Las crónicas de Juan Fernandez Krohn

Mi vocación intelectual, y mi acreditación periodística

17.02.12 | 14:03. Archivado en 'Francia española'
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Espacio vital, el de las bibliotecas públicas. Para algunos por lo menos (entre los que me encuentro) Cuando vengo a Madrid (como ahora) no falto nunca a mi cita (diaria) con la Biblioteca Nacional en el paseo de Recoletos. Llamó Unamuno a la Universidad de Salamanca - a su Paraninfo en concreto- "templo de la inteligencia" Fue cuando el célebre incidente con el general Millán Astray (que le respondió como ya todos sabemos) Lo mismo podría haber dicho de la Biblioteca Nacional de Madrid o de la Real Biblioteca (Royale) -también conocida como la Albertina- de Bruselas. Me siento bien yo íntimamente, es cierto, como invadido de golpe de un ambiente irresistible de calma, de placidez y de reposo (mental) franqueando el umbral de mis dos bibliotecas preferidas, circulando a mis anchas -y un tanto sigiloso- por sus suntuosas escaleras de entrada, sus salas y sus pasillos tan espaciosos (en una como en otra) Una de ellas, la belga, fue siempre para mí como un remanso de paz, de silencio y de armonía, durante gran parte de mis veinticinco años vividos en Bélgica. La otra, su homóloga madrileña, fue mi puerta de regreso a Ítaca tras largos años de expatriación absoluta, cuando inicié mi serie de de breves estancias madrileñas -de ida y vuelta- hace ahora ya unos cinco años, por unos días o semanas (dos o tres) apenas. Y ayer en la Biblioteca Nacional, con mi flamante carnet de "investigador" acabado de obtener (por segunda vez) -gracias a la acreditación periodística que me acaba de conceder una asociación "de periodistas belgas y extranjeros", por mi trabajo a diario, ininterrupido durante tres años, sobre todo, en esta blogosfera- me sentí (y que se piense de mí lo que se quiera) más intelectual, y mas estudioso (y erudito) y también más escritor que nunca.

Trabajador/intelectual me lo sentí siempre, es cierto, aún en los años de mi expatriación en los que me vi obligado a trabajar de mecánico, de jornalero, y de obrero (agrícola) y a mucha honra. Fue una experiencia crucial, es cierto, ya lo dejé aquí sentado a menudo: me ayudó a romper (mil) barreras psicológicas y a pisar de pie firme y de una vez por todas la tierra/incógnita que el trabajo/manual fue siempre para ciertos sectores o estratos de la sociedad, libres del yugo de aquél, de nacimiento o por méritos propios, y como expulsados también a la vez (ay dolor!) de un reino aparte al que en los sucesivo se veían vedado el (re) ingreso. Pero nunca en aquellos años de mi (re) inserción social y laboral en Bélgica renegué de mi bagaje intelectual y de mi formación académica y universitaria (y no sólo) que no dejaban de esconder una vocación (intelectual) profunda en mí, en resumidas cuentas. Y me reafirmaba útimamente en ese sentimiento leyendo -de ojos críticos- uno de los artículos que viene dedicando César Vidal a comparar (odiosamente) el catolicismo de los españoles con el protestantismo del extranjero. Y el acicate me lo habrá servido en bandeja sobre todo su mención de la endogamia (sic), entre las lacras que caracterizan hoy por hoy a la universidad española, secuela -como así tiene él la honestidad intelectual de reconocerlo- de varias décadas de hegemonía de la izquierda española en el terreno docente universitario. Y de pronto me sentía justificado en mis aspiraciones fustradas en ese campo, hasta hoy mismo.

Factores de índole extra académica -en el plano histórico y el ideológico más que nada, por cierto- jugarían sin duda un papel determinante, como ya lo dejé aquí sentado en mi tentativa malograda de conseguir defender una tesis de doctorado sobre Francisco Umbral y sus novelas guerracivilistas en las universidades belgas. Y me estoy refiriendo sobre todo a mi condición de español (en Bélgica) y a la "otra memoria" -sobre la guerra civil del 36- de la que no podía fatalmente dejar de hacerme eco de una manera u otra (para dejarnos de eufemismos) ¿La misma explicación cabe dar a esas puertas herméticamente cerradas que me ofreció durante décadas la universidad española? ¿O achacarlo mas bien a esa lacra endémica -de la endogamia docente- que viene a denunciar ahora César Vidal (fuera de toda sospecha) y que habra contribuido tan poderosamente a convertir nuestros centros universitarios en callejones engañosos sin más salida que el paro (intelectual) y/o la asistencia pública? Como sea, se cumplen ahora -dentro de tres meses para ser exactos- treinta años de mi gesto de Fátima, ni mas ni menos. Como anillo al dedo a la hora de permitirme esgrimir la condición (modesta) de investigador que acaba de reconocerme la Biblioteca Nacional (de nuevo) De prenda o en garantía de mi vocación (perenne) intelectual, y universitaria. Ante quien proceda (...)

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