
"¡Anda, que pareces de Aragón!", era un dicho -de broma- que oí siempre de niño (y menos niño) Revelador de la imagen o mas bien de la falta de ella que arrastré de antiguo -yo como los míos-de una región española a la que no me ligaban lazos familiares y con la que tuve siempre sin duda, comparativamente hablando, mucho menos contactos que con el resto de la
s regiones españolas.
El psicoanalisis sostiene que la ignorancia o el desconocimiento no son nunca inocentes, que ocultan siempre algo. Y en el caso de lo que se puede llamar mi atonía aragonesa tal vez se oculte algo, es cierto, anclado y hundido en mi memoria individual pero que prefiero buscar, por más a mano -en este tema me refiero- del lado de la memoria colectiva. Lo que nos lleva fatalmente en linea recta remontando el tiempo hacia atrás, a la guerra civil española.
Aragón como Andalucía fue una región particularmente probada por la guerra civil en la medida que se vió dividida prácticamente en dos mitades por la línea de trincheras. Cuando yo estaba en la universidad las colectivizaciones (forzosas) que pusieron en marcha los anarquistas durante la primera fase de la guerra civil en el Alto Aragón gozaban de un prestigio emblemático en las aulas (tan politizadas) de mi facultad de Económicas y entre los que me rodeaban.
Y en el film "Land and Freedom" muchos años después residiendo yo ya aquí en Bélgica se sacaban a relucir, bajo un prisma que no era ya por cierto el mismo para mí que el de entonces. Y en algún que otro film no menos emblemático en mi mente de lo poco de cine español -confiteor- que habré visto en mi vida -en las útimas décadas me refiero- se recogían también escenas de ese capítulo de nuestra guerra civil en un tono apologético por cierto que en mi no podían operar más que de forma contraproducente.
Quiero decir que no hacían mas que ennegrecer un poco más la imagen -de desvarío colectivo- que de aquel episodio de la guerra civil arrastro desde hace ya mucho. Y es curioso que uno de los momentos mas dramáticos de mi vida en las últimas décadas y me refiero a mi detención delante del palacio real de Bruselas en mayo del 2000 con ocasión de la visita de Juan Carlos a Bélgica, se viera acompañada de telón de fondo por el incidente que protagonicé días antes en un teatro de bolsillo de Bruselas con motivo de la representación de una pieza de teatro guerracivilista- sobre nuestra guerra civil por cierto- de Sanchís Sinisterra un autor emblemático de la "recuperación" de la memoria de oso vencidos del que ahora me entero con sopresa que fue uno de los mentores y maestros de Federico Jiménez Losantos en sus años mozos junto con el ahora fallecido José Antonio Labordeta.
"Ay Carmela, ay Carmela" la pieza que aquí evoco representa escenas de la guerra civil en el frente de Aragon del lado de los buenos, de los correctos me refiero (por supuesto) El anarquismo -el anarcosindicalismo español de la guerra civil me refiero- empezó triunfando en las calles Bacelona el 19 de Julio del 36 y acabaría mordiendo el polvo ante las ruinas de Belchite, que sirven precisamente de motivo de inspiración y de titulo a uno de los poemas de Labordeta.
Las ruinas de Belchite siempre enhiestas y mirando hacia lo alto -y a lo lejos- son ya hoy inseparables de la imagen de Aragón para muchos, entre los que me encuentro. Y tal vez sea por eso que haya acabado agarrándome -inmovilizándome en él hasta cierto punto- a ese pasado (redentor) de una región tratando de olvidar -o mas bien de cribar- otras imágenes mas recientes en mí que se asocian a ella; de mi memoria propia e intrasferible.
He estado leyendo textos de Federico Jiménez Losantos dedicados a su maestro ahora fallecido a gusa de necrologica y tambien otros mas antiguos que le dedicaría que viene ahora como a reexhumar la noticia de su fallecimiento. Y en particular el prólogo que escribiría a un libro de poemas de aquél, "Tierra sin mar", dedicado a su patria (chica) aragonesa. Y es sobre todo la foto que acompaña al texto ahora parecido en las paginas (digitales) de Libertad Digital la que me habrá movido a dedicarles esta entrada.
Federico Jiménez Losantos tiene dos años menos que yo, quiere decir que esa foto que se ve publicado ahora de él, en compañia de su maestro de entonces y de otros de sus compañeros de curso, con sólo quince años, recuerda fatalmente una época, el tardofranquismo (tardío), que viene como a servirle de telon de fondo, sin dejar de propinarle un toque de notalgia innegable y a la vez un tanto surrealista.
