
¿Francisco por qué? La pregunta que se habrán hecho millones y millones de católicos y no católicos en el mundo entero tras la elección del nuevo pontífice, como se la hicieron sin duda ante otro nombre pontificio innovador, el de Juan Pablo (II) Porque sea cual sea la causa o motivo de un nombre tan insólito, inédito en la tradición pontificia católico-romana está claro que no cabían dudas, desde antes de la aparición de la fumata blanca y se diría que desde antes de la convocatoria del conclave y sin duda también desde el momento mismo de la dimisión del papa Benedicto, de cual debía ser el nombre del nuevo papa. (Hasta el punto que las malas lenguas cuentan que en el espacio de unos minutos apenas, se sucedieron en un baile de pontifices, dos "Franciscos I" para una sola plaza, como lo prueba el mensaje difundido por el secretario de la conferencia episcopal italiana minutos antes de la proclamacion del nuevo pontifice. La radio belga francófona noticiaban esta mañana temprano la primera conferencia de prensa del nuevo papa ítalo/argentino donde habrá recalcado como lo había hecho ya anteriormente tras su elección su preferencia (u opción) de "una iglesia pobre, y de los pobres". Punto. Y como el viejo carlista aquél que atrancaba la puerta (sin duda injustificadamente) tras oir la palabra de libertad (o de liberté), al oír tales propósitos -de pobreza- yo también echo de inmediato el freno de mano. ¿Una vuelta a la (vieja y rancia) teología de la opcion/preferencial de los pobres -o de la liberación- treinta años después? Se diría así, sí, a primera vista, aunque las cosas bien miradas y remiradas, tal vez que el análisis no sea tan simple como eso. El nuevo papa, un hombre afable y campechano en la imagen que de él se presenta en los medios, que coge -que "toma" (que me diga), como por allí dicen- el metro o el autobús, y saca o da conservación a todo el mundo, no tiene así visto de entrada nada (absolutamente) que ver con "la movida" (del diablo) aquella -y digo lo "del diablo" citándole en una de sus declaraciones mas conocidas referente al matrimonio de homosexuales (que tanto el escándalo levantaría) Fruto (envenenado) de la crisis financiera, se me antoja más bien, esa elección onomástica decidida de antemano.

La prensa extranjera de hoy a la venta aquí en Bruselas prefiere dar cobertura, en lo que a la actualidad española se refiere, a la detención de una pareja de etarras en Francia, mas que a la manifestación de indignados del sábado delante del Congreso de Diputados. Dos excepciones (y sin duda otras más) se destacan en el pase de revista que me impongo casi a diario antes de escoger el tema (principal) de inspiración de mi crónica del día, y son las del diario francés de izquierdas Libération, y la del diario mas influyente en lengua alemana, la Frankfurter Allgemein -en femenino como lo nombran los alemanes- que publican ambos fotos de la manifestación delante del Congreso de las que sobresale su carácter pacifico -de niños/buenos, como dicen los franceses- y también las banderas republicanas, escasas y mas emblemática y propagandisticas si cabe no obstante que si se tratase de un mar flotante, una de ellas con el escudo constitucional lo que así a primera vista parece una contradicción "in terminis" Y la glosa que se merecen, así de paso, de prisa y corriendo sobre la marcha, es que la amenaza inminente -de explosión de la violencia callejera- se aleja (o lo parece), el desafío institucional sigue su marcha entretanto. Porque la fuerza de impacto en la opinión publica y en los medios de la movida indignada desde sus orígenes se la daría sobre todo la importancia y magnitud de las dos instituciones a las que su reto (magno) parece en primera instancia destinado, saber, la Zarzuela -quiero decir la Corona, la institución monárquica y con ella la persona (y personas) que la encarnan, simbolizan o representan- y por detrás de la Zarzuela otra institución más ubicua y mas inalcanzable en teoría (y también en la practica) y me refiero a la Iglesia Católica.

