Las crónicas de Juan Fernandez Krohn

El miedo a la excomunión: arma secreta y suprema (vaticana) que dió cuenta del régimen de Franco

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¿Traicionó la Iglesia al Régimen?) (5)

El drama de los treinta y tres mineros chilenos atrapados, a oscuras y soportando elevadas temperaturas , en una especie de nido, de nicho que me diga, de aire -y vida- en las entrañas de la tierra a setecientos kilómetros de la profundidad en una mina de cobre y oro en las soledades del desierto andino de Atacama -el más desértico (y mas rico en minerales) del mundo- en el Norte de Chile tiene en vilo al país entero y también a la opinión publica a escala del planeta. La salvación, lo que aquí esta en juego.

La salvación individual y colectiva de un grupo de hombres unidos por el mismo destino colectivo. Una idea clave en todos los movimientos ideológicos del mas diverso signo que se sucederían en los dos últimos siglos a izquierdas como a derechas. Una idea primordial también fungiendo de piedra angular en las construcciones mas añejas de teología cristiana (y católica)

"Nos salvamos todos" me decía -con un retintín de desafío, y tenía razón en parte- una compañera de estudios en la universidad aquellos años, de apellido ilustre (calculo) por su abuelo militar de actuación destacadísima en la guerra civil a todas luces. Con lo que no venía más que a hacerse eco de una idea omnipresente en el ambiente de los tiempos que se vivían aquellos años del tardofranquismo y del posconcilio inmediato.

Y sin duda que ahí también como en la idea de "la vocación universal" y en no pocas otras que divulgó y puso de moda en el concilio vaticano segundo -en los países católicos al menos- se escondía un poso de verdad indiscutible. Y se trataba desde luego de una idea -esa salvación de todos- mucho más "prioritaria" que las nociones que le eran directamente opuestas o correlativas de la muerte (o del pecado) Y con ellas, otra no más prioritaria desde luego, a guisa de consecuencia (o de secuela) Y me refiero a la condena (eterna) y su corolario inmediato de las penas del infierno.

El diez y ocho de julio fue una grande gesta salvatriz que acabó librándonos de la Muerte (colectiva) a los españoles; a costa de la guerra y de la muerte (de muchos) He estado releyendo ahora el trabajo -valiosísimo por las fuentes directas de primera mano que en él se vierten- de los últimos momentos de la muerte de Onésimo Redondo, Caudillo de Castilla.

Onésimo Redondo, resurge hoy en la memoria entre las grandes figuras -oscurecida por culpa de la tiranía de lo políticamente correcto imperante en España en las últimas décadas- de la historia de la guerra civil en sus inicios. Por su papel destacadísimo y su protagonismo de primera magnitud en el triunfo y consolidación del alzamiento en la amplia zona territorial que tenia de principal centro geográfico Valladolid -cabeza entonces de la VII Región Militar-, convertida desde los primeros en la mayor base territorial, geográfica de la zona nacional.

Por su intervención decisiva desde lo micrófonos de Radio Valladolid en unas alocuciones de recuerdo imperecedero levantando la moral de los sublevados en los primeros momentos -en peligro inminente de derrumbe- y sobre todo por la sucesión de ordenes, consignas e instrucciones como ondas concéntricas que tendrían en su propia persona -único de los dirigentes falangistas de alto rango libre en aquellos momentos- el principal centro de difusión y de lanzamiento -en cooperación estrecha con el mando militar- transmitidas como señales eléctricas hasta los más remotos confines de la zona nacional en ciernes.

Hasta el punto que cabe decir que con su muerte Onésimo Redondo se llevaría a la tumba "la caja negra" -repleta de enigmas y de misterios- del triunfo del Alzamiento en la amplia región de León y Castilla la Vieja. Después de haber sabido conjurar los peligros y amenazas que se cernieron sobre desde los primeros momentos sobre los sublevados de colapso, y de fracaso y de derrota en definitiva, allí como en el resto de España.

Lo que pagaría con su muerte revestida de unas circunstancias de particular heroísmo como lo revelaría su viuda Mercedes Sanz Bachiller hace algunos años, poco antes de su muerte. El sacrificio de unos (pocos) por la salvación de todos: una idea que Umbral endosaba a la Falange primera y que le parecía propia del integrismo islámico.