Porque España, la sociedad española, las personas incluso que se ven retratadas en esa foto de Losantos y de su mentor eran ya entonces como una reliquia o un vestigio de algo que se encontraba en vías de extinción (por todas partes) en aquellos precisos momentos de nuestra historia y me estoy refiriendo a la sociedad española de (justo) antes de la mutación cultural que experimentarían en la segunda mitad de los sesenta cuando se vería recogido precisamente esa testimonio gráfico.
Ni en el rostro ni en la indumentaria de ellos dos en particular y en general de ninguno de los que aparecen en esa foto -como milagrosamente intactos- se nota todavía rastro (precursor) ninguno de aquello. Ni en la fisonomía del maestro ni en la del alumno tampoco. Y buceando o intentando sortear de alguna forma el (profundo) enigma retengo que se trata de un documento gráfico datable de por aquellos años precisamente -el 66, el 67 o el 68- que pillarían a Federico Jiménez Losantos con quince años apenas, un año pues -por lo que leo- a continuación- antes de la muerte de su padre (...)
¿Hijo de padre rojo Losantos -como Ceferino Maestú- como su profesor y padre de reemplazo Labordeta? Algo más que probable. ¿Pero qué? -me replicará aquí alguno- ¿acaso no estuvo (de flecha) en el Frente de Juventudes? Más en mi abono, como aquí ya lo tengo explicado (...)
Algunos me habrán reprochado -como ya lo recogí aquí- el prestar excesiva importancia a la filiación en la vida y en la trayectoria biográfica de las figuras individuales que evoco en mis entradas. Y admito que haya algo de personal en esa forma de abordaje -un método del tipo psico/biográfico como se le podría llamar-, por mas que que no me faltan las cauciones intelectuales e incluso académicas.
Y no creo desde luego que sea superfluo ni completamente inútil escarbar en esa dirección -en terreno biográfico me refiero- tratándose de una figura tan emblemática de la generacion universitaria del tardofranquismo que fue la mía, como lo es Federico Jimenez Losantos sin duda alguna. Yo no sé de qué lado estuve en el 36 el padre de Federico Jiménez Losantos.
Si leí en cambio un libro suyo -interesante- sobre episodios extraídos de la historia de la guerra civil que él titulaba significativamente "Los nuestros" y que recogía semblanzas (elogiosas) de figuras destacadas tanto del uno como del otro bando, aunque con una ligera inclinación -de lo que creo recordar- del lado de los que perdieron.
El hombre nace libre (aunque yace encadenado) -como diría el "nefasto" Rousseau en una de sus (grandes) medias verdades- pero es cierto también que la memoria se reviste de un aspecto de fatalidad innegable, como ya aquí lo tengo recogido. En la medida aunque solo sea que nuestra memoria histórica nos viene dada en gran parte por la vía de la herencia directa de los que nos preceideron.
Y es curioso y nada trivial ni carente en modo alguno de significado histórico tampoco que la muerte del padre de Federico Jiménez Losantos presidiera el paso de su hijo de la adolescencia a la juventud y también su discurrir personal por aquellos años turbulentos que acompañaron la profunda mutación cultural de la sociedad española a la que acabo de referirme. Una idea y un concepto que me atribuyo en parte y que me desmintió sin tapujos el ex-ministro de Cultura del PSOE, César Antonio Molina con ocasión de las jornadas dedicadas a Francisco Umbral en el Escorial del pasado mes de julio de las que ya di aquí cabal cuenta.
Y fue que permitiéndome invocar en el turno de preguntas y respuestas su testimonio generacional de aquel fenómeno que tengo todavía fijo tanto en mi retina como en mi cerebro, me espetó bruscamente: "Usted no me conoce a mí" "En España no cambió nada hasta la muerte de franco". Punto. Las jornadas, por cierto, siguieron su curso.
Pero luego a la salida, uno de los asistentes -persona ya mayor- vino a darme prudentemente la razón en conversación a solas. "La universidad estaba desde luego en efervescencia" me comentó en voz baja a modo de reconocimiento implícito. Y en esa universidad en plena efervescencia vino Federico Jiménez Losantos a caer tras la muerte de su padre.
