
El escándalo de la pederastía en el que ve envuelta la iglesia belga desde hace unos meses, tras la dimisión por confesión de hechos nefandos del obispo de Brujas -gran amigo del papa polaco (que lo nombró obispo)- comienza a cobrar los carices de una crecida en bola de nieve de resultados imprevisibles.
En conferencia de prensa ayer el nuevo arzobispo de Bruselas -Malinas/Bruselas para ser exactos- reconocía "errores del pasado" pero no llegó a pedir perdón a las víctimas, algo a lo que aficionaba tanto el pontifica anterior cuando se trataba sobre todo de culpabilizar el presente o el pasado de la iglesia entera o de toda una colectividad en el seno del catolicismo.
No digo que me alegro, porque no sería verdad; pero a riesgo de parecerlo me siento obligado a sacudirme una cierta modorra interior que amenaza apoderarse de mí a la hora de afrontar la realidad de los hechos. Y el hecho es que el catolicismo en Bélgica país católico de fronteras -lindando con el Norte protestante me refiero- atraviesa en estos momentos una (gravísima) crisis de credibilidad y de confianza con sus secuelas consiguientes de desmoralización colectiva que no puede dejar a nadie indiferente y menos a los que nos seguimos confesando católicos y menos aún a los españoles que aquí residimos (desde hace largo tiempo)
Los años que aquí residí me mantuve al margen de la práctica religiosa por razones y motivos que los que aquí me leen podrán imaginar fácilmente; lo que me brindó un puesto de observación privilegiado desde fuera...y a la vez desde dentro en la medida que mi condición de católico (bautizado) impedía que los asuntos eclesiásticos de actualidad me dejasen (del todo) indiferentes.
Digamos que permanecí todo este tiempo -prácticamente desde que salí de la cárcel portuguesa- en una suerte de limbo/canónico no exento de ventajas ni quizás de inconvenientes tampoco, pero estos confieso que no se me hicieron palpables hasta hoy de una manera u otra. Lo cual me dió sin duda gran libertad de movimientos en comparación con aquellos que cumplen (del todo) con la iglesia o están en regla con ella (como se dijo siempre)
Así por ejemplo, en los estudios que seguí en Bélgica me mantuve siempre por voluntad propia -y por un reflejo prudencial o instinto de supervivencia incluso, lo confieso- fuera de la órbita de la Universidad (católica) de Lovaina -en sus dos variantes lingüísticamente distintas (y diferenciadas)- y de la galaxia de centros e instituciones que gravitan en torno de aquellas; que habrán sido de antiguo punto de destino o de arribada privilegiado para la inmensa mayoría de estudiantes españoles que elegían Bélgica para sus estudios en el extranjero.
Como lo ilustra el caso de Felipe González que cursó estudios aquí -con una beca de la Acción Católica española- en los tiempos del tardofranquismo (a seguir a mayor del 68) en las facultades (católicas) de "Notre Dame de la Paix" , de Namur; un nombre prestigioso aquí en ciertos medios y mas católico imposible (o "catho" -con acento en la 'o'- sinónimo de carca para muchos belgas...)
Nada extraño si bien se mira porque tras casi veinticinco años de estancia aquí hace ya rato que llegué a la conclusión que Bélgica y en particular el catolicismo y la iglesia belga no dejaron de ser una caja de (malas) sorpresas para España y los españoles, católicos en su inmensa mayoría. Desde tiempo inmemorial sin duda; lo cual no es óbice que la situación se agravaría tras el desenlace de la segunda guerra mundial de todas todas.
España figuró entonces oficialmente entre los países neutrales y en la práctica en cambio entre los vencidos -por mas que el régimen de Franco no se viese sentado en el banquillo en Nuremberg-, algo que intenté (sin mucho éxito) explicarle hace unos meses durante una de mis cortas visitas a Madrid -en una de las jornadas Historia en libertad- a Pío Moa.
