
Guindillas y aceite de ricino, uno de los platos fuertes de la audición de ayer a las víctimas (del franquismo) en el juicio del juez estrella. En uno de las novelas guerracivilistas de Francisco Umbral -"Capital del dolor" sobre la guerra civil en Valladolid- cuenta a su manera, entre historia y ficción, entre bromas y veras y nombres propios y seudónimos, que la misma dieta se vio administrada el vallisoletano Jorge Guillen, atrapado en zona nacional (en Sevilla) durante la guerra civil, que al final lo contaría (...) En su novela Umbral describe con los acentos mas patéticos (y culpabilizantes) los efectos del aceite de ricino, que iban de la locura hasta la muerte lenta -entre diarreas sin fin- por consunción de energías. Un ejemplo de dramatización del sufrimiento como tantos que surcan sus novelas sobre la guerra civil; y algo sin duda fatal e inevitable en todas las víctimas que en el mundo han sido, y Umbral fue sin duda también, a su manera, una víctima de la guerra civil, de un drama personal -por la denegación injusta de paternidad que le perseguiría toda su vida- que hundía sus raíces, como lo deje aquí y en otros sitios ya sentado, en la guerra civil y en los años de la II República que fueron ya como una repetición general de aquella (lo que habrá bien explicado e ilustrado en sus obras Pio Moa) Leer e interpretar en clave de (noble) resentimiento las novelas guerracivilistas de Umbral es lo que habré acabado por conseguir (¡por fin!) al cabo de una larga travesía de exploración en su vida y en sus obra como aquí todos ya saben. Y la audición de ayer en el Supremo y las que se seguirán admiten igualmente esa clave de interpretación (grosso modo) Una ensalada o batiburrillo (oral) de mentiras de Ulises y de verdades del barquero, de víctimas desinteresadas y otras que no lo son tanto, que no parece no obstante que esté teniendo los efectos descontados por los mentores de la escenificación a la que estamos asistiendo en el juico del juez/estrella, a tenor del desinterés olímpico -ni la menor alusión en la prensa francesa y francófona de hoy- que habrá merecido la sesión de ayer a los medios extranjeros.
La compasión es libre además y se puede sentir compasión (sincera) por la señora María toda de negro ayer ante el tribunal -como un personaje de Dulce Chacón- y niña aun cuando ocurrieron los sucesos que ahora relata, y no sentirla tanto o en manera alguna en cambio por sus progenitores causantes (sin duda involuntarios) de sus desdichas. Y mucho menos nos sentimos obligados a traducir esa compasión en sentimiento de culpa (alguna) Historiadores extranjeros tienen tendencia a catalogar la guerra civil española dentro de la categoría (trágica) de accidentes históricos, que lo mismo ocurrieron que podían no haber ocurrido como fue el caso en otros sitios (como en Francia por ejemplo) Y está claro que a la tragedia total (o global) de nuestra guerra civil acompañarían un sinfín de tragedias individuales, en uno y otro bando. Sigo siendo de la opinión no obstante que los casos que no deja de explotar con auténtico encarnizamiento la memoria histórica de los vencidos no dejan de tener un mucho de atípicos y en modo alguno son extrapolables (o no del todo por lo menos) Como lo viene a ilustrar los que se están sacando ahora a colación en el caso del juez estrella. Pedro Bernardo, un pueblo de la provincia de Ávila que ya salto hace algún tiempo al primer plano de la actualidad por culpa de la ley de la memoria histórica como ya lo dejé aquí registrado (o comentado) de donde procede la señora María (toda de negro) es sin duda un fiel botón de muestra de lo que aquí sostengo. Y sin duda también lo es Uncastillo en la provincia de Zaragoza, cercano al Belchite de la leyenda, del que contaba testimoniar uno de los convocados en la lista de testigos de la defensa, muerto hace apenas unos días a la edad de noventa años (...)
¿Le cortaron la cabeza al alcalde (socialista) y jugaron con ella a la pelota? Lo mismo hicieron en Madrid con los restos del doctor Albiñana (...) Un caso atípico en la política española y una muerte mas atípica y más trágica todavía (...) Y lo mismo ocurrió -en el hospital militar de Carabanchel- con el general López Ochoa. Sangre llama a sangre. Como se titulaba una novela de mis años de adolescencia (ya en la universidad) sobre el final de la segunda guerra mundial en el Norte de Italia y la lucha (feroz y despiadada) entre escuadristas de la República Social y partisanos de la Resistencia. ¿El desfile de víctimas va acaso a redundar -como de rebote- en favor de la causa del juez estrella? La duda se admite desde luego. O digamos mas bien que parece un tanto fantasioso el pensarlo, lo mismo que lo parece el augurar un final feliz a la tarea propiamente titánica de la que parecen verse investidos el juez estrella y algunos de sus testigos, de conseguir probar de forma apodícticas, por escrito, sin que quede lugar o resquicio a la menor duda legítima los planes exterminacionistas (por llamarlo así) de los nacionales. ¡Ni siquiera consiguieron probarlo en el caso de la Alemania nazi tras tantos años, décadas ya, de especulación y de elucubraciones con la llamada "conferencia de Wanzee" (en las afueras de Berlín ya mediada la guerra)!
Y el historiador recuperacionista (amateur) que intervino en la sesión de ayer no podía ponerlo más clamorosamente de manifiesto, declarando que podría acabar probándose lo que denuncia si se le diese acceso a los archivos correspndientes, con lo que no deja de reconocer (flagrantemente) que no hay nada, absolutamente nada probado hasta la fecha. No juzguéis (de intenciones) y no sereis juzgado, reza el texto bíblico (y canónico) Y la sentencia vale aun mas si cabe en un plano jurídico y en el caso que nos ocupa desde luego. ¿Poner España de patas arriba, qué digo, a sangre y fuego -abriendo (y reventando) fosas y archivos a diestro y siniestro- convertir en una compostela inmensa el suelo de la Península a riesgo (serio) de encender une guerra civil con el supremo y único objetivo de probar los designios de lo vencedores de otra guerra? Para un viaje así, querido Sancho, no necesitamos alforjas. Porque si hay algo que se pone clamorosamente de manifiesto en el juicio de Baltasar Garzón lo es el fracaso polvoriento y estrepitoso de la ley de al memoria histórica que sirvió de tapadera y cortada decisiva al juez estrella en sus iniciativas irresponsables. Como dice (y bien dicho) la acusación popular, Baltasar Garzón no buscaba abrir fosas ninguna a todas luces, sino salir en la foto junto a los restos de García Lorca.
Miércoles, 30 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català