Querido Blas, por la prensa me entero de la publicación de tu libro (de más de trescientas paginas) sobre la Iglesia y la guerra (civil) española del 36, del que me he leído impaciente los comentarios que le han sido dedicados ya en Internet y que me mueve a dirigirte esta carta abierta. Hace muchos años que hablamos por la útima vez, Blas. Te habré visto alguna vez en publico después, pero fue en tu domiclio de Puerta Hierro junto al Pardo, no lejos de la que fue la residencia oficial del Caudillo, donde me recibiste generosamente -y valientemente- por vuelta de 1993, en uno de mis fugaces viajes a España residiendo yo ya en Bélgica. Recuerdo que me brindaste cordial bienvenida con un ejemplar de la biblia de par en par encima de la mesa a donde fuimos a sentarnos en el patio o en el jardín de tu casa. Como si hubieras estado preparando previamente nuestro encuentro, así me lo pareció al menos, porque uno de los primeros temas que abordamos fue aquel pasaje bíblico (canónico) que el concilio vaticano segundo (Gaudium et Spes) no dejaría de explotar o interpretar a su manera, sobre los signos de los tiempos. Y sin duda que discutimos sobre todo entonces -aunque no lo recuerdo bien-, y amistosamente por cierto, sobre las interpretaciones tan contradictorias que la expresión se merecería a lo largo de la historia de la iglesia y del cristianismo hasta el punto que se la puede considerar una de las principales fuentes de contradicción que encerrarían los textos (oficiales) del concilio vaticano segundo. Porque está claro para mi, Blas, y sin duda estará de acuerdo conmigo que ese pasaje biblico (canónico) de los signos de los tiempos fue la cortada perfectamente a punto de la que se sirvió el sector de la iglesia que juzgó oportuno y conveniente (y evangélico) desengancharse del régimen de Franco. Corrían vientos contrarios en el mundo, teatro entonces de un fenómeno de travestimiento de la guerra fría entre los bloques que siguió a la segunda guerra mundial, en una ofensiva de guerra psicológica a cargo de los regímenes comunistas y a escala planetaria, y el sector de la iglesia al que apuntas (con el dedo acusador) en tu libro, Blas, juzgó sin duda mas provechoso -y sin duda mucho más cómodo también- el ponerse a favor del viento.

Sor María Gómez Valbuena (ochenta y siete años) Aparte de mí de nuevo ese cáliz. Uno más de esos temas o asuntos de los que me siento obligado a hablar imperiosamente aquí a disgusto (como me sucede también con algunos de mis poemas), y que no me tomo a chiste -como me sucedía en cambio en mi entrada anterior sobre la homilía de su Ilustrísima- de manera alguna. A mí sor María -lo confieso sin ambages- me hace pensar de inmediato a la abuela (Luisa) de Francisco Umbral que aparece o se aparece repetidamente en sus novelas, travestida (un decir) en un montón de personajes femeninos y otros tantos nombres diferentes, salvando por supuesto las distancias -de estado- en esto que digo y sin querer incurrir en comparaciones odiosas. Una de esas mujeres fuertes -de la biblia- en versión castellana (o castellano/vieja) tristes y rezadoras, de carácter áspero y seco y capaces de desnucar liebres y conejos de un golpe seco de madrugada, como lo escribiría el autor de su genio inigualable, mezclando la amargura acerva con la comprensión y la ternura (del nieto) Yo no creo -ya lo tengo aquí dicho en anteriores entradas- que Sor María sea culpable de nada, porque si hay que ponerse a tirar de la manta (aunque sólo sea), como lo piden a gritos ahora algunos enérgumenos en foros digitales (de izquierdas) habrá que subir por los lazos y jalones o instancias que marca el voto de obediencia hasta los mismo aposentos pontificios y vaticanos, plaza de San Pedro en Roma. La madre biológica además -¡lagarto, lagarto!- habrá esperado nada menos que treinta años para denunciar los hechos, por lo que sea. Y la hija -otro dato a no perder de vista- muestra todos los visos de haber salido del trance (amargo) más feliz y contenta que una viuda alegre.

No escribí aquí nunca (o casi nunca) de ciertas cosas, sin duda por culpa de un pudor innato del que desprendernos del todo exige de cada uno de nosotros un proceso de maduración y de liberación que no acaba sino con la muerte después de habernos hecho fiel compañía durante nuestras vidas. "Desde que el hombre nace está ya maduro para la muerte" rezaba un texto apócrifo del cristianismo alemán de la Baja Edad Media -"el Campesino de Bohemia"- que el romanticismo reexhumaria como tantas otras cosas. "Si Jesucristo no ha resucitado nuestra fe es vana" escribió Pablo de Tarso, dando pie a que sus detractores le acusaran a través de los siglos -hasta hoy- de razonar "a golpe de alucinaciones" La iglesia en el concilio puso toda la dogmática que había profesado y definido solemnemente hasta entonces en suspenso ("époché") o entre paréntesis. Lo que se rompió entonces roto queda, su propia credibilidad entre otras cosas. Y esta claro que como lo muestran polémicas recientes -e incluso la más reciente de ellas de la que aquí ya me habré venido últimamente ocupándome- que la resurrección de los muertos es una creencia que habrá vivido como tantas otras creencias una existencia incierta en el limbo de las ideas y de las creencias desde el concilio. Como lo prueba entre otros signos reveladores el auge entre los españoles del rito de la incineración en las últimas décadas. ¿Cuantos españoles o hispanos siguen creyendo en la venida del señor en gloria y majestad a inaugurar su reyno de mil años sobre la tierra como defendía en Argentina el bueno del padre Castellani en uno de los mas leídos y celebrados de sus escritos? Se me dirá que estoy añadiendo así creencias "maximalistas" al dogma; ocurre que entre el maximalismo y el minimalismo en materia de creencia, la frontera nunca estuvo clara en la historia de la iglesia (y de los dogmas) ¿Puede alguien seguir considerándose católico -y español por añadidura- sin sentirse ligado en lo sucesivo a los decretos de los concilios ecuménicos antiguos a comenzar por el concilio de Nicea?