Bélgica en cambio figuró entre los países oficialmente ocupados durante la guerra, bajo una administración directamente dependiente del mando alemán lo que testimonia de un grado colaboración activa de la poblacion débil, si se compara por ejemplo con el que se daría en el régimen de Vichy que puso lo que quedaba en pie del estado francés y de sus instituciones al servicio de la colaboración con el III Reich (y su esfuerzo de guerra)
Lo que no dejaría de compaginarse de una forma u otra con la debilidad de la que se revistió igualmente el movimiento de resistencia en Bélgica en comparación con lo que fue la regla en Francia por ejemplo. Algo que se traduciría tras la guerra en un descrédito generalizado de movimientos que como el rexismo de León Degrelle -católico bautizado y practicante, él como el grueso de sus tropas- habían colaborado sin reservas con los alemanes (pagando así el pato del complejo de culpabilidad que muchos belgas arrastrarían hasta hoy de aquel período de su historia); y también en una generalización de una mentalidad de compañeros de viaje con el comunismo que saldría reforzada del desenlace de la segunda guerra mundial; en Bélgica no obstante en menor medida que en otros países europeos -y pienso por ejemplo en el caso de Italia o Francia.
Y el caso belga se vería ilustrado en el auge de un movimiento de resistencia, el Frente de la Indepedencia -una organización satélite del partido comunista- y de las manifestaciones que protagonizaría en la vía publica tras el final de la ocupación alemana invariablemente adornadas por la presencia de eclesiásticos vistiendo hábitos, en una estampas -de innegable impronta hispana- sin parangón en aquellos momentos sin duda en el resto de los países europeos.
Y le leí una vez al profesor Plinio, el fundador de la TFP un comentario en uno de sus artículo en el que venía a decir que las bases sociológicas del compromiso/histórico entre católicos y comunistas o entre el cristianismo y el marxismo tal y como vendría a propugnarse en los años que siguieron al concilio vaticano segundo, se verían puestas tras el paso por las carceles en Alemania y en el resto de los países de Europa bajo III Reich de católicos y comunistas en una experiencia compartida de cautiverio por unos y otros en los mismos sitios y al mismo tiempo. Lo que cabria apostillar con ayuda del caso belga que conoció, por tímida que fuera, una participación de los católicos en el movimiento de resistencia mas importante que en otros países; por la relevancia mayor del protagonismo eclesiástico aunque solo fuera.
El giro generalizado hacia la izquierda de las instancias eclesiásticas en el seno del catolicismo de los diferentes países europeos tras el desenlace de la segunda guerra mundial fue desde luego mayor si cabe en Bélgica. Lo que explica sin duda en parte que el protagonismo de la iglesia belga en el concilio fuera grandemente desproporcionado en comparación con su exigua importancia numérica.
"Los obispos de Centro Europa fueron al concilio a dar lecciones; los españoles en cambio a recibirlas" oí siempre en Ecône, como aquí ya lo dejé reseñado. Un dicho que denotaba cierto etnocentrismo -de cuño francés o franco/alemán si se prefiere- en la medida que subestimaba el peso y la influencia de catolicismos un tanto periféricos y demográficamente poco relevantes como el holandés y el belga (de innegable cuño hispnao el uno y el otro) Alfrink, primado de los países Bajos, y Suenens primado de Bélgica fueron vedettes indiscutibles de aquella magna asamblea en la que lo españoles -como ya aquí ya lo dejé escrito- brillaron (prácticamente) por su ausencia, por su silencio (obsequioso) que me diga.
Lo que no dejaba de ser un reflejo -en el plano de la política religiosa-, para ser justos y objetivos, de la condición de vencidos en la practica que seria nuestro sino tras el 45. Los belgas fueron protagonistas de gran brillo en la iglesia del concilio y del posconcilio (inmediato) El catolicismo español se vio en cambio relegado a un papel de cenicientas, de callados subalternos, grises y sumisos que no sabían ni se atrevía a decir ni esta boca es mía.
Y los belgas se aprovecharían sin duda -al nivel al menos de sus instancias eclesiásticas- para sacudirse el innegable complejo de inferioridad que les había dejado de secuela el pasado español por estas tierras, o si se prefiere su pasado propio marcado hasta hoy de una innegable impronta española.
