
No me cae Correa, el presidente ecuatoriano, como no me cae Chavez, como no me cae Lula, como no me caen los Kirchner por cierto, -y como no me caen Bolívar ni en general los "liberatdores" por supuesto- no tal vez en si mismos considerados sino por la sombra que gravita en torno a todos (aquellos), y me estoy refiriendo ya todos los han adivinado a la Cuba de Fidel Castro.
Y por eso los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas en el pais andino mentiría que me hubieran tenido en vilo pero sí que los habré seguido de rato en rato desde ayer con sentimientos encontrados.
Al final se habrá decantando la situación -con el rescate del mandatario "retenido" en un hospital rodeado de policías amotinados- ofreciendo todo el perfil y los mismos trazos de una vulgar revuelta de policias que no habrá encontrado eco entre su colegas uniformados de los demás cuerpos armados. Corruptio optimi pessima. La corrupción de lo mejor es la peor cosa que exista, reza el adagio clásico.
La policía -y en el caso la guardia civil también entre españoles- para los que crecimos y fuimos educados en el respeto absoluto a aquellas instituciones nos legarían una imagen -la que nos veríamos inculcada desde muy niños- que tuvieron que pasar muchos años para que se vieran un tanto resquebrajadas y maltrechas (o marchitas) dentro de nosotros mismos; y es cierto que el fenómeno de la corrupción en medios policiales o parapoliciales es algo que no nos merece calificativo más liviano que el de calamidad bíblica. ¡Calamitas calamitatis, los policías corruptos en la vida de los pueblos, y para la buena imagen de una nación de puertas para afuera!
La policía ecuatoriana tiene -en algunos medios al menos y de este lado del charco es el caso, de lo que se desprende ahora en los comentarios de algunos medios por lo menos- una reputación un tanto "nublada" y para ser sinceros diría que ese fue el caso -entre muchos de antiguo (entre los que me encuentro)- en relacion con las fuerzas de seguridad en los países (hispanos) sin distinción, del otro lado del charco. Y hablo no de oídas o no del todo desde luego.
En Enero del 80 -han pasado ya treinta años y por lo tanto nadie que me lea aquí tendría que sentirse aludido en lo más minimo ni individualmente ni colectiva o nacionalmente considerados- me encontraba yo de regreso a Europa tras haber permanecido algo mãs de año y medio destinado por la fraternidad San Pio X (de Lefebvre) a la que pertenecía , en su fundación en ciernes por aquel entonces en el centro de buenos Aires, y volvía en un vieja por escalas que me llevó primero al Brasil donde pasé la noche de fin de año aquella, en uno de las salas del aeropuerto internacional de Sao Paulo, y a continuación a Colombia pasando por el Ecuador, donde estuve dos días, creo recordar, haciendo turismo un tanto "sui generis" medio profano medio religioso: en el centro de Quito particularmente, delante de su catedral donde se ve erigido efectivamente un monumento al lado de la catedral- junto al que entendí deber sacarme una foto (como así fue)- dedicado a Gabriel García Moreno presidente de aquel país de la América hispana de aureola un tanto mítica en el recuerdo, por haber sido el único mandatario de un país (hispano) de aquel continente, en la segunda mitad del siglo XIX a consagrar su país al sagrado/corazón, lo que le confería un estatuto cercano al de icono martirial -como García Lorca en la medida que fue salvajemente asesinado (a puñaladas) por cuenta de sus enemigos políticos (de la masonería)- en los medios tradicionalistas/católicos (franceses mayormente) en los que entonces me veía inmerso.
