Las crónicas de Juan Fernandez Krohn

El gran dilema del Valle de los Caídos (ceremonias a la luz de las antorchas o flores/a/maría)

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El Valle de los Caídos se viene agitando desde hace dos domingos. El que viene, quizás, -ojalá- las cosas se acaben saliendo de madre y no es que esté augurando ni deseando un enfrentamiento violento ni allí ni en donde sea pero tampoco creo que haya que rehuir el desafío en los terrenos donde se cuecen en particular los focos de discusión o de resistencia incluso a las políticas del actual gobierno socialista e incluso a la legislación guerracivilista -encismante y subversiva- que viene poniendo en vigor contra viento y marea.

La Ley de la Memoria Histórica es una ley beligerante y discriminatoria que siembra vientos de discordia entre españoles y divide a la sociedad española y a sus antepasados inmediatos entre malos y buenos; demócratas -de padres a hijos y nietos- y los que no lo son (ni lo fueron nunca) Y a ese titulo aunque solo fuera se merece un recurso de inconstitucionalidad y por supuesto el resistirla por todos los medios válidos. Como viene haciendo "in crescendo" la sociedad española tras su promulgación, en un reguero interminable de sucesos e incidentes a cual mas sonado que habré venido recogiendo puntualmente desde hace dos años uno a uno, en uno de los apartados con temática propia de mis entradas.

Y así se viene haciendo ahora en el Valle. ¿Ir allí a rezar solo y oír misa (de precepto)? Es la consigna que almas/piadosas -horresco referens- vienen propagando ahora a toda prisa de miedo que el cielo se les venga encima el domingo próximo o al siguiente o al otro (tal como se están poniendo las cosas) Defensa de la libertad de culto (y de la libertad religiosa), la divisa pues que quieren hacer primar o prevalecer a todo precio por encima de cualquier otra.

Y que el asunto desborda -¡y como!- el recinto y las puertas de la basílica de Cuelgamuros da idea la nota del arzobispado de Madrid-Alcalá y los rumores que circulan de presiones eclesiásticas del más alto nivel (hasta a la Zarzuela)

A cada cual sus batallas y sus fregados, y sus enemigos íntimos y personales. Y a mí, que conste, el cardenal Rouco no me hizo nada, n o me "topé" con él, no se me atravesó hasta ahora en mi vida como sí lo hicieron otros eclesiásticos (del mayor rango) españoles o extranjeros; el cardenal Tarancón por ejemplo o el papa polaco. O incluso el predecesor del actual arzobispo madrileño, el cardenal Suquía que se encargó de sofocar por cuenta del vaticano las ramificaciones españolas del caso Lefebvre con mano de hierro hace treinta años.

¿Acaso no fue el actual cardenal encendido defensor y obsequioso anfitrión del papa Wojtyla en sus viajes a España de una fase tardía de su pontificado? Me replicarán algunos de inmediato. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Toda España se rindió en los inicios de su pontificado al influjo (y al embrujo) y al halo de carisma irresistible que irradiaba este papa que vino del frío (y que nadie conocía), como un flautista mágico.

Con una excepción de talla, ya lo tengo aquí anotado; la de Francisco Umbral, que atravesaba la glorieta de Colón abriéndose paso por entre la muchedumbre venida a aclamar al papa polaco en l los primeros tiempos de su pontificado, con el rostro desencajado por el odio (umbraliano) acorde al testimonio perfectamente plausible y fidedigno de alguien que se le cruzó en aquellos instantes. Y el hombre tenía sin duda sus razones como ya aquí lo tengo demostrado.

Al Cardenal Rouco se le vienen echando encima como perros rabiosos fanáticos antiabortistas desde hace un rato que le perdonan mucho más difícilmente, por las trazas, una actitud/tibia en la materia que al pontífice anterior que tendría siempre en la boca -a partir de un momento determinado en el transcurso de su mandato pontificio- lo del "crimen abominable"; algo no obstante que había tolerado durante muchos años en su propio país, desde su puesto de Arzobispo de Cracovia bajo el régimen comunista cuando el fenómeno del aborto alcanzaría unas cifras astronómicas en Polonia sin parangones conocidos (en países civilizados) Y que calló por supuesto -en todos los idiomas (como los franceses dicen)-cuando la promulgación de la primera ley española del aborto en el 85.

