Las crónicas de Juan Fernandez Krohn

Los españoles descendemos de un pueblo de (antiguos) herejes, los Visigodos: asumiendo nuestra Historia

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¿Traicionó la Iglesia a Franco? (3)

(Fray) Enrique Rivera Montalvo, alias "Rivera de Ventosa", CFM (anagrama de la orden capuchina a la que pertenecía) ¡Válgame un santo de palo! decía, muy castizo, el ministro -trasunto en parte de Manuel Azaña- que recibía en su despacho a Max Estrella en las "Luces de Bohemia" valleinclanescas. Y otro tanto estoy tentado de exclamar yo ante este nombre que surge de pronto como un aparición o como un eco de ultratumba de "la voz" que me sigue (y me persigue) desde hace ya un rato en estas entradas de mi bitácora. Nunca oí hablar de él lo confieso.

He estado ahora no oblstante documentándome de urgencia en la red por cuenta de este capuchino nombrado profesor (ordinario) de la Universidad Pontificia de Salamanca en los inicios del concilio, y deteniéndome unos minutos en la lectura de un trabajo del profesor Canals, viejo conocido en cambio -por personas intermedias no obstante y con el que nunca me llegué a encontrarme en persona- y que me da una idea no digo del personaje del insigne capuchino ni de su obra pero sí del punto que lo ha traído aquí a colación ahora en estas entradas , y lo es un estudio suyo casi inédito; si se exceptúan círculos restringidos de eruditos en lengua española y revistas especializadas o especializadísimas en donde según leo vertió el grueso de su obra escrita.

Y era referente a la visión de la historia en la obra del abate Joaquín de Calabria (Joaquín de Flore) al que habrá dedicado algunos párrafos de mi anterior entrada. Joaquín (o Gioacchino) de Flore. Aparta de mi este cáliz. La gran coartada de muchos, de muy diferente signo en sus escritos y trayectorias. Hasta el punto que el jesuita (progre) francés De Lubac -una de las grandes "vedettes" del concilio vaticano segundo- escribió una obra exhaustiva en la que endosaba al monje calabrés el padrinazgo de prácticamente todo el pensamiento moderno desde la Baja Edad Media, incluídos Hegel y los hegelianos por supuesto (...)

Quiere decir que de Joaquín de Flore todos se abastecen de antiguo, a izquierdas como a derechas. Pero la principal coartada en relación con este autor medieval la sigue ofreciendo hoy como ayer su condena, que me diga la condena de sus escritos en materia trinitaria, precisamente en el IV concilio de Letrán, el mismo que instauro la inquisición pontificia "urbi et orbe" mucho antes de la española, lo que endilgaría a aquél un sanmbenito "in saecula saeculorum" de autor no propiamente hereje pero si sospechosos de herejía (para dejarnos de eufemismos) Por mas que su causa de beatificación se viera incoada hace unos años -bajo el papa polaco (...)- y que se viera incluido desde mucho antes hace siglos en la serie tan beatifica de las vidas de santos de los muy piadosos y nunca/bastante loados Padres Bolandistas (jesuítas)

Y "la voz" que me recuerda ahora esa condena se diría que no se hubiera visto él libre todavía tampoco de esa leyenda negra que acompaña a través de los siglos sin dejarlo ni a sol ni a sombra al monje visionario. El concilio aquél -viene a decir mi contradictor ahora- negó solemnemente que pudiera haber una fidelidad o lealtad (futura) cualquiera fuera de la iglesia jerárquica -tal y como lo establece el adagio eclesiástico "nulla salus"- como la que anunciaba Joaquín de Flore. Con lo que parece venir a darme la razón por paradójico que parezca.

Una iglesia que no tiene o que perdió -de antiguo- el menor sentido de la lealtad por no tener para comenzar una idea clara de lo que es la idea misma de falta o de traición (histórica) en esta tierra, difícilmente podría reconocer haber traicionado a Franco o a quien sea. Porque sería negarse a sí misma. Difícilmente el cinismo (teológico) podía llegar a mas altos niveles; es lo que cabe pensar desde luego (como mi contradictor parece reconocerlo)...

Si no fuera porque esa misma iglesia -en vida de Franco aún- se acusó y se puso en el concilio ella misma en la picota. Digamos que ni en su cinismo (eclesiástico) consiguen algunos ser (del todo) consecuente. "Los sectarios del Libre Espíritu -que sin duda reivindicaban como tantos otros la figura y la obra ("res nullius"...) de Joaquín de Flore- van siempre con prisa pero la Iglesia (de/dios) tiene todo el tiempo por delante" declaraba con sorna el inquisidor Nicolás de Eymerich (nombre catalán...) en la novela "El nombre de la rosa"

De todas formas -estarán aquí de acuerdo- la iglesia en tiempos del tardo/franquismo no era ya mas que una sombra de aquella iglesia omnipresente de la baja Edad Media, que había ido perdiendo poco a poco ese apelativo de "sociedad perfecta" que le reconocía un derecho canónico, hoy perfectamente obsoleto en el plano del derecho público) O dmgmos que se la iría dejando atrás hecha jirones al cabo de los sglos.

