Ustedes dirán que cada vez que se produce un atentado o un hecho relevante en relación a ETA me falta el tiempo para hacer mi propio discurso. Y tienen razón. Hoy les contaré el por qué.
Tenía yo quince años cuando una bomba colocada por Mercedes Galdós, terrorista excarcelada que vive actualmente en la localidad guipuzcoana de Itxaso tras haber cumplido 20 años de cárcel por alrededor de una docena larga de crímenes, destrozó a un amigo íntimo de cuadrilla. Ese día, con el idealismo de la adolescencia casi recién estrenado, juré hacer lo posible por combatir pacíficamente a los asesinos de Alfredo, que así se llamaba mi amigo. Como en la vida uno no vale más que lo que vale su palabra, aquí estoy, dos décadas después, escribiendo para cumplir mi promesa e intentar que usted, amable lector, en su día, cuando se sienta preparado, haga en la medida de lo posible lo propio; Escriba, aunque se un pequeño comentario en un post, o acuda a una manifestación de repulsa, o hable a sus hijos y familia de la sinrazón de estos asesinatos, si es que ya no lo lleva haciendo largo tiempo.
Tras esta pequeña introducción y no sin mandar un mensaje de cariño total a la familia de Don Ignacio Uría, quiero pasar a hacer unas reflexiones sobre el momento de la lucha antiterrorista y en homenaje al difunto.
No conocí a Don Ignacio. No tuve esa suerte y ya no la tendré nunca. Pero conozco a los vascos hechos a sí mismos, los que cierran tratos importantes con un apretón de manos en la confianza de que su palabra vale más que una firma en un notario, los que trabajan desde el amanecer hasta ya bien anochecido, desde la juventud hasta estar ya muy próximos a la plenitud de la vejez. Estos son los vascos que yo he conocido desde niño, en mis largas estancias en su tierra. Hombres de moral intachable y valor incluso temerario, ya sea para emigrar al otro lado del océano a buscar fortuna en el pastoreo, o para luchar como nadie en la extrema dureza de la mar desde hace siglos, para navegar por los cinco continentes, o para vivir en tu propia tierra, dando trabajo a trescientas familias, muchas de tu pueblo, sin llevar escolta a pesar de intuir que se está amenazado, a pesar de haberse negado a pagar el impuesto del terror.
Don Ignacio, permítame que le dé las gracias. Gracias por recordarme la valía, el talento y la bondad de los verdaderos vascos a margen de su ideología y posición, hombres admirables que nada tienen que ver con esa minoría violenta, cainita y mal encarada que ahora se arroga el marchamo de vasquidad. Gracias por vivir sin miedo y seguir haciendo aquello en lo que se cree y se piensa por encima de las consecuencias, negándose a cambiar de pensamiento ante las dificultades. Gracias por negarse a que con su dinero se compre la bala que reviente mi cabeza, nuestras cabezas, las de toda la sociedad, aún a riesgo de que sea la suya la que estalle, como desgraciadamente ha ocurrido. Gracias por el ejemplo de tener una familia amplia, de enseñarnos a cobijar a los hijos bajo los brazos protectores de la familia, de dar trabajo a los de casa, a los del pueblo, aún sabiendo que tal vez alguno pueda apoyar a quienes justifican la violencia.
Sé que nada de esto le vale ya, pero yo siempre he pensado que hay que distinguir a las buenas de las malas personas, a los verdugos de las víctimas. Si usted por hacer lo que hizo se ha convertido en objetivo de ETA nadie de su familia debe bajar la cabeza, deben estar sumamente orgullosos de tener un padre, un marido, un abuelo como usted. Se que ahora, en estos momentos, eso no les servirá de ningún consuelo sumidos en el terrible dolor de las primeras horas. Sé que después les costará entenderlo, sumidos en la soledad ritual que siempre acompaña a la vorágine. Pero la historia de los hombres y de sus tierras se mide en lapsos de tiempo más amplios. Y nadie podrá, sea familiar o amigo suyo, o sea como yo, un simple hombre sencillo, no sentir, en unos años, al oír su nombre, dolor por su muerte y admiración por la integridad suprema que le hizo que los mal nacidos decidieran acabar con su vida.
Descanse en paz.
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En los primeros parrafos de su escrito nos hace ver ud.lo que muchos como yo pensamos de estos asesinatos, les es fácil matar, primero por su entorno que los acoje y proteje, segundo en España sale muy barato matar, personas con varios crimenes a sus espaldas los saldan con 20 añitos y luego a vivir con la satisfaccion del trabajo hecho.
Estoy mas que segura que hay muchos vascos como los que ud. describe, que quitando la lacra de eta se podría cambiar por gallegos, asturianos cántabros, andaluces, en fin todo aquel que tenga mar, a los castellanos machegos les sería difícil salir a pescar, por lo demás nada nuevo en todos sitios hay gente muy trabajadora y muy decente, pero con la suerte que al no haber apoyado y aupado en su momento a una banda de asesinos ahora suelen padecerlos menos, tampoco es que estén libres, pues sabemos que exportan sus asesinatos.
En fin,paz a los restos de este señor que estoy segura era un gran persona aun viviendo entre asesinos.
Saludo...
Miércoles, 30 de mayo
Vicente Torres
Juan Fernandez Krohn
Vicente A. C. M.
Antonio Cabrera
Manuel Molares do Val
Francisco Rubiales
Pedro Fernández Barbadillo
Raúl González Zorrilla
Rufino Soriano Tena
Miguel Barrachina
Julio César Izquierdo
José Pómez