¿Quién da el golpe? La pregunta del millón que me hacía ayer una de mis lectoras. Reprochándome de cubrirla con una cortina de humo (de divagaciones) No me defiendo del reproche. Si divago, o mas bien especulo o conjeturo es porque no dispongo de la información suficiente; porque no es mi propósito el hacer aquí periodismo de investigación ni la información es mi cometido -ni mi profesión- tampoco (...)
Digo lo que sé y lo que pienso, que me parece que en las circunstancias actuales ya es bastante. Mi contradictora me reprocha también de no encontrarme a una distancia lo suficiente como para poder emitir un dictamen ecuánime o poder formular un análisis objetivo por minimo que sea. Secundum quid (según y como) que dirían los escolásticos. Creo desde luego disponer de una distancia no pequeña y es la que me dan el residir desde hace ya tanto en el extranjero -concretamente en Bélgica- y el balcón privilegiado de observación que así se me ofrece ahora.
Pero a la vez, conforme a lo que parece reprocharme mi interlocutora me siento implicado (a fondo) en el tema y en la situación que se nos presenta ahora a los españoles. Lo asumo por completo, es cierto. Por sentirme un español mas como los otros a pesar de verme (relativamente) expatriado hace ya tanto.
Y también en la medida que asumo por completo -como aquí vengo poniéndolo de manifiesto- mi propia trayectoria y también un pasado colectivo más o menos reciente que compartí de una forma u otra, en particular con mi generación -o mas bien franja generacional- y adyacentes a la mía, o si se prefiere con una hornada importante y significativa de jóvenes de entonces. Por el protagonismo que alcanzaron, sobre todo, en unos años de la transición que me pillaron fuera (en el extranjero) y de los que de una forma u otra siento que vinieron a ser un poco como mi relevo.
No son (sólo) figuraciones mías. Muchos en mi entorno (social y familiar) e incluso lejanos a él -por ejemplo en los medios- no dejaron de darme a entender de una forma u otra a lo largo del tiempo transcurrido que me asociaban a aquel periodo conturbado de nuestra historia reciente, del que me consideraban o bien la víctima o bien uno de los protagonistas. Pero dispongo además de dos testimonios precisos, documentales, y fehacientes de lo que afirmo.
El primero lo sería un editorial del diario el Pais -"La onda de la locura"- publicado el 16 de mayo del 82 tres días más tarde a penas pues de mi detención en Portugal, a mí personalmente dedicado y a mi gesto de Fátima en el que se me relacionaba estrechamente con el fenomeno que se daria en llamar de violencia de ultra/derecha -o tardo/franquista- de los años de la transición política.
En aquel editorial del País -que llegué a pensar que hubiera sido escrito por mi (a pesar de todo) admirado Francisco Umbral, a la sazón colaborador habitual de aquel diario madrileño del que redactaba ("vox populi") no pocos de sus editoriales de opinión incluso por entonces-, se me prestaba -más o menos fundadamente- una significación política e ideológica que se me negaría rotundamente en cambio a la hora de imponerme unas condiciones de encarcelamiento el tiempo que estuve preso, que con el pretexto de régimen de derecho común se revestían en mi caso -agravado por el linchamiento del que me vería objeto en los medios y por sobre todo por el inri infamante que acompañaba (injustamente) a mi condena- de un grado de atrición extremo, lo que se da en llamar "tratamiento cruel, inhumano y degradante" , en lenguaje (democrático) políticamente correcto.
Arma de doble filo en las manos de mis verdugos y de mis enemigos, en verdad, mi "pasado político". O si se prefiere, un laberinto de suplicio en el que me habré visto enredado durante mas de dos décadas. Por un lado, se me negaba de forma obstinada y pertinaz mi condición de preso político en una cárcel de comunes, privándoseme así de los miramientos y consideraciones que se tenían con otros presos violentos pero políticamente correctos (de extrema izquierda) o no violentos (o de "conciencia")
Y por otro, se sacaría sistemáticamente a relucir mis motivaciones ideológicas a la hora de ponerme en la picota de forma periódica, recurrente y sin parar (hasta hoy) en los medios españoles y extranjeros. Pero además, la condición religiosa de mi estado entonces y de la persona (del pontífice) blanco de mi gesto de Fátima me convertía en chivo expiatorio predilecto y sobre todo contribuiría eficazmente a revestir la pena que me vería infligida de una nota o inri de infamia que me acompañaría prácticamente hasta hoy -tras cummplir condena (...) Como aquí tengo denunciado en recientes entradas. En atención -lo confieso- a aquellos que me reprochan una búsqueda inmoderada de protagonismo o deseo de publicidad a toda costa.
