
Se pregunta -¡lagarto, lagarto!- qué es "traicionar" esa Voz (de ultratumba) que me sigue fiel y un tanto incordiante a veces desde hace ya tiempo en mis entradas. ¿Lo dice de sí mismo todo lo que me suelta ahora, toda esa cargazón dialéctica -y teológica- de sus últimas respuestas a mi última entrada sobre la traición de la iglesia del concilio -¿donde le duele a él el zapato quizás?- al régimen de Franco, o mas bien por revelación infusa (no de la carne ni de la sangre, sino de la otra voz "que está en los cielos")?
Como sea, no quiero decir que este lector anónimo esconda a la Voz de su Amo pero está claro que no es la voz de un cualquiera (uommo cualunque) tampoco, sino un portavoz oficioso -mas o menos autorizado- de como la iglesia (en sus altas esferas) se/piensa -y se justifica a sí misma- en relación con España y los españoles y nuestra historia reciente de las últimas décadas desde la guerra y la posguerra inmediata. ¿La soga en casa del ahorcado?
Así lo parece desde luego el mencionar la traición de la iglesia del concilio entre algunos (de sus más fieles) Decía el profesor Plinio en su obra -de tan grandiosas pretensiones- "Revolución y Contra-Revolución" y refiriéndose al "pecado (histórico) de Revolución" (con mayúsculas) -que habría dado paso, según él, al mundo moderno esto es a la sucesión histórica por grandes etapas cronológicas del protestantismo, de la Revolución francesa y del comunismo (marxista)-, que siendo hijo del Diablo (con mayúsculas) para verse reconocido por su padre (espiritual) tendría aquél primero que negarse a sí mismo.
Y esperar -todas las distancias salvas- que la iglesia acabe reconociendo oficialmente su culpa (española) es tan vano como la esperanza que tenían algunos que una iglesia que había declarado "urbi et orbe" -para complacer a sus enemigos- que ya había dejado de ser madrastra -como decía que lo fue de antiguo- y que ya no iba a condenar más en lo sucesivo, no acabaría echando mano del arma (canónica, medieval) de las excomuniones en el postconcilio. Como lo hizo (...)
El pecado/original acaece dentro la historia. En eso estoy de acuerdo -siempre lo estuve en el fondo- con la teología (muy de su época) de Joaquín (Gioacchino) de Flore, al que ya evoqué en estas entradas. Cuando nadie se ocupaba de este autor medieval olvidado, el que esto escribe recorría monasterios y bibliotecas cual alma en pena buscando obras inéditas suyas como el "Tractatus super quatuor evangelia" -reeditado los años treinta en la Italia de Mussolini (...)- que acabé encontrando en las estanterías medio vacías de un convento franciscano en Argentina, en donde se destaca negro sobre blanco esa visión histórica que era la suya de la iglesia y del catolicismo y a la vez su enfoque teológico -y de lo mas claro para su época- de la Historia y en particular de la historia del Occidente europeo.
Y en ese sentido y con el aval del abate Joaquín (de Calabria) se pude hablar -por mucho que le escandalice a mi contradictor- de la Historia como justificación y tabla de salvación de los hombres y de los pueblos. No veo hoy muy claro que se pueda hablar de "un pecado de Revolución" de la Cristiandad medieval y sí en cambio -un paso que nunca se atrevería a dar el profesor Plinio- de una traición histórica de la iglesia del concilio en particular con España y los españoles y por extensión con el mundo hispánico o si se prefiere luso/hispánico (incluídos los portugueses y "luisiadas", de este y del otro lado del charco)
En una de sus cartas o epístolas mas enigmáticas y sibilinas habla el fundador de las TFP (s) de "los silencios apocalípticos de la Iglesia" en relación con el comunismo y en alusión sin duda al rechazo de los padres conciliares de renovar las condenas pontificas en la materia. Lo mismo podía haber dicho en relación con todo un pasado y con toda una Historia (propia) que la iglesia del concilio tiraría por la borda de pasto de tiburones y en particular la historia del catolicismo y de los grandes países católicos y más en particular la historia del Imperio español, el estado católico de mayor relieve que los siglos conocieron.
