gloriosi Corporis mysterium...” (“Canta, lengua, el misterio del Cuerpo glorioso y de la Sangre preciosa que el Rey de las naciones, fruto de un vientre generoso, derramó como rescate del mundo” o proclamando el “Tantum ergo Sacramentum veneremur cernui...”. (“Adoremos el Sacramento que el Padre nos dio…”), el alma se vuelve a inundar de agradecimiento por el privilegio inmerecido de nacer vivir y morir en el seno de tan profundas y amables creencias, que hacen la vida agradable y llena de paz y de perdón. Este es el sentido de la religión cristiana, la religión del Amor y el Perdón.
La parafernalia de toldos, tomillo, reposteros, pendones, mantones, trajes, galas, joyas excelsas, el tañer de las campanas, las salvas, los compases de las bandas de música, los cantos rezados, las Cofradías, las Hermandades, los Caballeros, Infanzones, Corporaciones, Diputaciones, Comunidades, Universidad, etc., etc., tiene un único sentido, que al menos una sola alma adore al Dios escondido en el pan eucarístico, porque la religión sale a la calle manifestándose por amor y contra nadie.
El Corpus tiene el sentido místico que tiene la religión en la historia de los pueblos, tratar de ocultarla encerrándola en las sacristías y en los cenáculos cuasi-clandestinos es no entender las ansias de trascendencia del hombre y de la necesidad de unir lo lúdico con lo sacro, la iglesia así lo ha comprendido desde sus orígenes, atrayendo e incorporando las nobles tradiciones y desterrando las abominables, amoldándolas a la liturgia a cada lugar. La procesión del Corpus en Toledo, por su trascendencia en nuestra ciudad, debe conservar su esencia y de ninguna manera despojarla de su carácter de Misterio religioso y al mismo tiempo seguir profundizando en la forma de manifestarse.
Para terminar quiero transcribir una ingenua, preciosa y poética cancioncilla del Padre Celada, un canónigo jubilado de la Catedral:
"...En el Corpus toledano
La fiesta se hace oración,
Que el Señor de los señores
Va a salir en procesión.
Que se coloquen los toldos
Para que no queme el sol
Y que adornen los tapices
El templo en su alrededor,
Que el Señor de los señores
Va a salir en procesión".
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Juan M. Delafuente
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