Una hora y ocho minutos (y dieciséis segundos), lo que dura el video de la entrevista que le hizo José Manuel Vidal a Olegario González (de Cardedal) a inicios del pasado año, que me he visto ahora desde el principio hasta el final, tras ver éste de nuevo su nombre puesto en foco en algunos medios por culpa de la nota de censura de la conferencia episcopal contra el teólogo gallego Torres Queiruga. Me ha costado un poco, lo confieso, -el romper sobre todo ciertas inhibiciones psicológicas, me figuro- ponerme a escribir sobre una figura tan autorizada y no poco intocable -así fue como siempre percibí yo su imagen por lo menos- de la iglesia española del concilio y del posconcilio hasta nuestros días. Olegario González, que se vio concedido por decreto-ley su segundo apellido ("de") Cardedal con la democracia, fue asesor en el concilio vaticano segundo y uno de los nombres más en voga de la actualidad religiosa española en los años del concilio y del posconcilio inmediato. Hay nombres que no se te olvidan. Y en las guerra de nervios -y de propaganda en los medios- que fue así como muchos católicos vivieron (y vivimos) el postconcilio inmediato, digamos que el nombre de Olegario González se nos quedaría a algunos grabado -y catalogado- al rojo o al aguafuerte, en sentido mas que figurado. De "tortura de la gota de agua" así califiqué ya en alguna ocasión mi lectura diaria de la página religiosa del ABC -que se recibía puntualmente en casa (con el Arriba)-, a cargo del cura periodista Martín Descalzo, en todos aquellos años decisivos. Y fue desde el momento al menos que empezó a manifestarse en mi una alergia (invencible) -con algunos años de retraso que conste- contra la nueva forma de religión o del catolicismo que veía la luz en la España de entonces (del tardofranquismo tardío) de resultas de la celebración del concilio vaticano segundo, y en especial en los ambientes universitarios en los que entonces me veía inmerso.

No he leído nunca a Torres Queiruga, no sé de él más de lo que he leido fugazmente en algunas noticias en la prensa por cuenta suya. Diré mas incluso, el genero de literatura (teológica) que parece encarnar, en la imagen que de él se difunde al menos, es algo que me produce alergia de antiguo. Desde mi gesto de Fátima, dirán aquí algunos. Más o menos. Porque si es cierto que mi aversión a todo lo teológicamente "progre" -entre los que algunos sin duda no duda en encasillar ahora al teólogo gallego- venia de mucho antes, no es menos cierto que se produjo en mí entonces algo de lo que ya di cuenta en alguno de los libros que escribí y publiqué (en español y en francés) inmediatamente después de aquello, como un sobresalto liberador de todo un entramado mental que arrastraba de mi propio bagaje y educacion y formacion (teologilca y filosofica). Como una picota para reos del antiguo régimen. Como si de pronto -así lo describi entonces, es cierto- una serie de aprioris o convicciones hubieran saltado por los aires en mi cabeza sin tocarme por dentro en lo mas mínimo. Semper idem. Como así me ocurrió una vez de pequeño en el colegio (de curas) donde estudié cuando una cristalera medio abierta se vino abajo de pronto al pasar yo y se hizo mil añicos en mi cabeza, dejandome indemne sin el menor roce, metido entre sus travesaños (...) Seguí siendo el mismo después de lo de Fátima por cierto, pero desde entonces me puse a pensar (católicamente) por mi cuenta, sin prejuicios ni aprioris ni interdictos, los que fueran.

