Solzhenitsyn: bofetada a la progresía
09.08.08 @ 11:20:54. Archivado en RELIGIÓN-ÉTICA
En marzo de 1976, el premio Nóbel Alexandr Solzhenitsyn, vino a Madrid y asistió al programa Directísimo de José María Iñigo, sus declaraciones fueron tan polémicas que llenaron las portadas de casi todos los periódicos, la entrevista fue emitida en más de cuarenta canales de todo el mundo. ABC no fue una excepción, también le dedicó la portada y aseguraba:"...puede decirse que Solzhenitsyn pronunció una conferencia, más que brindarse a una entrevista periodística…" Comparó la esclavitud a la que estaban sometidos los soviéticos con la libertad de los españoles durante la Dictadura franquista.
La progresía hispana especialmente, pero también los que teníamos una visión centrada de la vida pública, entonces nos encontrábamos profundamente contaminados del pensamiento único, totalitario y marxistoide; era el pensamiento predominante de la Universidad, de los medios de comunicación, de la cultura, etc. Recordemos las declaraciones del premio Nóbel en el programa de Iñigo: "Los españoles son absolutamente libres para residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier lugar de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo en nuestro país. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska (registro policial). Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme a tal o cual población (...) Los españoles pueden salir libremente de su país para ir al extranjero (...) En nuestro país estamos como encarcelados. Paseando por Madrid y otras ciudades (...) más de una docena, he podido ver en los kioscos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros se verían inmediatamente docenas y docenas de manos tendidas y luchando por procurárselos (...) También he observado que en España uno puede utilizar libremente las fotocopiadoras (...) Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así en nuestro país", etcétera.
A muy pocos nos parecieron bien estas declaraciones, ni siquiera a ABC, sobre todo por el momento de transición política en el que se encontraba España. Pero la progresía hispana la más radical del continente, se levantó en cólera como Fuentevejuna, el ejemplo más claro y furibundo fue lo que evacuó por su pluma Juan Benet, tremendo: “Todo esto, ¿por qué? ¿Porque ha escrito cuatro novelas, las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nóbel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne –y buen partido ha sacado de ello– los horrores del campo de concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Soljenitsyn, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsyn no puedan salir de ellos. Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas –cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo– busquen la manera de librarse de semejante peste”. (Cuadernos para el diálogo, 27 de marzo de 1976).
Recuérdese que Cuadernos era la revista de referencia de la intelectualidad en aquella época. Pero no crean que J. Benet se arrepintió y rectificó, nada de eso, en una entrevista en El País dijo: “Me ratifico absolutamente, no sólo me ratifico en lo dicho, sino que, a la vista de las reacciones, creo que fui tímido”. A cada uno lo suyo. Esta era la intelectualidad hispana y desde luego éste era uno de los más inteligentes, aunque desde luego soberbio y engreído; en general como toda aquella progresía que se formó en la Universidad española en aquellas décadas; tenían su verdad y querían imponerla, todo el que se opusiera era un enemigo mortal, porque el fin lo justificaba todo, Solzhenitsin era ya el acabóse, comparar su verdad con la mentira franquista era ya el colmo; y el remate final es querer comparar la patria del proletariado con la cutre dictadura franquista.
Y es que “hace treinta años, en Madrid, era intelectualmente peligroso denunciar el Gulag.” Así lo denuncia un periodista que sufrió en sus propias carnes las invectivas de la progresía. A raíz de la venida de Solzhenitsyn a España me leí Archipiélago Gulag y Un día en la vida de Iván Denísovich, la primera novela me pareció un tostón pero la segunda más corta, ligera y mejor editada, me impresionó y me la leí de un tirón. Me solidaricé con él, me parecía un personaje entrañable y digno de admirar. Ante el hecho de cumplir una condena injusta y absurda; con hambre y malos tratos, con frío siberiano, con horas y más horas de trabajos forzados; cabían dos posturas o sobrevivir a todo costa como un animal perdiendo todo atisbo de dignidad o sobrevivir con heroísmo y dignidad, eligió la segunda, por eso no lamía el plato como un perro y sí se quitaba el gorro.
