41. Reflexiones sobre el arte moderno
12.05.07 @ 13:19:07. Archivado en ARTE
Recientemente contemplamos en El Prado la exposición temporal de Tintoretto, y también visitamos en el Museo Nacional de Arte Reina Sofía otras tantas exposiciones temporales: Lo(s) Cinético(s), Darío Villalba, Alberto Peral, Wolfgang Laib, etc. Doy por supuesto, que no soy un crítico de arte, y me acerco a estos temas con la humildad que requiere la materia, pero me gusta el arte, contemplarlo, leer, y por tanto puedo opinar y escribir. Las reflexiones valdrán en la medida de su coherencia y profundidad.
Cuando miramos la obra de Tintoretto o la de Murillo (ambas exposiciones se pueden visitar en El Prado) el deleite espiritual ante la contemplación de la belleza, te llena de emoción, te eleva, te sobrecoge de impresión. La contemplación pausada no cansa, subyuga el espíritu y lo sublima. Es decir la observación de la belleza en el arte te ayuda a inundarte de emoción y en definitiva de felicidad. No importa que una persona sea calculadora y fría, ¿quién no ha sentido alguna vez emoción ante un buen cuadro, ante una obra de arte? La emoción no precisa definición, se siente la impresión cuando te toca, otra cosa distinta es explicar conceptos como belleza, arte, estilos…, que la producen.
También visitamos el Museo Nacional de Arte Reina Sofía, al que primero se le agregaron los ascensores transparentes exteriores y ahora el adosado y espectacular edificio de J. Nouvel. Miramos sorprendidos, ávidos por entender, por sentir, las obras de Lo(s) Cinético(s), yo escudriñaba mi mente y sentidos tratando de ver lo que había leído: se trata de “introducir el movimiento como elemento plástico, ya sea de forma real por medios mecánicos y eléctricos, o de forma virtual, a través de técnicas ópticas,… El movimiento, la velocidad como referencia de la modernidad y la máquina como símbolo del progreso tecnológico…”, la única impresión que saqué fue la desolación ante la nada, ante la ocurrencia,… no logré “transitar por una gran diversidad de medios, desde el dibujo, la fotografía o la escultura, hasta la instalación y el vídeo, para proponer un emocionante encuentro poético entre la belleza de las formas más simples y esenciales y el poder simbólico que contienen”, como asegura el entendido crítico, sinceramente a mí la excentricidad no me transportó a ningún sitio; hastío, cansancio, desolación, pesimismo o tristeza eran los únicos sentimientos que se me venían a la cabeza por la deshumanización tan esterilizante del anti-arte posmoderno.
Darío Villalba, otro de los artistas que exponía su obra declara que: “En mi obra la pintura es fotografía y la fotografía es pintura”. Las fotografías “encontradas en archivos o revistas” las llena de brochazos, de fragmentos, busaca el desencuadre, barniza, “descontextualiza las fotografías utilizándolas como fuente iconográfica”. Sin comentarios.
El vizcaíno Alberto Peral es presentado como uno de los protagonistas de la renovación plástica española en estos inicios del siglo XXI. “Las formas ovoides como símbolo germinal, la circularidad, la rotación, el eje cielo-tierra, la luz y el color, son los elementos fundamentales con los que construye una sutil poética del universo, del sentido del espacio-tiempo, que despliega en múltiples direcciones…”, todo ello con filmaciones de sardanas, danzas tradiciones, música. Ni la simbología germinal, ni la sutil poesía del espacio-tiempo, ni la circularidad de la sardana lograron que sintiera la emoción de contemplar La última Cena de Tintoretto –traída de la iglesia de San Marcuola de Venecia; o la fuerza, color y belleza de las pinturas mitológicas del artista veneciano: Venus, Vulcano y Marte, del Alte Pinakothek de Munich; o el Origen de la Vía Láctea, de la National Gallery de Londres.