El Cardenal Rouco invoca (oportunamente) ahora el acuerdo Iglesia-Estado que garantiza la libertad de culto en público. Y la referencia, perfectamente procedente, no debe sin embargo hacernos de perder de vista que el uso y ostentación de la enseña nacional es un derecho -o fuero- de todos los españoles reconocido incluso por la actual constitución (vendepatrias) del 78.

Porque a nadie se le va de la mente el espectáculo insólito que ofreció el domingo pasado la Guardia Civil actuando por órdenes expresas de los responsables gubernamentales socialistas en la búsqueda de banderas con águila o sin ella, provocando atascos de quilómetros y quilómetros en su celo cumplidor de unos párrafos perfectamente anticonstitucionales de la ley funesta de la Memoria que prohibe el uso de distintivos no estrictamente religiosos al interior del recinto del Valle de los Caídos.

¿Se volverá a repetir el espectáculo el próximo fin de semana coincidente con la fecha efemérides del 20 de Noviembre. ¿O acabaran rindiéndose a la evidencia abriendo diques y compuertas; y me refiero a las que vienen frenando rígidamente hasta ahora manifestaciones cuelsquiera de emoción patriótica perfectamente legítimas en sí pero que el gobierno socialista tiene motivos (propios) de mirar con recelo y suspicacia.

¿Purificación de la religión como vienen invocando ahora algunos (nada claros) de cortada de sus designios últimos? Purificación de la memoria colectiva a la vez también, como sea. En el capítulo por ejemplo de la historia del propio Valle de los Caídos. Desde su inauguración (canónica) en el 57 el Valle no dejó de ofrecer un doble carácter patriótico y religioso, que a algunos parece molestarles ahora sobre manera.

Ni siquiera los falangistas que protagonizaron incidentes sonados entonces en el Escorial y el Valle a finales de la década de los cincuenta ponían en tela de juicio el carácter patriótico e ideológico conjunto o simultaneo de aquellas celebraciones religiosas, que ahora tanto parecen escandalizar a algunos que tanta mella, a su vez, parecen estar haciendo con sus argumentos mas o menos insidiosos en almas impresionables.

Nada de banderas ni de insignias ni de cantos ni de gritos. Silencio y todo el mundo de rodillas, postrados antes los gestos y palabras de pastores despavoridos que no quieren perder feligreses en modo alguno, pero que no quieren saber tampoco nada de política (ni en mayúsculas ni en minúsculas)

Mártires de la Iglesia y caídos de la Falange (y de la guerra civil española): el dilema o disyuntiva insoslayable, como aquí lo vengo manteniendo. Y como la tensión actual en torno al Valle y sus últimos desenvovimientos lo ponen claramente de manifiesto. Y no es nada trivial sino acorde mas bien a motivos profundos de una fatalidad histórica.

En la Guerra civil española -en zona nacional me refiero -lo ritual o ceremonioso acabó invadiendo todas las esferas de la vida pública y todos los ámbitos político como religiosos. Hasta el punto que se puede afirmar que una nueva liturgia patriótica o religioso/patriótica nació entonces que se vería oficiada con la mayor espectacularidad con ocasión del primer traslado de los restos de José Antonio (hasta el Escorial) desde el primer lugar de su entierro en la cárcel provincial de Alicante.

Una ceremonia por etapas de una grandiosidad nunca vista en España hasta entonces que marcaría a fondo la memoria colectiva e impresionaría sobre manera a sus contemporáneos tal y como se lo tasmitirían a sus descendientes. Dionisio Ridruejo, gran maestro de ceremonias del régimen desde los tiempos de la guerra civil, pasa a la historia entre los españoles de hoy por su trayectoria mayormente de disidente del régimen. O de poeta (menor) a lo sumo entre los mas condescedientes.