¿Le faltó la asesoría indispensable de su progenitor en temas de memoria o más bien fue la muerte de aquél la que liberó en él -como en tantos otros- los engranajes o reflejos condicionados de una memoria familiar (de los vencidos) paralizados o atascados como se veían hasta entonces, aquejados de un síndrome de amnesia colectiva?
De tal palo tal astilla, dice el refrán. Y en materia de memoria histórica me parece indispensable e imprescindible, a la hora de entablar una discusión en el tema de la memoria de la guerra civil sobre todo, el saber o el poder conjeturar de antemano de qué lado estaban los suyos entonces, algo que se fingiría olvidado; pero que al menos en los pueblos españoles estaba aun bien presente en la mente de todos y cada unos décadas después incluso de acabada la guerra.
E incluso en los sitios donde más mezcladas estuvieron las tornas entonces, todos o casi todos sabían seguir a ojos cerrados la linea fatídica divisoria, al interior de unas mismas familias incluso(...) Por más que el tardofranquismo acabara imponiendo la consigna del olvido (entre los que vencieron)
Yo personalmente creo en la sinceridad de las posturas actuales de Federico Jiménez Losantos y en la de sus principales acólitos (hasta cierto punto por lo menos) Y me lo corroboró una de sus intervenciones televisivas que seguí -por vídeo- hace ya algún tiempo. Le noté algo de señero -de aragonés- en sus salidas, en su sentido del humor, que me era desconocido, lo confieso.
Y me parecen perfectamente injuriosas las acusaciones que se le hacen a menudo, desde luego. Pero sí creo también que un conflicto innegable de memorias antagonistas de la guerra civil se siguen enfrentando en su mente y en su obra -a modo de campo de batalla- que explican con creces las innúmeros aspectos contradictorios que ofrece en sus posiciones o posturas mas difundidas y arquetípicas.
Y un fenómeno análogo cabe registrar en su maestro ahora fallecido. Porque el Labordeta de la foto que nos brinda ahora Losantos y el mas divulgado y conocido de nuestros días- y para la posteridad- tienen poco por no decir nada en común, me lo reconocerán aqui sin pena muchos. Como el Celine de antes de la guerra, y el de después (...)
Y no es un cuestión solo de edad, sino que lo que marca la diferencia entre aquella foto y las que se seguirían del personaje ahora fallecido en mi opinión lo es el sello (dominante y precursor) de la época, ausente aún en la primera; de la mutación cultural -e ideológica- de la que fui yo mismo testigo...Y sobreviviente.
Una visión -que fue lo que sobrevivió mayormente en mi- de la España de justo antes de aquello. Y también de la provincia (aragonesa) de Teruel - de donde es originario Federico- que conocí entonces aunque fuera un poco. Pozuel del Campo, en el linde con la provincia de Guadalajara, no lejos de Caminreal y de Monreal del Campo, principales centros de la comarca aquella.
Verano del 69, el año que subió el hombre a la Luna; precisamente por aquello días, como lo lo puede presenciar en el televisor del único bar del pueblo. Y la imagen de aquel pueblecito aragonés -del bajo Aragón- la presidió en mí hasta hoy sobre todo el recuerdo de su alcalde (del Movimiento) Don Delfín, un hombre bueno, ya de cierta edad, prudente, querido y respetado por todos los habitantes del pueblo, que me tuvo alojado en su domicilio mientras participaba en aquella campaña de alfabetización de mis culpas y mi pecados por cuenta de una organización de cuyo nombre -el SUT (reliquia o vestigio decrépito ya entonces del viejo SEU)- preferiría no tener que acordarme.
Y es el recuerdo áureo y redentor -de aquel alcalde de Franco- el que salva en mi mente el puebecito aragonés aquel y el de las semanas aquellas de las que guardé en conjunto un recuerdo tan negro. Sin duda el Aragón autentico subyacente en mí (en la otra vertiente española de mi memoria) Aún sin ser -como Federico- ni aragonés...ni tampoco descendiente de los que perdieron.
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Un primor, el reportaje que me envías, Restituto, y que mucho te agradezco. Un cordial saludo
Sobre padres, e hijos del Alcalde de Oviedo, Gobernador Civil y Gobernador Militar en la etapa de Camilo Alonso Vega. Un cordial saludo
http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pRef=1757_31_556125__Oviedo-padre-leyo-hace-pregon-gran-orador-acento-cristiano
Miércoles, 30 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Juan Granados
Juan Luis Recio
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Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
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Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català