Y a Colombia, donde debía juntarme a otros compañeros con los que contaba seguir viaje hasta Méjico, decidi viajar desde allí por la vía terrestre -¡nunca lo hubiera hecho!- en un autobús (colectivo) que me llego hasta el puesto fronterizo mas próximo de la localidad ecuatoriana de Tulcán (hermana gemela de Ipiales, del lado colombiano de la frontera)
Desde allí atravesé a pie con otros viajeros la aduana -y el puente internacional que separa a los dos países- que en esos momentos -mi palabra- se hallaba desierta por lo que no pedí ni se me pidió ni me sentí obligado a pedir un documento o prueba cualquiera de entrada en el país (ni yo ni lo demás pasajeros de aquel autobús de viajeros)
Nunca lo hubiera hecho ya digo, porque aquello iba desatar la caja de los truenos dando inicio a un pequeña odisea que recuerdo todavía no sin considerable aprensión tantos años ya como transcurrieron. Y fue que había decidido detenerme un día o dos cerca de allí, en un santuario célebre por su advocación mariana -de cuyo nombre simplemente no me acuerdo (una devoción muy "TFP" dicho sea de pasada...)- y para lo cual busque y encontré alojamiento en la hospedería de un convento de monjas situado en las inmediaciones.
A ellas les hice entrega lógicamente de mi pasaporte al llegar y cual seria mi sorpresa cuando al cabo de un rato oí que llamaban a la puerta de mi habitación donde me encontraba descansando un poco de las fatigas del viaje para decirme que la policía colombiana quería hablar conmigo urgentemente.
Me pidieron que les acompañara y acabé dando con mis huesos en unas dependencias cercanas de la policía de aduanas donde pase algo así como veinticuatro horas retenido en el mismo sector del edificio que ocupaban los agentes aduaneros, que me trataron correctamente pero sin poder dispar ni ellos ni yo -y mucho menos elcomisario que les mandaba por su talante y el tono seco y un tin tin intimidante de la conversación que mantuvo conmigo, la tensión del momento; como si estuviese pegada con cola a aquellas paredes, y sin saber que iba a ser de mí para ser sinceros. Tanto más que mis guardianes no ocultaban la indiferencia (olímpica) que les inspiraban los hábitos -de la FSSPX- de los que yo iba revestido.
A media tarde del día siguiente tras pasar la noche allí dentro, sin derecho a un catre siquiera, una de las religiosas, le encargada de la hospedería del convento que en el que me había alojado, y a la que había entregado mi documentación a la llegada- apareció de golpe en aquellas dependencias acompañada de otra, escandalizadísima -y me pregunto si no cargada de tal vez de cierta dosis de remordimiento a tenor de la extrañeza que le habia producido mi llegada y mi decisión de hospedarme allí el día antes- lo que interpreté como un buen augurio y de hecho al poco rato me vi libre.
Pero no acabaron ahí mis cuitas porque encontrándome en Bogotá tras haber pasado unos días en Bucaramanga, capital del estado de Santander, rodeado de las extraordinarias muestras de hospitalidad de familias colombianas que tenían lazos con la obra de Lefebvre en America, y recuerdo con particular afecto a la familia del doctor Samuel Ortiz, un español del otro lado del charco ciento por ciento, y también la familia Ordóñez Maldonado y en particular a su hijo Alejandro que supe hace poco que ejerce actualmente el cargo de procurador general de la nación (a mi gran sorpresa); de vuelta pues como digo a la capital Bogotá, recibí una convocatoria para que me presentase urgente en las dependencias del DAS, siglas que correspondían (entonces) al organismo encargado de la Seguridad del Estado, donde se me comunicó formalmente la orden de abandonar el territorio nacional colombiano en el plazo de cuarenta y ocho horas.
La medida tan sorprendente se explicaba en parte -aunque en modo alguno se justificase- por la conferencia que yo acababa de pronunciar el día anterior en un club (bastante selecto) de Bogotá con repercusión inmediata en los medios y también sin duda por el incidente que me había predecido en el puesto aduanero a mi llegada al país.
Y del nerviosismo que acompañaba la notificación de la medida y la forma en que me fue comunicada da idea que tras recibir la notificación en persona -de una alta funcionaria (muy joven)- de aquel organismo, y abandonando ya el edificio seguido de amigos colombianos que se habían dignado a acompañarme, me fue dado el alto con gran aparatosidad por uno de los agentes de servicio dentro del edificio acudiendo tras mía a la carrera, para decirme que tenía que volver otra vez allí dentro, y fue para que se me tomasen datos de mi lugar de residencia.