"Infame" en la memoria por los siglos/de/los/siglos, como lo seria hasta hoy en la memoria colectiva de los españoles el cura Merino -una de las comparaciones que se permitía el editorial del País por cuenta mía- por mucho que los libros de historia no dejen invariablemente de mencionárle como uno de los grandes héroes de nuestra guerra de Independencia (contra los franceses) (..)
Pero dispongo además de otro testimonio preciso de valor histórico incluso y son las declaraciones a la prensa española que hizo los primeros meses de mi detención en Portugal uno de los abogados defensores del 23-F, Guillermo José Salvá Paradela que defendió en el juicio de Campamento al entonces teniente de la Guardia Civil César Alvárez Fernández, hoy aún en activo, haciendo publica su oferta de asegurar mi defensa, que me hizo llegar también por los conductos directos y que preferí declinar entonces (no sin haberle mostrado más tarde, en persona, mi testimonio de gratitud tras mi puesta en libertad, en una visita que le hice a su domicilio)
Y lo que retuve particularmente de aquella oferta amable, fue el comentario de su autor que decía ver un lazo psicológico (sic) entre mi gesto de Fátima y el 23-F. Y en un sentido amplio o "latu senso" al menos es innegable que lo había. He estado ojeando ahora la crónica de la violencia (ultra) "tardo/franquista" como así se ver recordada en la red, y lo que mas me llama la atención lo es la coincidencia (extraña) -de un punto de vista cronológico-, de aquel periodo con los años de mi estancia en la FSSPX del obispo Lefebvre, que duraría desde que me fui a Ecône en Octubre del 74, hasta mi detención en Fátima, en la noche del 12 al 13 de mayo del 82 (...)
Como una gran evasion por la via religiosa que sin duda lo fue, sin llegar a sentirme nunca desertor de la situacion critica que atravesó España entonces. Algo que nadie nunca me reprocharía además, pero que se me merecia sin duda una aclaracion o puntualizacion y fue la que creo que alcancé a servir (con creces) a través de mi gesto de Fátima, y de todo lo que se le seguiría.
Y fue sin duda por las motivaciones que nunca deje de proclamar ni entonces ni despues que me movieron a aquello, de indole mas que puramente religiosa politico/religiosas o ideológicas si se prefiere, en un sentido amplio. En el sentido y en la medida que lo religioso confina con lo ideológico, como vendria admitirlo -de forma implicita aunque fuera- el concilio vaticano segundo.
Hasta el punto que hoy se habla de la "ideología conciliar" con toda impunidad al nterior de la iglesia. Y es esa misma medida asumo y reinvidico el fondo (ideológico) "anti-conciliar" de las motivaciones que me guiaron entonces. Y también, por via de consecuencia los lazos ideológicos con los protagonistas del 23-F o con algunos de ellos- y de la violencia tardo/franquista, que se revestían en mí de un perfil o trasfondo "psicológico" innegable tal y como le pareció verlo a Guillermo Salvá Paradela. Y en esa perspectiva me puedo considerar -sin jactancia y sin complejos tampoco- el último de los que sufrieron condena por la violencia (política) tardo/franquista (termino umbraliano por excelencia) de los años de la transicion política.
Y ese es sin duda el sentido último de la evocación que me habré permitido en estas entradas del asesinato (aún no esclarecido) de Juan Ignacio González; y lo que me empuja a ver un lazo innegable entre sus verdugos y los cerebros y ejecutores del golpe/blando de ahora.
¿Quién da el golpe? (¿quien está detrás de él?) La respuesta se hace esperar, dirán aquí algunos de la lectura de mi entrada. Pero es muy simple: los herederos o sucesores políticos de los verdugos de Juan Ignacio. Muchas voces de entre los que le conocieron y trataron de cerca no dejan de apuntar hacia la UCD.
Y es curioso -y no digo nombres- que alguno de los responsables (proemimentes) de "la coordinadora (pacifista...) para la paz", que funcionó en Bruselas los años de la era Aznar, "grosso modo" hasta el 11 de marzo, confesaba un pasado de militancia en aquel partido, en lo que se me antojaba ver un índice infalible del lastre -mejor, del complejo de culpa- que aquel partido centrista arrastraba en relación con el fenómeno del terrorismo y de la lucha contra la ETA.