Con lo que el bueno de Umbral ahí como en otros muchos lugares textuales de su extensísima obra no sabía lo que decía o más bien escribía por escribir que era la pauta primera -confiesa repetidamente por él mismo- de su trayectoria publica de escritor y periodista (y a mucha honra) y de su obra escrita.

Según una concepción histórica o mas bien de teología de la historia -que aquí puse en entredicho en mis ultimas entradas en discusión (correcta "fair play") con uno de mi contradictores- en vigor en el magisterio eclesiástico (y teológico) del la iglesia en las ultimos siglos el misterio/de/salvación se veria plenamente consumada una vez por todas en el monte/calvario, donde se puso punto final por ende, a la era de los aviadores (o de los salva/patrias)...Pero los tiempos se vieron cumplidos y no fuimos salvos reza -literalmente- el mismo texto evangélico (...)

Lo que explicaría la reacción de apartamiento del mundo que practicaron muchas sectas de los primeros tiempos del cristianismo. Con lo que venían a plasmar la frustración colectiva de "los decepcionados de la Parusía", como lo llaman algunos autores modernos (de sabor racionalista)

Y también el resurgir recurrente, intermitente a través de los siglos de movimientos de signo milenarista que anunciaban el advenimiento inminente -en tal día, tal año (para los videntes del Palmar creo que era 1971...) de la Parusía; a saber, la segunda venida de cristo a la tierra.

La Historia de la humanidad y de los países católicos siguió no obstante su propio curso durante veinte siglos, en una sucesión fatal e ineluctable de errores y de aciertos, de faltas individuales y colectivas, de hechos aciagos o heroicos y redentores, de catástrofes y de calamidades, de gestas y de epopeyas; de hitos históricos asociados a efemérides funestas o a otras en cambio de signo providencial, salvatrices, configurando así lo que el concilio vaticano segundo -en terminología protestante- llamaría "historia de la salvación" (de los hombres y de los pueblos)

Un vocablo y una idea con particular raigambre en el protestantismo si se piensa aunque solo sea en las invectivas de Nietzsche, hijo, nieto, biznieto y tataranieto de pastores protestantes contra "las experiencias de salvación" -atufando a "sedentarismo" y a "domesticidad"- de los pastores evangélicos (alemanes) de su tiempo.

La salvación es algo que se da en la historia de los hombres y de los pueblos, como ya hemos visto. Y decir que el 18 de julio fue una efemérides salvatriz en nuestra historia -y uso a drede el galicismo- tal vez le suena a blasfemia a algunos celadores de lo teológicamente/correcto, pero no veo cómo se lo podría calificar si no. Guerra y Cruzada de Liberación la llamó la Iglesia de su tiempo; quienes tenían potestad en la iglesia española de entonces para ello, me refiero.

Y en ese segundo termino ("liberación") de la denominación (canónica) repunta esa idea de salvación (terrena) que cierto magisterio eclesiástico se habrá empeñado en descalificar -y excomulgar- sobre todo en los últimos siglos.

El Alzamiento salvó a España de su disolución a y los españoles de verse en el trance de perder -para siempre- su integridad histórica individual como colectiva. Porque lo contrario, su fracaso y su derrota hubiera sido recaer en los círculos mas hondos del infierno en la tierra, como ocurriría ("grosso modo") en zona roja.

El infierno. La condena eterna. Piedra angular de todo una serie o cadena de interdictos que jalonan el desarrollo doctrinal y teológico de catolicismo a través de los siglos y al mismo tiempo el proceso histórico de la formación de la personalidad -sobre un doble plano psicológico y religioso- de los católicos y en particular de los católicos españoles, y en definitiva del "homo hispanicus" Y más en particular en los últimos siglos de decadencia.

Recuerdo -ya creo haberlo contado aquí- una conversación con un sacerdote ya de edad, coadjutor de una vieja iglesia -muy señera- del Madrid antiguo con quien iba a confesarme antes de irme a Ecône (principios de los setenta), que no hacía más que animarme a dar el paso hasta que un día lo encontré en un estado de desazón profunda y acabó confesándome que había cambiado de opinión.

