Las crónicas de Juan Fernandez Krohn

Felipe González y el coronel Gadafi

22.02.12 | 16:17. Archivado en Pesadilla de "las primaveras árabes"
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Me deja perplejo la noticia. No sé bien qué pensar (¡qué raro! dirá aquí algun malicioso, acostumbrado a verme pronunciándome a todas horas en este blog sobre lo divino y sobre lo humano) La gestión de mediación de último minuto de Felipe Gonzalez entre la OTAN (o la señora Clinton en persona) y el coronel Gadafi -a una semana día por día, en plena batalla de Sirte, de la muerte tragica en circunstancias tan crueles del dirigente libio- despierta, es cierto, escepticismo y criticas de las más diversa índole en algunos a tenor de los comentarios que habrán acompañan a la noticia (en la red) las últimas horas. ¿Dio muestras el líder socialista español -una vez mas dirán algunos- de oportunismo, o peor aun de instintos (carroñeros) de la peor especie prestándose a una misión desahuciada sin duda, entre todos aquellos al menos que estaban al tanto de la situación (tan desesperada) sobre el terreno? ¿o puede verse por el contrario en la iniciativa (sin duda propia) del antiguo jefe de gobierno español un raro ejemplo de confianza mutua en el campo de las relaciones internacionales y a los mas altos niveles de decisión entre dirigentes políticos y gobernantes, llevada a extremos o limites heroicos incluso? Y a riesgo de sorprender aquí o desconcertar a algunos diré que opto mas bien por lo segundo. Nada me liga al antiguo jefe de gobierno (socialista) español bien al contrario, ya lo tengo no sé cuantas veces señalado. Más aún, considero a Felipe González responsable directo de mi odisea de aislamiento y expatriación que no empezó sin duda con mi gesto de Fátima sino que se puede decir que tuvo ya su inicio con el ostracismo progresivo y el rechazo (para ser claros) de los que me sentí víctima en la universitaria madrileña los últimos años de la carrera, y era en la medida que el dirigente socialista andaluz pasa por uno de los exponentes más emblemáticos de aquella generación universitaria, no la mía para ser exactos sino la de nuestros hermanos mayores que no solo nos cerró todas las puertas a algunos sino que vendrían a ocupar además el papel de protagonistas -de primerísima fila- que hubiera podido jugar muy bien una generación -la mía- de una edad inmediatamente inferior a la de ellos.

Decía Francisco Umbral -a quien tuve ocasión de evocar durante mi visita el pasado domingo en el café Gijón antes de regresar a Bélgica - que don Jacinto Benavente (al que literariamente detestaba) recibía con todos los halagos, lisonjas y deferencias a Valle Inclán cuando éste iba a verle, porque era consciente de estar ocupando en la escena española de su tiempo el papel que legítimamente (según Umbral) correspondía al otro. Y en mi caso, en los largos años de la era de Felipe González en la jefatura de gobierno en la nación que me pillaron ya aquí en Bélgica casi desde sus inicios, no pude nunca remediar "mutatis mutandis" una sensación irresistible sin duda alguna de usurpación (política); de poder o haber podido ejercer en circunstancias puramente aleatorias y completamente distintas el mismo protagonismo que él en la vida pública española en definitiva, y que se piense de mi lo que se quiera. Apostó por un caballo ganador -el de la izquierda de entonces-, en resumidas cuentas, y otros en cambio digamos que no tuvimos ni en quién apostar, y por eso sin duda que nos sintamos menos perdedores que víctimas, del tiempo o de la época en que nos tocó vivir y de la suerte que nos deparó el destino. No importa. Decía el obispo (juramentado) Talleyrand refiriéndose a los nobles franceses "emigrados" tras la revolución aquello de que "nada aprendieron y nada olvidaron". Y a mí, la experiencia de mis años de odisea me habrá legado ricas enseñanzas cargadas de moraleja (sin moralina laica o eclesiástica) de cara a la nueva era -posmodernidad la llaman algunos- que se abre delante nuestra.

Porque no creo que nadie puede discutirme -por más que difieran de la lectura o interpretación de los acontecimientos- que la guerra en Libia y su trágico y cruel desenlace habrán dado la señal de inicio a una nueva era en el campo de batalla de las ideologías en curso como también en el terreno de las relaciones internacionales. La guerra en Libia, y su desenlace -en el contexto de las llamadas primaveras árabes- cambia radicalmente las tornas, a partir de ahora. Incluso -así se me antoja al menos- en el panorama de la política española. No dudo en el fondo desde luego -es mi impresión personalísima al menos- de la sinceridad de Felipe González, cualesquiera que fueran sus designios últimos o sus motivos más profundos en su gestión "in extremis" cerca de su amigo el coronel Gadafi que le consideraba de antiguo -exactamente desde 1986 (estando yo en España en una breve estancia antes de expatriarme de nuevo)- su interlocutor privilegiado (y en exclusiva incluso) con occidentales, cuando aquél se negó en redondo a la solicitud y a los apremios de Ronald Reagan con vistas a poder utilizar suelo español de base de operaciones a un ataque destinado e eliminar físicamente al líder libio. Y todo eso, sin duda que le honra. Independientemente del juicio "de profundis" que me merezca su persona -en un plano político me refiero-, que no voy a divulgar aquí y menos para satisfacer la curiosidad (malsana) de algunos. Habré aprendido mucho ya digo hasta ahora, en este último año aciago del 2011 más tal vez que en décadas anteriores, y creo también haber aprendido a olvidar (mucho) más de lo que algunos se piensan.

Dije ya aquí a modo de epitafio del coronel libio, que pagó por todos. Por moros y cristianos, y que se me perdone el símil (incorrecto) Entre españoles también...y entre socialistas. Porque no me quita nadie de la cabeza que las primaveras árabes y el desenlace de la guerra en Libia habrán planeado de cerca sobre el discurrir político español de los últimos meses, y sobre acontecimientos decisivos para una de las pincipales formaciones en liza, el PSOE, como así habrá sucedido en su reciente congreso en Sevilla que culminaría con la derrota por los pelos -y tanto más estrepitosa- de Carme Chacón, la que embarcó al ejército español en la aventura libia. Ni siquiera los recientes acontecimientos aún en trance de definición de la llamada primavera árabe de Valencia escapan al influjo de los acontecimientos en la otra ribera del Mediterráneo; y es en la medida que son en mi modesta opinión expresion meridiana más que otra cosa de la división flagrante en las filas del PSOE, y de la brecha abierta en su ultimo congreso. Entre "libios" y "bolivarianos" para entendernos

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