Diversos grupos independentistas catalanes y vascos, vascos y catalanes -todos juntos bien revueltos- amenazan con liarla parda en el Vicente Calderón el próximo domingo veinticinco de marzo con ocasión de la final Barcelona-Atletico de Bilbao de la Copa del Rey coincidiendo "nota bene" con las elecciones autonómicas -de alto voltaje- en Asturias y en Andalucía. El separatismo en España tanto en Cataluña como en el País Vasco -en menor medida en cambio entre gallegos- fue en sus orígenes y nacimiento un rollo sustancialmente clerical, prerrogativa exclusiva (casi) -el sembrar la cizaña de la desafeccion separatista- del mester de clerecía, dentro y fuera de nuestras fronteras. En eso llevaban razón Rafael Sanchez Mazas y Ramiro Ledesma, sin duda las voces emanadas del sector más señalado del patriotismo español de su tiempo (antes de la guerra) más explícitas en el tema. Y lo afirmo por mi cuenta y riesgo, piensen lo que piensen mis antiguos amigos y (ex) camaradas del FES que se ven hoy -a mis ojos absortos- convertidos en voceros del magisterio eclesiástico -puesto en entredicho desde los tiempos del concilio y del posconcilio- especialmente en materia de moral y de buenas costumbres o para ser mas exactos de la única cuestión que parece realmente interrogar a las instancias eclesiáticas -como sucedía (según las voces criticas de entonces) con Gibraltar, único asunto exterior de la política internacional de España en la posguerra (desde el 45)- y me estoy refiriendo por cierto a la interrupción legal del embarazo (que me diga la condena y penalización de la misma); y en menor medida también todo lo que de cerca o de lejos se ve asociado con la sexualidad y en particular otro tema en ascuas que con aquella directamente se relaciona, y es lo que los antiguos -en la mas prístina tradición española remontando a los Reyes Católicos (y sin duda a mucho antes)- llamaron "delito (o vicio) nefando" indigno de ser nombrado con todas las letras tan siquiera (...)

Llevo ya muchos años -veinticinco (y bastantes más incluso si me pongo a hacer cuentas)- residiendo del otro lado de los Pirineos. Perdí algunas cosas en el empeño sin duda alguna, como en todos los transplantes o migraciones, por libres y voluntarias que sean. Pero gané también una especie de sexto/sentido a la hora de no dejarme dar gato por liebre, por cuenta de nombres y de apellidos extranjeros (anglosajones de preferencia) No tenía nada, que conste, contra la figura de Chesterton, periodista y escritor católico inglés famoso entre españoles (católicos) por unas obras o más bien por los títulos de la mismas -"Herejes", "Ortodoxia"- que no creo que hayan leído la inmensa mayoría de los que las elogian. Tampoco yo, vaya dicho de entrada; a falta de ello en cambio, oí elogiarle mucho a través de los años siempre desde los mismos medios o cuadrantes (o asimilados), pero confieso que acabó indigestándoseme un poco por culpa de algunos -nacionales o extranjeros- que lo esgrimían a todas luces de coartada ideológica, cuando la ideología, y me refiero a la convicción ideológica, es algo que nace del asentimiento libre (y sincero) sin coacción o coerción interior en el fuero interno, del género que sean. Algo de la más pura evidencia sin duda para la mayor parte de los que aquí me leen, que seria blanco predilecto no obstante de las piruetas, los revolcones y las volteretas dialécticas tan proverbiales del célebre autor inglés -del que se vería inmortalizado su (inmoderado) gusto por las paradojas-, como cuando en su defensa acérrima del matrimonio/indisoluble -que algunos habrán sacado ahora a relucir en la polémica sobre el matrimonio homosexual, atizada de nuevo (como todos saben) las horas que corren-, venía a dejar por sentado la sacrosanta (e intocable) libertad...de obligarse en cada uno (para siempre) (...) Con lo cual, el célebre converso y campeón (británico) de la ortodoxia/católica, por los vericuetos estrechos de la historia de los dogmas y de las ideas venía a confortar uno de los "a priori" filosóficos inseparables del protestantismo histórico en sus mísmisimos orígenes, a saber la negación del libre albedrío.