Pero su faceta innegable de escenógrafo de genio merece una rehabilitación urgente en el fregado (anti) ceremonial que se tiene montado el gobierno socialista por su propia cuenta y riesgo en el Valle de los Caídos. Comparsa (hasta cierto punto) o no de unos y de otros, el genio ceremonial litúrgico o paralitúrgico (o como llamárselo quiera) del célebre falangista (disidente) marca innegablemente de su sello personal e intransferible la historia de la España nacional durante la guerra y en la posguerra inmediata. Hasta el punto que su sello indeleble se ve reflejado en la historia de la literatura contemporánea sobre la guerra civil. En Francisco Umbral por ejemplo que lo detestaba (a su manera)

En la Leyenda del César Visionario figura un episodio, hacia el final de la obra, que ya habré aquí evocado a menudo sobre el ladrón robagallinas que se hace pasar por el Ausente en el que un estudioso de la figura de José Antonio tal que Adriano Gómez Molina veía el sello inconfundible de Dionisio Ridruejo y de su genio escenarista,...y una impronta nazi o nazi/fascista igualmente inconfundible.

Tal y como me lo comentó en una conversaciones que mantuve hace dos años con él sobre Umbral que ya habré evocado en algunas de mis entradas. Y es en el pasaje de la ceremonia nocturna completamente espontánea del cortejo funerario entre antorchas y cánticos y slogans, en honor del Ausente -"disfrazado" de robagallinas- que Franco contempla a oscuras desde el balcón (detrás de los visillos) -lleno de rabia por dentro- en el preciso instante en el que va a decidir poner fin de una vez por todas a la guerra (...) acelerando la Victoria.

Poder extraño e inmenso de un teatralismo y de una monumentalidad que ahora algunos tanto temen y deploran. El Valle de los Caídos se quiso monumental y sus ceremonias gozaron de teatralidad litúrgica (o paralitúrgica) desde sus mismísimos inicios. Por más que la temperatura emocional en la España de entonces no fuera ya la misma que la de la posguerra inmediata.

Y por más que entre un primer y un segundo traslado no hubiera color ni comparación posible alguna, al decir de testigos presenciales (como el mismo Adriano Gómez Molina) Festivales de España religioso/patrióticos a los que el régimen habituó a los españoles todos viejos y niños desde sus comienzos. Y eso queramos o no lo llevamos muchos (bien) dentro, aún sin darnos cuenta.

De ahí lo melindroso y lo potencialmente explosivo de la situación en el Valle de los Caídos. Y lo es el alto/riesgo que toda esa carga ceremonial, todo ese potencial de teatralidad, de catarsis colectiva en suma acabe aflorando a la luz...de día como de noche. Porque los gobernantes socialistas no quieren ceremonias en el Valle; y no quieren sobre todo ceremonias nocturnas (religioso/patrióticas) a la luz de las antorchas (...)

Conscientes sin duda de sus sortilegios o de su poder de fascinación entre las masas o muchedumbres concentradas bajo su influjo. Y la liturgia eclesiástica les conforta desde luego -exorcizando su temores y recelos-, que acabó limpiando de toda ceremonia nocturnas en público -salvedad hecha festividades contadas del calendario-, o al aire libre, rituales y devocionarios.

El culto de la noche lleva un sello pagano inconfundible a los ojos de todos sus detractores (laicos o clericales) Y los censores de lo políticamente correcto le añaden además un nota o etiqueta de descalificación -de nazi o nazifascista- capaz de asustar y ahuyentar todavía mas a los monjes/seráficos encargados de la custodia del santuario.