El padre Rivera de Ventosa -fray Enrique para sus más allegado me figuro- por lo que leo en las páginas del profesor Canals (un respeto) busco un justo/medio estudiando e interpretando a Joaquín de Flore un justo medio. Como lo buscaron en general los padres conciliares y asesores españoles en su gran mayoría en un concilio que para decirlo en crudo pasaba olímpicamente de ellos.

U lugar geometrcio o equidistancia por decirlo así entre la ortodoxia "bizantina" (de Nicea) y la modernidad, que para algunos simbolizaban las doctrinas o teorías o visiones (históricas y proféticas) de Joaquín d Flore. Lo que en sí seria elogiable si no fuera porque unos designios tan categóricos y ambiciosos se hubieran merecido mayor difusión de parte incluso del insigne capuchino -como en general el conjunto sus escritos de corte tradicional todos ellos por lo que leo- por aquello de no meter la luz bajo el celemín aunque solo fuera, y más aun en aquellos tiempos tan necesitados de idea y directivas y consignas claras como lo fueron los años -turbios y aciagos por tantos conceptos- del concilio y del pos/concilio. Ilustración -sin duda- de esa "zona de seguridad" (del magisterio) que su cofrade Santiago Ramírez -su colega en la universidad de Salamanca me refiero- invocaba (no falto de razones) contra la filosofía de ortega.

Pero el padre capuchino que aquí evoco, como el padre Ramírez -propulsado por el Opus años antes a una polémica en público con Ortega- y como sus demás homólogos (españoles), de la Universidad de Salamanca lumbreras tantos de ellos -como él-, como el padre Victorino Rodríguez (O.P) que conocí persnalmente, de manteo negro (de mangas blancas) dominico hundiéndose en la noche por la madrileña calle de Diego de León la última vez que le vi en mi vida a mediados de los setenta- acabaron como digo, por lo que se ve, resignándose una vez mas a su destino (secular) de segundones y mientras otros brillaban en las aulas conciliares ellos prefirieron seguir rumiando sus verdades a solas (por lo que fuera)

No soy un aséptico en estos temas, es cierto, todos aquí ya lo sienten o adivinan. Y más cuando se me cruzan viejos conocidos como el profesor Canals, catedrático de Metafísica -un respeto- de la Universidad de Barcelona en el tardofranquismo. El ilustre profesor catalán fue otro también de los que nos pusieron algunos jóvenes en el disparadero y luego ellos prefirieron ver los toros desde la barrera (...)

Y esa impresión no se va de mi -me comprenderán aquí- ojeando su doctas apreciaciones sobre Joaquín de Flore y sobre todo de una visión de la historia indisociable de la figura del monje medieval por mas que Canals lo nombre muy poco -¿la soga en casa del ahorcado?- en su artículo que estoy comentando. Y es la impresión sobre todo de unos escritos "a la defensiva" rezumando miedo (teológico) a meterse en camisas de once varas. O en otros términos a "toparse" con la iglesia como nuestro señor don Quijote.

Y no aviniéndose a abordar la figura -erizada de peligros y amenazas de descalificación (y aún mayores)- de Joaquín de Flore sin las barreras señalizantes del franciscano (conventual) Buenaventura; del otro lado de la barrera por decirlo así, en las querellas doctrinales encarnizadas que marcarían la Baja Edad Media europea.

Porque si estaba ya todo escrito -en la Historia de los hombres y de los pueblos- no había ya mas que echarse a la bartola -es un decir- y a esperar la Parusía como hacían los pobres videntes de Garabandal o de Palmar de Troya. O pasarse del lado de "los bárbaros" -"verbi gratia" del rojerío- como hizo o dicen que quiso (en el fondo) hacer el padre Llanos los mas incondicionales de sus apologetas.

Entre paréntesis se me ha reprochado aquí en alguna comentario -o suena a (gran) reproche desde luego- el haber estado de (muy) joven en Garabandal. No estuve allí pero sí en el Palmar -ya lo tengo aquí contado-, donde conocí en persona a sus principales videntes y no me arrepiento de haber seguido un tiempo aquella vía de escape que me ayudó a huir de la tesitura (dramática) de tener que acabar bajandome/los/pantalones -un decir (y con perdón)- delante los que marcaban la pauta del qué pensar y el qué sentir en la Universitaria madrileña de mi tiempo.

De todos formas no vi lluvias de hostias allí lo confieso, como otros dicen que vieron...por más que me llovieran (con perdón) mas tarde en mi vida -en cantidad- como aquí algunos ya saben o se imaginan. Me arredró no poco durante cierto tiempo, lo confieso, ese sambenito de herejía- o de sabor u olor a herejía (casi peor aún)- que arrastra el monje visionario que aquí vengo evocando.

Y era por supuesto algo muy arraigado -ese temor mío- en todos los españoles católicos en su abrumadora mayoría, pero a base de barruntar el tema -de lo hereje y de la herejía en la historia de la iglesia y de los países católicos- acabé llegando a la (saludable) conclusión que tenía algo que ver no solo con el dogma sino también con nuestra memoria histórica de españoles.