No creo en las meigas pero haylas. Y está claro que mi condición de español fue el detonante de la tormenta -en un vaso de agua- que desató mi presencia en Colombia. ¿Fui imprudente en mis declaraciones, poniendo en la picota al cura guerrillero Camilo Torres, figura discutida de la historia colombiana de las últimas décadas y que sin duda gozaba -entonces- de un predicamento innegable entre sus compatriotas (y entre españoles)? Es posible pero no creo que en demasía.
Y hoy estoy convencido en cambio que si en vez de haberse tratado de mí, un francés por poner un ejemplo hubiera hecho unas declaraciones del mismo tenor que las mías e incluso excediéndolas en radicalismo no se hubieran seguido para él medida tan fulminante como aquella expulsión escandalosa de la que me vi víctima.
Comparaciones odiosas, pero no deja de venirme a la mente cada vez que evoco ese episodio ya tan lejano en mis recuerdos, el caso del doctor Albiñana que ya recordé en algunas de mis entradas que después de haber emigrado a Méjico la década de los veinte tras sentirse víctimas de discriminación injusta opositando (sin éxito) a una cátedra de medicina en la Universidad Central (de Madrid) -en la misma facultad de la que Negrín acabaría poco después haciéndose el amo- acabó viéndose expulsado del país por decisión personal del presidente mejicano Calles, acusado de "arrogancia" (española) y de actitudes "colonialistas".
Y ese resentimiento que provoca fatalmente el ver despreciado y mancillado el buen nombre de España y su imagen en todos los españoles que allí viajaban por lo que fuera se deja traslucir incluso en "Tirano Banderas" de Valle Inclán, "novela de tierra caliente", celebrada de antiguo como una diatriba contra las dictaduras (de derechas) y los regímenes autoritarios del otro lado del charco, y puesta por modelo de inspiración con décadas de adelanto del "boom" latino/ché de los sesenta y en particular de algunas de sus obras mas emblemáticas, como "El otoño del patriarca" o "Cien Años de soledad" de Gabriel García Márquez; pero admite también a juicio de algunos -lo que comparto- una interpretación visiblemente distinta- y es la del resentimiento del español (indefenso) allí residente tras la independencia en contra de unos poderes civiles que acabaron abrazando y haciendo suyos los clisés mas abjectos e infamantes de la leyenda negra antiespañola.
E indianos como lo sería Valle Inclán, acababan tomando partido del lado de los débiles -de los pobres (y de los menesterosos)- porque era de ese lado del que se encontraba el nombre de España y el recuerdo -cubierto de oprobio y de vilipendio- del pasado español en América, y de sus viejas banderas; de su fuerza y su prestigio antiguos usurpados por tiranos (banderas) descendientes de renegados que levantaron la mano contra la madre/patria para conseguir la independencia.
Y la imagen ahora del mandatario ecuatoriano teniendo que ser hospitalizado tras sufrir visiblemente un ataque de gases lacrimógenos se ve revestida de fuerte impacto en los medios. Y se quiera o no nos habrá obligado a volver la cabeza y el rostro del lado de ese país hispano ayudándonos a vencer así la indiferencia relativa -en modo alguno hostil-que la fuerte corriente inmigratoria de aquel país en España como en Bélgica se diría que cosecha entre españoles como entre belgas. ¿Por lo "anodina", como dijo de la emigración española a Europa (años sesenta y finales de los cicuenta) Camilo José Cela? Comparaciones odiosas.
Y sobre todo, me habrá obligado a mí regresar en el recuerdo a aquella frontera de alto voltaje ecuatoriano-colombiana, cargada de tanta electricidad entonces para mí como lo acabaría cobrando -muchos años más tarde- en los medios. ¿Profeta o hijo de profeta? Cualquier parecido con la realidad, pura coincidencia (es broma)
Miércoles, 30 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català