El culto de la noche era inseparable de la coreografia más característica del nacionalsocialismo alemán, es cierto, como me lo recordaba Adriano Gómez Molina en la charla que tuvimos juntos. Pero negarse a disociarlos tantos años después equivale a pretender negar un innegable fondo poso poético -y teatral-, el que arrastraron todos los movimientos de signo "totalitario" del siglo XX -los nazi/fascismos como el comunismo soviético (y estaliniano)-, provisto de credenciales de la mas auténtica raigambre en la historia de las ideas y de las artes de los siglos inmediatamente anteriores.

A través de las corrientes artisticas de vanguardia omnipresentes en aquellos movimientos, como lo reconocería fuera de toda sospecha un lingüista de origen búlgaro celebre desde los tiempos de mayo del 68 en el ámbito académico y universitario del mundo occidental antes y después de la caída del Muro, en una conferencia suya -de un auditorio un tanto revuelto- a la que asistí hace años en Bruselas.

¿La noche es nazi? Fue romántica y medieval mucho antes, como sea. El camino de Santiago se recorría de de noche como de día y su mayor encanto se lo dió sin duda su espectacularidad nocturna -de luces de Vía Láctea en la noche -, desde el nacimiento de la tradición jacobea en la Alta Media, en tiempos de Reconquista.

Y si hay algún alto/lugar de la memoria -y del culto- que se preste hoy en España a manifestaciones de ceremonialismo grandioso lo es o lo sigue siendo el Valle de los Caídos. Que no cumplió plenamente hasta ahora -lo menos que se puede decir- la vocación de espectacularidad litúrgica grandiosa a la que se vería llamado desde su nacimiento. Por razones de coyuntura, de índole política o política/religiosa a las que aquí me habré venido refiriendo.

Y se me antoja que el mejor exorcismo contra las voces agoreras que vienen augurando su cierre (y dinamitación) en un futuro próximo lo sería el fomentar al máximo sus potencialidades ceremoniales -litúrgicas y sacramentales lato sensu" del Valle y dentro y fuera del recinto.

Que en vez de vaciarse se siguiera llenando de otro restos funerarios meritorios de homenaje publico. Entre ceremonias grandiosas. Como la que se merecería -a título de ejemplo- un traslado al Valle en el futuro mas o menos inmediato de los restos de Ramiro Ledesma y de Ramiro de Maeztu que reposan juntos en el cementerio de Aravaca, hermanados por la Muerte en un mismo destino trágico.

El gallo de marzo (aguerrido y escandaloso) de la gentil primavera de las Españas (José Antonio dixit), y el señor y capitán de la Cruzada, como José María Pemán le cantaría. A la luz de las antorchas (y sin flores/a/maría)

2 comentarios


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Comentarios
  • Comentario por Paco Franco 18.11.10 | 11:24

    El rojerio tiene fijación con el Valle de los Caidos. Es pánico lo que tienen solo el pensar que tanto José Antonio, como Franco puedan resucitar.Con los problemas que tiene el pueblo español y estos ministrinis de tres al cuarto, obsesionados en que no vayamos a rezar por todos los caidos de cualquiera de losdos bandos.

  • Comentario por SO. ANDRÉS CASTELLANO MARTÍ. 17.11.10 | 23:06

    Si quienes desde la izquierda quieren hacer democracia, si de verdad son demócratas, lo primero que se tienen que plantear es “Trabajar y Hacer”, trabajar en democracia y hacer democracia. Pero no pueden estar todos los días y en esta actual España retrocediendo a tics que nada tienen de actuales y solo sirven para estancar políticamente nuestro país. Pues el hecho de que nuestros padres se mataran para solucionar sus problemas políticos, y muertos están, merece todos nuestros respetos, pero no podemos al amparo de su historia resucitar lo que fueran sus defectos. En la realidad actual en España sobran los extremistas de derechas y los de las izquierdas, y con ellos los tarados que quieren que las nuevas generaciones se enfrenten. Los defensores de la Memoria Histórica están resucitando de nuevo más fascistas de los que ellos creen, y si eso es lo que pretenden lo están logrando. Y si esa es la España quieren están equivocados.

    Respetémonos y respetemos a los muertos, ...

Miércoles, 30 de mayo

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