La cortada estaba pues lista y preparada para apuñalar por la espalda al régimen de Franco como lo harían; y la muchedumbre vociferante -vox populi, vox dei (a veces)- no se equivocaba en el fondo acusando de complicidad a Tarancón en el asesinato de Carrero Blanco (a manos de la ETA), en los funerales del almirante.
Y engañaba aún menos -a espectadores atónitos y un poco escandalizados lo confieso de lo que oían, como el que suscribe- la actitud cobarde del acusado-que no excusaba su edad (66 años entonces) -refugiándose en el hombro del Nuncio que le precedía a la salida. Y mucho menos el "vedettariado" (político/religioso) que protagonizaría poco después durante los años de la transición política.
A falta de pan buenas son tortas, se debieron decir en las altas esferas Y a falta de un referéndum sobre la persona del monarca -que borrara tantas cosas- no estaba de más una ceremonia de "sacro"/egregio de los tiempos de maricastaña. Descanse en paz Don Vicente Enrique (y descansemos todos)
Que habrá sido perdonando en el mas/allá porque -como en el relato/evangélico- otros arrastraban mayor culpa que la suya (...) La "Ciudad de Dios" peregrina (y combate) en la historia: de lo poco que queda claro tantos siglos después de lo que escribió -o no escribió- Agustín de Hipona. Y de lo que se haría eco un Ignacio de Loyola "primera/época" (anterior a los jesuitas) en su meditación sobre los dos Estandarte (o las dos Banderas)
Que vienen a la vez a reflejar el fondo de verdad que arrastraba -como todas las ideas o corrientes filosóficas o teológicas o ideológicas- el dualismo de los persas (maniqueos), anteriores a la dominación islámica (y a la revolución iraní por supuesto...)
El papa Montini antes de serlo era ya punto fuerte de la curia/vaticana en los tiempos del régimen fascista como aquí ya lo tengo señalado. ¿Sufrió mucho del anticlericalismo fascista tan magnificado -para la posteridad- por sus enemigos y detractores ? Hay motivos que permiten seriamente ponerlo en duda.
Tras el concordato del 29 -que creó, no se olvide, el Estado del Vaticano (que todavía existe)- la Iglesia volvería a ser intocable en la península italiana. Releo ahora -por fuerza un poco- sus principales datos biográficos y aprendo que el papa Pío XI le nombró para el puesto en un punto crítico de la historia de la guerra civil española (diciembre del 37)
De contrapeso sin duda al ascenso irresistible del cardenal Pacelli, el futuro Pío XII ,que guardaba (para sí) sin duda una visión de de política/religiosa y geoestrategia por así decir -desde un prisma vaticano- y en particular de la guerra civil española, distinta que su predecesor al que no dejo nunca de acusársele de indecision en el capítulo de nuestra guerra civil.
Hasta el punto que la postura del papa Pío XI no aparecería clara más que tras un año ya de guerra -y tras la cruenta y sangrienta persecución religiosa en zona roja de los primeros meses del conflicto- y por iniciativa de los obispos españoles con su carta colectiva que por una vez hicieron realidad el adagio de "que de Roma viene lo que a Roma va" en la medida que sólo con la publicación de aquel documento que se vería en los meses que siguieron suscrito por el conjunto del episcopado mundial se vería a la vez contrarrestada la indecisión en el seno del catolicismo a escala mundial reflejo en el fondo de la indecisión de su máximo representante/en/la/tierra.
Porque con la visión retrospectiva que da el tiempo y los diluvios que desde entonces se sucedieron está hoy mas que claro que hasta pasado el primer años de guerra el Vaticano -cediendo al final sólo bajo la presión de su secretario de estado Pacelli (futuro Pío XII- no se decidiría a apostar de una vez por la España de Franco.
Hasta el punto que testimonios hoy de libre circulación dan cuenta que Pío XI jugó siempre la carta del cardenal catalán (separatista) Vidal y Barraquer -envíado al exilio por la República (sin duda no sin contrapartidas, como no tardaría en demostrarlo) (...)- a quien tenía asignados sin duda los más altos destinos -dentro del aparato eclesiástico- en caso que la guerra civil hubiera acabado ganándola la República, como él preveía.