Por último en la obra del médico alemán Wolfgang Laib se encuentran “materiales naturales como la cera de abeja, la leche, el polen y el arroz para suscitar un encuentro entre arte, naturaleza y espiritualidad”. “Sus obras son concebidas como un ritual, un proceso íntegro conectado a un orden cósmico, a la mística de la naturaleza que han desarrollado diferentes culturas y religiones. Siguen un proceso cíclico en el que se trata de preservar un sentido de pureza conectada al orden natural.” Sigue diciendo el crítico que “las obras de Laib tienen cualidades perdurables y eternas. Aluden a la trascendencia y belleza de las cosas que son a la vez sencillas y esenciales para la vida diaria. La influencia de la filosofía y la religión orientales es evidente,…” Ante estos comentarios, es por lo hablo de humildad ante la contemplación de la obra de estos autores, porque mi falta de sensibilidad no alcanza a ver ni la pureza, ni la perdurabilidad, ni por supuesto la belleza.
No aprecio ninguna intencionalidad de los autores por plasmar la belleza, es más, considero que ni se han planteado la necesidad de transmitir la belleza. Este arte como mucho del arte moderno, representa la nada, el vacío, el no ser, la deshumanización, en definitiva es la confusión del anti-arte.
El arte plasmado a lo largo de los siglos ha sido la dialéctica de los diferentes estilos, tenía una finalidad última la felicidad humana a través de la contemplación de la belleza. A finales del XIX con la llegada del Impresionismo continúa con la dialéctica de los estilos, es en el siglo XX cuando comienza la gran revolución del arte con el Cubismo (un poco antes el Fauvismo ya lo había hecho con el color). A partir del Cubismo el arte, desde Grecia hasta los albores del siglo XX, hace aguas por doquier, se descuartiza como las figuras cubistas, porque pierden la identidad, aunque conservan una cierta unidad en la forma y la figura. Pero llegado a este punto por qué conservar la forma, la figura, la unidad, lleguemos a libertad total: ahí está la Abstracción. El arte pierde su significado, su unidad, la figura se deshumaniza por completo. Los distintos estilos posteriores son más de lo mismo: el Dadaísmo como visión del absurdo de la guerra, el arte se llena de objetos desechados; el Expresionismo distorsiona y deforma con colores estridentes la angustia en la que el hombre se encuentra subsumido; con el Surrealismo termina la huida a ninguna parte de la humanidad perdida, con la locura paranoica surrealista se consuma la revolución del arte.
El Arte es un reflejo del pensamiento filosófico, las ansias de libertad absoluta y de igualdad radical reflejadas en las revoluciones europeas y americana de los dos últimos siglos, quedan reflejadas en la evolución del arte. La pintura se revela contra el materialismo y positivismo filosóficos, (la única realidad es lo que se toca, lo que se palpa, fuera de lo material no existe nada, lo económico es determinante para configurar la superestructura de lo social, diría Marx, en un paso más de lo andado por Hegel), contra esta cosmovisión reacciona el Arte, contra el realismo sin alma aparece el impresionismo con trazos, pinceladas deshilachadas e impresiones de la luz y la naturaleza en movimiento. Aparecen el Cubismo de Pablo R. Picasso y el fundador de la Abstracción Wassily Kandisky son los artistas más revolucionarios del arte, reflejos de su atormentado tiempo.
El arte impresionista, el Cubismo de Picasso, la Abastacción de Kandiski, no tienen nada que ver con el arte expuesto en el Museo Reina Sofia de los autores aludidos. Es más, el Cubismo de Picasso escandalizaría a algunos impresionistas como Matisse, llegó a mofarse abiertamente del cuadro Las Señoritas de Aviñon. Picasso busca la libertad sin importante la forma ni la figura, auque conserve la unidad de la obra, sin embargo Kandiski pretende lo espiritual sin liturgias, ambos estilos sabiendo del cambio radical, transmiten fuerza, originalidad, su cromatismo atrevido cautiva. Por desgracia no pude sentir nada de esto con los cinéticos y compañía, pues dichas obras se basan en lo anormal, en lo estrambótico, en el absurdo. Es verdad que lo absurdo y estrambótico coexisten en un mundo de realidades, pero esa deriva del arte a mi no me produce placer, no me causa emoción, solo siento pena y compasión. Prefiero contemplar las pinturas de Tintoretto y de Murillo que me insuflan belleza y me reconcilian a la desesperación del nihilismo convertido en arte.
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Juan M. Delafuente
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