En su ensayo póstumo dado a conocer a finales de la década de los noventa "España germanos contra bereberes José Antonio", en su estilo y a su manera, ponía sobre el tapete la cuestión siempre crucial, siempre actual y debatida del ser histórico de los españoles y rompía al mismo tiempo -con efectos retroactivos- un tabú espesísimo que habrá reinado en el panorama cultural de la España de las últimas décadas en relación con nuestra filiación gótica herencia de los godos de la península. Para ser exactos, los Visigodos.

La filiación gotica de los españoles -no menos fuerte que nuestra impronta innegable berebere- habrá estado mal vista de antiguo en la intelectualidad española y digamos que lo sigue estando. Suena (o huele) mal, a racismo ario de cuño nórdico para dejarnos de eufemismos. El papel civilizador de los Visigodos no deja de ser no obstante mal que les pese más señalado y relevante a través de la historia de España en sus primeros siglos. Ortega se lamentaba en su "España invertebrada" que los visigodos cuando llegaron a España se vieran ya "alcoholizados de romanismo"

Por donde apunta -lo quieran reconocer o no sus partidarios y seguidores- el viejo complejo (de cuño franco/francés) de inferioridad , de segundones/espirituales, que arrastramos los españoles desde la noche de los siglos. A creer a Ortega deberíamos haber sido mas bárbaros y mas germanos como los Francos cuando se convirtieron en masa al catolicismo sin abjuraciones ninguna como loas de la España visigoda.

Y siempre me pregunté por qué a pesar de la lista interminable de los nombres de los reyes godos que hacían aprenderse de antiguo -a mi ya no me toco- a los niños en las clases de párvulos de las escuelas y colegios españoles la historia de los visigodos -y de los godos en general- sea tan mal conocida entre españoles.

Hasta el punto que la principal autoridad en la materia la sigue ejerciendo la obra monumental que les consagraría el historiador británico Gibbon. Recuerdo todavía el ligero temblor de emoción que producían en en mí unos párrafos de un autor francés -de derechas- qué ejerció un ferte protagonismo entre los partidarios de la causa de la Argelia Francesa evocando en una obra suya de titulo mas que evocador "El Occidente en peligro" la batalla de los Campos Catalaúnicos, donde los visigodos al mando del romano Aecio -atacando por el flanco derecho ya al atardecer- veccieron a los hunos de Atila, decidiendo así el destino de la civilización europea

"Se está haciendo tarde" escribía el autor francés -en tono apocalíptico- evocando aquel gran triunfo de la cristiandad europea en ciernes, aquella gesta (mayormente) visigoda. Como una especie de mención rehabilitadora de hondas resonancias en un francés, si se piensa que la nación francesa tal y como la gestaron los Francos nacería sobre las ruinas del Imperio visigodo. Vogladerunt -Vouillez en francés- es el nombre (casi inédito) que da en su historia monumental Ramón Menéndez Pidal aquella batalla desconocida de lo casi totalidad de los españoles y tan decisiva no obstante en nuestro destino y en la formación de nuestro ser histórico como pueblo.

Y la derrota visigoda pesada como una losa frente a los francos de Clovis (Clodoveo) es perfectamente reconocible en los orígenes (históricos) del complejo de inferioridad (nacional) que arrastramos los Españoles en relación con los franceses en muchos planos y en particular el religioso.

Porque el titulo mas alto del patriotismo del catolicismo francés -superviviente aún mas de dos siglos transcurridos desde la revolución Francesa- arrastra un innegable sello anti/hispano -nada de mas lógico si bien se mira- desde los mismos origines de la monarquía francesa. Porque los Francos tras convertirse en masa al catolicismo habían conseguido vencer -en la batalla que marcaría "grosso modo" para la posteridad las fronteras del Hexágono- a un pueblo invencible hasta entonces de antiguos herejes (arrianos), los Visigodos.

Y ese sello de herejía -de herederos de un pueblo de herejes (arrianos)- marcaría el destino de los españoles dentro del catolicismo y les legaría un sello -o tatuaje- de subalternaje (espiritual) indeleble. Y de ahí sin duda esa aversión instintiva aún entre muchos españoles a todo lo que suene de lejos de cerca a herejía o heterodoxia como la figura y la obra de Joaquín de Flore, como lo ilustra el que contradictor se sienta en la obligación ahora de recordármelo. Los franceses desde luego se anduvieron de siempre con mucho menos complejos y precauciones en la materia.

La iglesia en el concilio puso entre paréntesis el Dogma -a comenzar por el concilio de Nicea (...)- para abrirse al mundo (así lo explicaron sus portavoces al menos) Y nosotros los católicos españoles deberemos sin duda acabar poniendo entre paréntesis la historia oficial de los dogmas en los capítulos que mas directamente nos atañen si queremos acabar por encontrarnos de nuevo a nosotros mismos, al cabo de la larga pesadilla (interminable) de nuestra decadencia histórica.

(A fin de cuentas no me pesaría mucho mas el sambenito de hereje -o sospechoso de herejía- después de haber soportado durante casi veinticinco años la etiqueta -de ignominia- de asesino/frustrado en los medios)


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