Y como lo ilustran las campañas de opinión pública a escala mundial que tendrían en el bombardeo de Guernica su señal de lanzamiento y de blanco predilecto los católicos del mundo entero en las que destacarían tres intelectuales franceses de gran brillo Maritain, Mauriac y Bernanos los tres oficialmente católicos (apostólico/romanos)...y "de derechas" (...)
Y en ese mar de fondo de reticencias y vacilaciones antes de tomar partido cabe reconocer sin margen de error la figura insoslayable del futuro papa Montini entonces numero dos de la diplomacia vaticana, en espera de ser tras la guerra mundial el numero uno (indiscutible) Las malas lenguas dejaron correr siempre desde luego que Pío XII lo apartó de su seno en el 54 por un delito de lesa (y alta) traición en relación con la iglesia del silencio a la que habría expuesto gravemente con sus intrigas.
Y por mas que no sintamos reacios a abordar ese tema tan caro a cierta tipo de literatura -del género del "Código Da Vinci otros títulos análogos- de ficción vaticana por llamarla así, y me refiero al espionaje de alto nivel entre eclesiásticos, está claro que el futuro Pablo VI sabía muy bien lo que se traía entre manos en aquellos tiempos aciagos de guerra fría y de posguerra española.
Y cabe atribuirle desde luego un protagonismo del primer plano en ciertos grandes hitos de historia eclesiástica contempránea de las últimas décadas (desde el 45) como lo fue la firma del protocolo/secreto -o más bien discreto- firmado por el cardenal Wyszinski en 1950 a la cabeza de la iglesia polaca con los representantes del régimen comunista que ya evoqué repetidamente en estas entradas. En el que por vez primera un alto representante de la iglesia católica reconocía y acataba por escrito -y oficialmente- la Razón (sic) de Estado", bajo un régimen comunista.
Y está claro que fue Montini, "el sustituto", quien hizo tragar a Pío XII un texto y un acuerdo tan indigeribles. Y que desautorizaba al pontífice en la medida que traducía la respuesta indignada del nacionalismo polaco herido por declaraciones de Pío XX referentes a los antiguos territorios alemanes del Este del Oder (hoy mayormente en territorio polaco)
Como está claro que serían siempre iniciativa de Montini en útima instancia los huevos de serpiente (y de la traición) que se irían poniendo despacito y buena letra en la política vaticana en relación con el régimen de Franco desde muy temprano -prácticamente desde el 45-, que darían todo su veneno unos años mas tarde tras el regreso triunfal del antiguo sustituto a la curia en tiempos de papa Roncalli (el bueno)
La Iglesia traicionaba a Franco o digamos que lo volvía a traicionar otra vez -como lo denuncia el personaje falangista de la novela guerra-civilista de Umbral "Madrid 1940"- ya en las honduras de la España de la posguerra, a mediados de de los cincuenta -como lo ilustra el "comunismo católico" (inflitrado entre los clientes de un club de jazz en la noche madrleña de entonces...) que denuncia el personaje citado en una de sus crónicas periodísticas por cuenta de su superior jerárquico, Juan Aparicio, todo poderosos director general de prensa (en la realidad de los hechos); antes del desenlace de la crisis de régimen del 56/57.
¿Cualquier parecido con la realidad pura coincidencia? Está claro que no, que Umbral fue no solo un falangista/valeroso de muy joven sino también -cual fuera su trayectoria posterior- un integrista anti/"progre" precoz con años adelantos al concilio y al pos/concilio, como es (super) fácil de probar y descifrar en su serie de novelas guerracivilistas.
Y está claro que "la iglesia que traicionó al Caudillo" (op. cit.) -en la guerra y en la posguerra- que denuncia el joven (falangista) Armijo/Umbral, llevaba un nombre propio por encima de cualquier otro. El del papa Montini.
Miércoles, 30 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Juan Granados
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Patricio Peñalver
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català