La UCD es un cadáver político hace ya mucho, pero el fantasma de su recuerdo sigue agitándose en la vida política española. Adolfo Suárez, uno de los mosqueteros de la Zarzuela -de los que se guisaron y comieron entre ellos (hasta hoy) el futuro inmediato de los españoles en las cuatro décadas que se seguirían- se encuentra hoy endiosado en los medios y en la clase poliítica española como uno de los padres de la patria...y de la constitución vendepatrias también (todo junto y bien revuelto)
Que al monarca actual se le pudiese ocurrir el resucitar ahora de una forma u otra -a costa del PP y de sus complejos (...)- el partido que su ahijado y protegido de entonces fundó y dirigió, en función de las circunstancias y al calor de los acontecimientos que venimos presenciando, es tan concebible y tan legitimo de sostener como el pensar que el 23-F en el fondo no fue más que un borboneo (más), fruto de la imaginación y de lo sueños del monarca reinante, que se vinieron estrepitosamente abajo en un santiamén, como cabía esperar de una dinastía tan torpe y calamitosa.
El GAL ¿un amasijo de delincuentes y criminales de derecho común, al servicio del estado de derecho? En la cárcel portuguesa desde donde seguí (atento) aquel capítulo tan oscuro de nuestra historia reciente era algo que me parecía desde luego la más simple de las evidencias.
¿Policías y bandidos (y etarras) mano a mano en los atentados del 11 de marzo? Ese es otro de los fantasmas que no deja ni a sol ni a sombra a los españoles desde aquella fatídica efemérides. Y si fueron capaces de tamaña provocación para recuperar el poder (ellos o sus mentores en la sombra), ¿de qué no serían capaces ahora que parecen estar a punto de perderlo?
De noche todos los gatos son pardos, dice el refrán, y en las alturas del poder y entre los que lo ejercen y disfrutan, los contornos ideológicos se vuelven imprecisos y borrosos a veces. Nunca dejé de recordar la perplejidad tan grande que me producirían algunos aspectos mal conocidos del 23-F, no menor que la que suscitaría el golpe blando -la operación Elefante Blanco (u Operación de Gaulle)- que se escondía detrás suya.
Y fue la trama civil que asomaba la oreja o parecía esconderse detrás de la intentona. Algunos amigos y camaradas de Juan Ignacio González sostienen ahora -cargados de razones- que el objetivo último del asesinato del dirigente del Frente de la Juventud fue el hacer desaparecer la trama civil -o su embrión (creíble) al menos- de una operación de altos vuelos -a nivel de las instancias supremas de la Nación y de la jefatura del Estado- destinada a una rectificación en profundidad de los rumbos del estado español, blanco entonces (indefenso) de una gran ofensiva terrorista (y subversiva) Que fue lo que el 23-F estaba destinado a sabotear y a sofocar en su germen o fase de gestación, como así sucedería.
Algunos no obstante sostienen hoy que no hubo trama civil de modo alguno en el 23-F. Algo discutible a mi juicio. Porque el que no fuera creíble ni presentable siquiera no quiere decir que no existiera. Y un botón de muestra la ofrecería la actitud de "El Imparcial", diario vespertino madrileño (prensa escrita) -claramente favorable al golpe en las horas que duró la incertidumbre- desaparecido justo después, y de su director que firmó entonces también el acta de defunción de su carrera, profesional como política) (...)
Los pueblos que no aprenden de la historia están condenados a repetirla. ¿Trama civil y militar a la vez en el golpe en preparación e incubación y en vías ya incluso de ejecución, en curso en estos momentos? Es lo más verosímil desde luego y presumible.
El ejercito es el gran mudo en democracia. Umbral lo llamaba -no sin razones- el Coloso Triste. Sus despertares no son menos terribles y cataclísmicos no obstante. Como lo fue en la guerra civil hace setenta y cinco años, y como lo fue -aun más mezclado con el pueblo que en el 36- en nuestra guerra de Independencia, de lo que ofrece botón de muestra inmarcesible el Coloso de Goya.
Los mentores y ejecutores del golpe blando de ahora están jugando con fuego en la medida que están tentando y poniendo a prueba la paciencia de los militares. Que no aceptarán nunca, en su núcleo mas leal e irreductible, una capitulación ante ETA como la que parece estar gestándose tras la instauración del estado de alarma.
Ni una confiscación tampoco de las libertades de los españoles en provecho de una camarilla vendepatrias -de militares/políticos y de políticos corruptos y guerracivilistas- y rigurosamente supeditada a intereses apátridas y extranjeros.
(¿Qué opina José María Aznar -entre paréntesis- de lo que ahora se está cociendo? ¿Y por qué no habla?)
Los comentarios para este post están cerrados.
Me gustan las fotos. muy bueno lo de "vendepatrias".
Leido con mucho interés su más que interesante y documentado escrito titulado.- "¿Quien da el golpe? (estado de alarma..."divagando" por detrás de los acontecimientos)".
Sr Fernández: a veces, a quien quiere dar un golpe, se lo dan. No es prudente encender fuego que no se controla; el viento cambia de dirección, el incendiario es sor-prendido y..., socarrado.
Saludos fraternales.
Miércoles, 30 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català