Confieso que no me lo esperaba. Cuando todo parecía indicar que se caminaba irremisiblemente hacia un compromiso doctrinal entre la Fraternidad San Pio X fundada por el difunto obispo tradicionalista disidente Marcel Lefebvre y el Vaticano, de paso previo a la obtención de un estatuto canónico idéntico o análogo a aquél del que goza el Opus Dei dentro de la iglesia, el máximo responsable de la FFSPX acaba de sorprender a propios y a extraño dando la negativa por respuesta ayer mismo en unas retumbantes declaraciones publicas. Y confieso que me sorprende, ya digo, no tanto porque para todos, en los medios y en particular en los círculos más allegados a las instancias eclesiásticas de las tendencias mas dispares ("tradis" o "progres") era algo que se daba ya por cantado; sino porque no se corresponde del todo con la imagen que de ellos, de la postura oficial (u oficiosa) de la "fraternité" me refiero, guardé yo de mi paso por ella hace ya tanto es cierto. Y sobre todo, porque la evolución del contencioso -en el sentido de la considerable radicalización anti-concilio a la que asistimos- era todo menos previsible entonces cuando yo me aparté de ellos definitivamente.

El arzobispo castrense acaba de hacer pública una carta pastoral sobre la beatificación de Karol Wojtyla que viene a sumarse a la lista de ditirambos sucediéndose en los últimos dias sobre el tema entre las autoridades eclesiasticas, pero la suya sin duda se merece una mención aparte en la medida que lo castrense gozó siempre de antiguo de un estatuto aparte también en la iglesia española, más que en otros sitios, y ese sigue siendo el caso pese a las apariencias.
"Fama, honor y vida son -cantó el gran Calderón- caudal de pobres soldados que en buena o mala fortuna la milicia no es más que una religión de hombres honrados" Iglesia y ejército, milicia y sacerdocio, un binomio inseparable, indisociable de nuestra historia mas incluso que en otros países católicos por la particularidad especifica del catolicismo español que le hace el poder ser considerado un catolicismo como los otros y a la vez no del todo como los otros, y en los aspectos mas ligados con lo temporal y lo político desde luego.
He estado repasándome ahora hitos y datos esenciales del capitulo de historia politico-eclesiastica relativo al vicariato castrense en las últimas décadas desde la guerra civil, y a la par de refrescarme las ideas habré sacado en limpio una visión panorámica que no tenía del tema hasta ahora. Y además de eso le he echado un vistazo al "curriculum" del vicario castrense actualmente en funciones que me permite analizar y contextualizar a la vez el contenido de esas líneas que vierte ahora en publico a la gloria del papa polaco.
La transición lo fue también en el terreno de la política religiosa, la precedió incluso, cabe decir, en la última fase del regimen anterior, los años del tardofranquismo que fueron marcados por una viva tensión Iglesia-Estado provocada y azuzada por una nueva hornada (conciliar) de obispos políticos pronunciadamente antifranquistas que irían reduciendo progresivamente la vieja hornada preconciliar de obispos partidarios (incondicionales) del régimen, fieles a la memoria histórica de una iglesia perseguida -con voluntad de exterminio- en zona roja durante la guerra.

El papa -dicen los medios- ha sido recibido fríamente en Barcelona. Más fríamente que su predecesor desde luego. Lo que invita a la reflexión y a las comparaciones (odiosas) La primera visita del papa Wojtyla a España, a finales de octubre del 82 dos días después del triunfo del PSOE en las elecciones generales que llevarían al poder a Felipe González en el inicio de la era interminable transcurrió en olor de multitudes.
Por obra y gracia de esa conjunción mágica o mesiánica de esperanzas de signo contradictorio -atizadas por la proganda/fide de los medios del mundo entero (abrumadoramente "laicos" en su inmensa mayoría)- que confluían en su figura; los unos esperando que fuera a salvarles milagrosamente -puesto que ya no había nada que hacer humanamente- del socialismo; los otros al contrario, esperando (más linces) que la visita papal les confirmaría y confortaría en su victoria y garantizaría un disfrute estable y duradero del poder durante décadas, como así sucedería.
El tiempo de las esperanzas mesiánicas no acudiría a la cita -del todo- en cambio ahora con la visita del pontífice alemán, Benedicto XVI. Por mas que ese signo de contradicción (pontificio) continúe dándose en su persona, aunque en menor medida que en su predecesor.
Los unos, catalanistas, pretendían que canonizase o por lo menos beatificase a "su" Antonio Gaudí, santo/del/portal del nacionalismo catalán, que se vio mezclado en serios altercados y alteraciones del orden publico un año antes de su muerte, durante la Dictadura, por sus inequívocas simpatías separatistas. Los otros, españolistas, esperaban más bien que ratificase la doctrina/de/siempre, en la versión divulgada por los papas del concilio. Como así habrá sido.
Viernes, 24 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Peio Sánchez Rodríguez
Juan Granados
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Juan Carrasco de las Heras
Agustín Conchilla Márquez
José Andrés Prieto
Javier Orrico