Digamos que los belgas se pusieron a levantar la voz en el concilio y lo siguieron haciendo después; y los españoles entrarían y saldrían pidiendo perdón en cambio de aquella augusta asamblea; invirtiéndose las tornas al cabo de tres siglos y medio (tras el final de nuestra presencia en Flandes, a raíz del tratado de Utrecht)
Porque está claro que en la guerra psicológica que librarían Europa y el mundo entero al régimen de Franco tras el 45, el acoso (implacable, tenaz, encarnizado) del que nos veríamos particularmente víctimas de parte de las instancias belgas -y luxemburguesas- tanto civiles como eclesiásticas es un factor que sin duda no ha sido hasta ahora estudiado y analizado en su exacto alcance y proporciones.
Y lo que se vería plasmado en la negativa obstinada a nuestra solicitud de entrada en el mercado/común, que no dejarían de intentar una y otra vez a pesar de las repetidas negativas y fracasos unos detrás de otro los sucesivos gobiernos del tardofranquismo (mas o menos controlado por la Obra)
Y de esa indefensión o ese estar a la merced o al capricho de esos pequeños países (hispanos) daría cuenta también un detalle todo menos trivial y lo fue la ascendencia que adquiriría cerca de la reina Fabiola el cardenal de Suenes, primado de Bélgica y gran casamentero (egregio); y confesor hasta su muerte (todos oídos...) de su devota reina española.
¡Maestros consumados en el arte de la intriga los eclesiásticos belgas en el concilio y tras él sin desmerecer en nada o muy poco de la vieja guardia curial romano/vaticana! Y detalle todo menos trivial me lo brindaría también los primeros visitadores /apostólicos que el vaticano envió al seminario de Ecône pocas semanas después a penas de mi llega allí, fueran precisamente belgas, los prelados (que no obispos) monseñores Onclin y Deschamps (todavía me acuerdo de sus nombres)
Con lo que la iglesia, maestra de sabiduría y de prudencia, y dueña y señora de una vieja tradición bi/milenaria, demostraba no carecer en lo más mínimo de memoria histórica y de saber bien explotar llegado el momento -en un caso de tanta gravedad como del que le planteaba el obispo Lefebvre y su seminario tradicionalista, de una importancia tan crucial para el mantenimiento de su propia autoridad moral como canónica- esa linea divisoria que separaba fatalmente de antiguo el catolicismo francés (de raigambre galicana) y un catolicismo como el belga -flamenco o francófo no- que no podía ocultar ni enmascarar del todo su impronta hispana -anterior y posterior a la paz de Westgfalia y a la guerra de los Treinta Años- por más que lo quisiera.
El Vaticano, el propio pontífice según habrán informado los medios en los últimas horas estaría considerando ahora la imposición de graves sanciones al obispo de Brujas destituído. Se libra así no obstante de un proceso canónico por haberse visto prescritos los hechos (dicen)
El arzobispo Lefebvre -comparaciones odiosas- envuelto en su tiempo en un contencioso de natura disciplinario/doctrinal -de alcance pastoral más que dogmático no obstante- tuvo menos suerte que el obispo belga pederasta. Pero si no se adoptan ahora sanciones a la medida del escandalo producido la credibilidad ya bien maltrecha de las instancias vaticanas sufriría uno de sus golpes más duros.
El catolicismo belga es un barco a la deriva. A la medida sin duda de la situación política -de crisis e incertidumbre- por la que el país atraviesa. José Fontaine, socialista versión católico/belga, "lovanista" -antiguo alumno de la universidad de Lovaina, que me dió acogida en sus foros "republicanos" hasta hace unos meses cuando los deserté tras una polémica en la que la piedra de escándalo -una vez mas- lo seria el trato que se reserva de antiguo en los medios políticos belgas -a izquierdas como a derechas- al conflicto en el país vasco, ilustra sin duda mejor que muchos la particularidad católico/belga.
Y es curiosos y significativo que las discusiones de sus foros sobre temas de actualidad guarden ahora un silencio (de muerte) sobre la crisis de la iglesia católica en Bélgica. Como si no les concerniera.
¿A extranjeros pues -españoles me refiero, de preferencia- el salvar el honor en entredicho del catolicismo por estos lares? Me temo que no quede otra alternativa.
Miércoles, 30 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català