
¿Cortina de humo, el aborto -y la polémica en torno suyo- de una problemática engorrosa y desgarradora a la vez, resultante del escándalo provocado por la dimisión generalizada en las altas esferas de la jerarquía eclesiástica de la tarea que tradicionalmente se encomendó a la iglesia de guardiana y protectora de la infancia como rezaban la liturgia y los devocionarios antiguos? La sincronía -de cronología histórica- entre el larguísimo pontificado del papa polaco en el que se instensificaría a niveles nunca alcanzados por sus predecesores la cruzada antiabortista y los casos de abusos de niños por eclesiásticos que se extenderían y propagarían como la peste en el catolicismo "urbi et orbe" precisamente por aquellos años que fueron los de la era Wojtyla, es algo que no puede dejar de suscitar los más profundos interrogantes, sobre todo entre creyentes, se estará aquí de acuerdo.
Una tal desprotección de los niños ya nacidos y una preocupación a la vez tan obsesiva y obsesionante y fuera de lo comun -en tiempo y lugar donde quiera que se la enfoque- hacia los no/nacidos ya fueran niños a punto de nacer o fetos en un estado embrionario a penas. Dos pesos y dos medidas. Y el escándalo que habrá conmovido hace unas semanas al catolicismo belga y en especial al sector de la jerarquía eclesiástica de expresión flamenca –con la dimisión, envuelto en un escandalo de abuso de menores, del obispo de Brujas (nombrado por Juan Pablo II)- no deja de revestirse de una significación especial para españoles si se piensa que las instancias eclesiásticas flamencas desde los tiempos de la guerra civil española y del cardenal Van Roey primado (flamenco) de Bélgica se mostraron especialmente sensibles y receptivos al drama de "los niños de la guerra" expatriados fuera de España por los mandases de la república y del gobierno nacionalista vasco.
"Los niños de la guerra" habrán sido una las principales bazas (de guerra de propaganda) para los mentores e impulsores de la ley de la memoria histórica, en la medida que les prestarían la acusación mayor -de robo de niños- que no habrán dejado de lanzar a la cara a media España -y a los ojos del mundo entero- desde que se pusieron en marcha las campañas en nombre de la memoria de los vencidos ya desde los tiempos de José María Aznar, como lo ilustraría número tras número la revista "el Sol de Bélgica" que aparecio aquí en los meses finales de la era interminable de Felipe González y sobreviviría unos años a penas que fueron no obstante -casi en su integridad- los de la era Aznar (...)
Era una revista no tanto de actualidad española como más bien de la vida de los españoles en Bélgica con especial atención a los dos sectores sociológicos principales de españoles aquí residentes, los euro/funcionarios y sus familias por un lado, destinados en las diversas instituciones europeas con sede en la capital de Europa, y por otro o enfrente de ellos –en una posición y actitud de desconfianza cuasi beligerante- la comunidad emigrante de los sesenta -y sus hijos y sus nietos- y asimilados también o potencialmente asimilables a ellos en una u otra manera un núcleo de españoles exiliados o refugiados en Belgica con motivo de la guerra civil y sus secuelas y entre los que ocupaban una posición de destaque- por el papel desempeñado sobre todo en la política belga)- el lobby (que no era otra cosa) de "los niños de la guerra" (en Bélgica)
Lo que venía a suministrar así la coartada perfecta sin duda a los redactores administradores y responsables de aquél semanario -nacido con Felipe y que sobreviría con Aznar como por arte de magia, y obligados sin duda a nadar entre dos aguas-, de poder ocuparse, siempre o casi siempre con acompañamiento fotográfico, un numero sí y otro también de la suerte de "los niños de la guerra" ya ancianos (decrépitos casi) en la mayor parte de los casos.
Una tortura (china) de la gota de agua (casi a diario) la que nos infligieron a algunos sin duda. Así lo viví yo desde luego, lo confieso. Y fue sin duda por lo que acabaría reconociendo en mí mismo y asumiendo sin duda -o felix culpa!- una particular vocación en la materia, me refiero a la protección infantil, y en especial de la infancia desvalida o abandonada. A lo que sin duda me vería sensibilizado por el trauma colectivo de los niños desparecidos y asesinados que estallaría en Bélgica en 1996 (año clave) precisamente, y que seguí de cerca y en directo por así decir viviendo aquí.