Desde entonces cuando alguien atacaba a Solzhenitsyn quedaba retratado ante mí. Cuando Triunfo, revista de gran tirada, denunciaba el “escándalo” de la “operación Solzhenitsyn”, tachando la disertación de fanática y apasionada. El señor Solzhenitsyn llega con retraso de una guerra fría, y la Televisión Española, de una guerra civil renovada”. O por ejemplo cuando arreciaban los insultos, sin ningún recato del semanario izquierdista Personas: “Solzhenitsyn es un paranoico clínicamente puro. La voz del viejo patriarca zarista penetró en los campos y ciudades españolas como un viento glacial. Fue una vergüenza”. Todos estos intelectuales, ya mayores, que como es lógico casi todos militan en el PSOE y los menos en IU, son los que ideológicamente siguen anclados –excepto honrosas excepciones, que son de agradecer- en el pasado aunque lo pinten de memoria histórica, de laicismo decimonónico, de antiglobalización, de ecologismo, etc. Son los mismos que de no haber caído el muro de Berlín reivindicarían los postulados marxistas íntegros.
Es curioso que Alexandr Solzhenitsin haya fallecido en su casa de Moscú a los 89 años, entre el respeto y el reconocimiento del pueblo ruso, que como muestra de condolencia depositaban ofrendas florales en la puerta azul de su casa; antes fue rehabilitado y condecorado por el Kremlin durante el mandato del ex presidente Vladimir Putin y actual Premier, quien aseguró: la muerte del novelista es «una dura pérdida para toda Rusia»; también el presidente ruso, Dimitri Medvédev, presentó sus condolencias a la familia: «uno de los mayores pensadores, escritores y humanistas del siglo XX»; y hasta el mismo Gorbachov. Fue enterrado en el monasterio medieval de Donskoi, en la capital moscovita, como pidió expresamente en su testamento. Respeto y agradecimiento en los países que han padecido la bota de la tiranía más atroz y sistemática; frialdad y desprecio entre los que han visto caer el muro de Berlín, porque en sus mentes –como dijo J. F. Revel- siguen cerradas, sin derribar el muro, son los mismos que justifican a Fidel Castro y a su hermano Raúl, los que son muy comprensivos con Evo, Chávez, Correa…, y son incluso incapaces de condenar al régimen Chino en unas Olimpiadas.
Es verdad que Solzhenitsin ha muerto como un gran hombre y con el reconocimiento del pueblo ruso, pero aunque Juan Benet, el funcionario del MOPU, también está muerto hace quince años, tiene el reconocimiento de una parte de la progresía más o menos intelectual, no tanto por su obra, sino por su ideología, por su rencor al franquismo que fusiló a su padre, por su radicalidad ideológica. Les cuesta evolucionar, quizás la mejor forma sería pagándoles un viaje al año al extranjero, como a los del Inserso, es una vacuna contra nacionalismos excluyentes e ideologías trasnochadas, como le ha ocurrido al excelso Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior, Javier Solana, quien aseveró que a Solzhenitsin se le recordará «como un autor que contribuyó al cambio del curso de historia» y por ello se encontraba «enormemente entristecido» por su muerte, es «el escritor más excepcional». D. Javier, mejor imposible. Sin duda si Vd., hubiera sido ZP no hubiera cometido tantos crasos errores, pero este deseo de F. González es otro asunto.
Comentarios:
No puedo hablar mucho de Sol´zenicyn -me niego a escribirlo con ortografía calongiana- pues no he leído su obra, aunque sí sé algo de su papel político.
Lo que sí quiero comentar es lo que ha dicho el autor al principio del segundo párrafo. Y es que algunos nunca nos contagiamos de ese totalitarismo marxista y estamos un poco hartos de que los que sí se contagiaron hayan pasado de un extremo al otro.(No digo que sea su caso, simplemente que es una actitud que la veo con mucha frecuencia.)
Por lo demás, los últimos acontecimientos demuestran qué poco ha cambiado Rusia de treinta años a esta parte.
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Juan M. Delafuente
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