Y fue que había tenido un sueño (místico) durante la noche y se había visto queriendo imponerse él mismo -como Napoleón hizo con la corona imperial delante del pontífice de su tiempo- la tiara pontificia, hasta que oyó una voz terrible que le conminaba desde lo alto con las palabras de condenación (eterna) del relato bíblico, "¡Apartaos de mí malditos, al fuego eterno! la lectura del sueño para él desde luego no podía estar más clara.

Y a partir de ahí comenzó a hacerme querer desistir de irme a Ecône. Y confieso que debió ser para mí -por más que guarde de aquel trance ya recuerdos un tanto vagos e imprecisos- un paso difícil y azaroso de dar, al precio de tener que conjurar y sacudirme de una manera u otra aquel miedo -contagioso como lo es el medo entre mortales- a las penas (eternas) del infierno, y desoyendo al final los consejos y las advertencias apremiantes de aquel santo/varón (hoy ya ha mucho fallecido)

Y hoy, tras veinticinco años de odisea -un término que empleó también siempre a drede, lo confieso- hace mucho también que llegué a la conclusión que la idea teológica del infierno -como dejó escrito Umbral, distancias salvas, refiriéndose al Paraíso en Pío XII la escolta mora y un general sin un ojo (...)- no es más que una figuración en definitiva -en su fase o etapa más acabada-, y es la que le inspiraría al ser humano en su condición de mortal ("viator) la experiencia de su paso por los infiernos de la tierra (...)

El franquismo, el régimen de Franco sobrevivió a la guerra civil, al maquis al bloqueo, al acoso internacional -teledirigido por las grandes potencias- y se vería no obstante al final (¡ay dolor!) vencido -sin lucha. Presa de un miedo o de un pavor o un espanto colectivo de raíz teológico/religiosa a las penas (eternas) del infierno que supieron inculcar en sabia dosis a todos los niveles del régimen -en sus más altas esferas como sus estratos más subalternos- las instancias y autoridades de la iglesia en sus altos designios de política religiosa.

Y fue eso, lo confeso, lo que acabó poniéndome en el disparadero contra la iglesia del concilio: aquel uso y abuso hipócritas -y obscenos incluso-sabiamente calculado de los temores y de las creencias colectivas de los españoles. Como lo ilustran un rosario o florilegio de frases -para la posteridad- en la boca de los mas altos representantes del ala clerical del régimen en el tardofranquismo y pienso en particular en Laureano López Rodó que no dudaba en evocar -e invocar (un tanto impúdicamente)- las penas del infierno en sus declaraciones (políticas)

España entera estaba contra el papa Montini; me refiero por lo menos a la España que ganó la guerra pero acabaron tragando todos carros y carretas y pasando por las horcas caudinas de la obediencia y sumisión ciega a las consignas y ucases y ultimátums vaticanos en asuntos puramente de política terrena, presas de un complejo de miedos y terrores de raíz religiosa que les inspiraba la más leve amenazas de exclusión o de excomunión y por ende a las penas del infierno (eternas)

"Extra ecclesiam nulla salus" (fuera de la Iglesia no hay salvación) El adagio canónico que ya cité aquí y la constelación de miedos que presidiría su simple evocación -como hubiera dicho el poeta- fue el gran protagonista de la agonía del régimen en los años del tardo/franquismo. Y Franco un "silencioso de la iglesia" -como lo definió a su muerte la prensa francesa ("silencieux de l'Eglise")- que había vencido a los rojos en la guerra cvil y desafiado el al mundo entero en la posguerra no se atrevió al finalcon Tarancón -por miedo a la excomunión- ni siquiera con el obispo Añoveros, provocador y separatista (...)

Y esa es -no le quepa aquí duda a nadie- la clave de la historia (secreta) del régimen en sus postrimerías y si se me apura de toda la transición desde sus comienzos: aquél miedo cerval inexplicable, irracional a la excomunión en las altas -con el fantasma sin duda de la caída de Perón y del peronismo aún bien vivos en las mentes, es cierto- que atenazó en los momentos decisivos al Caudillo -católico y bautizado.

Reflejo fidedigno en el fondo de un terror religioso en el pueblo/fiel a las penas (eternas) del infierno. Que acabó doblegando a los vencedores de una guerra que nos había librado o sacado precisamente a los españoles de un infierno en esta tierra. Más hondo e inaccesible aún que el refugio en el que se encuentran enterrados (en vida) los treinta tres mineros chilenos (...)


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