La problemática de los niños de la guerra y su explotación en el plano político por los difusores y propagandistas de la memoria histórica de los vencidos de la guerra civil -como ya lo tengo explicado en varias entradas de esta bitácora- escondería durante décadas un síndrome (colectivo) de infancia abandonada que no dejarían de compartir muchos de aquellos. Secuela sin duda inevitable de toda guerra pero que en el caso de la infancia en zona roja cobraría unas dimensiones que no tuvieron en modo alguno sus equivalente en la otra zona.
Y desde este punto de vista se torna evidente que las campañas en pro de los niños de la guerra servirían de cortina de humo igualmente de una realidad histórica flagrante. Los nacionales no mandaron a sus hijos fuera. E ilustra esta temática de la infancia abandonada (de la guerra civil) el caso de un "niño de la guerra" al que aquí me habré referido ya varias veces, el escritor francés oriundo Michel del Castillo. Del Castillo huyó con pocos años de edad de Madrid al final de la guerra al cuidado de su madre, personaje principal de sus novelas y que había acabado de locutora de Radio Madrid (en poder de los comunistas) durante la guerra civil.
Se llevó al exilio a su hijo -de cortada más que otra cosa, como el propio interesado lo da a entender en sus escritos (y declaraciones incluso)- contra el parecer del resto de la familia, para acabar abondonándolo durante la segunda guerra mundial en una acera del bulevar Haussman, en pleno centro de París bajo ocupación alemana. Se seguiría para el niño una odisea interminable por campos de concentración hasta su repatriación a España por los propios alemanes y el reanudar de un recorrido itinerante a través de diferentes familias y centros de acogida a lo largo y a lo ancho de la geografía española.
Una experiencia que le dejaría para siempre traumatizado como se trasluce por demás en sus novelas pero no le legaría en cambio un sentimiento de rencor cualquiera contra sus sucesivos cuidadores o protectores en particular, ni tampoco contra la España de Franco (de la que se marcharía -para siempre- en la década de los cincuenta por voluntad propia) Lo que extraña sin duda a algunos a veces en tres el público extranjero (de lengua francesa)
El tema robo de niños (de la guerra) seria sin embargo esgrimido por el gobierno socialista desde la llegada al poder de José Luis Zapatero y en particular por el juez Baltasar Garzón de arma arrojadiza por así decir en la lucha política cotidiana. Y vendría a alcanzar un climax espectacular en el auto del juez etrella por el que se inhibía de la causa de los muertos y desaparecidos del "franquismo y de la guerra civil" y en el que recogía con gran extensión y detenimiento esos mismos cargo sirviéndose incluso de fuentes indirectas; de otros que se habrán ocupado antes que él del tema de la recuperación de niños de la guerra enviados fuera que sería llevado a acabo por el Servicio Exterior de la Falange- no de forma tendenciosa desde luego; y de los que tal vez hubiera cabido esperar una reacción a la utilización partidista y contraria a la verdad histórica que de ellas se permitía el juez estrella. Quien calla otorga.
La problemática de los niños de la guerra ilustra sobre todo la amnesia histórica de la iglesia española en relación con su memoria propia de carácter eclesiástico y no solo para con la memoria (histórica) de los vencedores de la que ella formó parte. Porque lo flagrante, y desafiante y provocador de esta polémica que aventaría sobre todo el juez Garzón con sus autos y diligencias -y en especial el que aquí he venido comentando- lo es la cortina de humo que viene a arrojar a la obra encomiástica en todos los órdenes que la iglesia y los católicos españoles llevaron a cabo en materia de protección de la infancia en la guerra y en la inmediata posguerra.
Y de esa presencia (bienhechora) de la iglesia española de entonces -del pontificado de Pío XII- daría testimonio en sus novelas precisamente un niño de la guerra, y me refiero a Michel del Castillo citado mas arriba quien evoca en algunos de sus relatos literarios -sin el menor rastro de sentimiento de acrimonia- su paso por centros o hogares bajo la tutela aeclesiástica tras su repatriación a España aún niño, y bajo los altos auspicios sin duda tanto de la Iglesia como de los servicios de la Falange Exterior (en colaboración con las autoridades alemanas)
Y de manera análoga a como la campaña de los recuperacionistas viene a empañar el buen recuerdo en la memoria colectiva de la iglesia de la guerra y de la posguerra inmediata, cabe decir también que la insistencia en el tema del aborto y las campañas repetidas hasta el agobio y la obsesión- en favor de los niños no/nacidos- viene en resumidas cuentas -en las prioridades y objetivos mas que evidentes de la política religiosa vaticana- a correr un tupido velo sobre ese fenómeno de dimisión flagrante en materia de protección de la infancia que le fue de antiguo especialmente encomendada y confiada, y de lo que episcopados enteros y casos repetidos y propagados hasta los mas altos niveles de las instancias eclesiásticas del catolicismo a escala del planeta se habrán hecho reos en los casos (escandalosos, recurrentes desde hace ya casi una década) de abusos de niños por eclesiásticos.
Y sin duda que cabe establecer un nexo/causal entre esos dos fenómenos -la campaña antiabortista y la de los recuperacionistas por cuenta de los niños/robados en la guerra civil- en la medida que la iglesia española -por lo general inocente en conjunto y en cada uno de sus miembros hasta ahora (salvo prueba en contrario) de esa triste lacra que contamina a eclesiásticos de otros países (incluso episcopados enteros)- se ve impedida de adoptar una actitud mucho mas enérgica en ese tema a riesgo de parecer como autoculpándose a los ojos de mucho.
Y es por verse en cierta manera rehén de una visión calumniosa de su propia historia en la guerra civil, que es la que proyectarían sobre ella ahora y entonces sus enemigos y tal y como se ve plasmado entre otros en el auto del juez Garzón aquí evocado por culpa del fenómeno de amnesia (histórica) del que e vería presa en sus mas altas esferas. En lo que viene a confortarlos -me refiero a esa actitud de amnesia- las campaña antiabortistas (una novedad en definitiva de la iglesia del concilio como ya vimos)
El "caso Umbral", la excepción que confirma la regla. En su ultimo libro "Amado siglo XX" -ya aquí evocado repetidas veces- se quejaba Umbral de abusos por parte de los eclesiásticos que frecuentó en su infancia en un contexto de indefensión y falta flagrante de protección de quienes se veían llamados más especialmente a ello, de causas y motivos complejos y particularmente excepcionales y atípicos que ya habré sobradamente explicado en estas entradas y en particular en el trabajo -colgado aquí también- que dediqué a sus novelas guerracivilistas.
En realidad Umbral gozó como todos los niños de su época y más aún en razón de condición anómala de hijo de padre desconocido, de la tutela bienhechora y protectora de la iglesia, y más aún de su solicitud atenta y en certo modo privilegiada.
Y en la novela en la que describe en detalle esa faceta particularmente ligada a la iglesia de su infancia -sus años de monaguillo- deja plasmado a la vez un testimonio fehaciente del sello que el catolicismo y en particular la iglesia española de la guerra y de la inmediata posguerra dejarían tanto en su vida como en su obra. Como lo ilustra -para la perpetuidad- el que sus cenizas acabaran siendo enterradas en el mismo nicho que guardaba los restos de su hijo (único) en el cementerio de la Almudena.
(Más elocuente que todos sus escritos –entre paréntesis- el mutismo de Umbral casi desde que nació la polémica sobre el tema de la interrupción del embarazo en la sociedad española –antes de la ley del 85- hasta el final de su vida...)
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El que comete una falta merece nuestro perdón si se arrepiente y manifiesta que no lo repetirá. Además de cumplir como cristianos eso nos libera de lastres emocionales. Lamentas que no te beneficien con esa oportunidad y arrastras el pasado como una losa, pero tú tampoco ayudas demasiado criticando el papado anterior en términos tan poco favorecedores. Mejor sería que dedicaras una parte de tu tiempo a trabajar por esa herida en el corazón de cualquier católico-la pederastia - y desde una postura clara de acatamiento a las luces nacidas del Vaticano II.
Sólo comentaré el título, para decir que, curiosamente, quienes más están luchando contra el aborto son personas laicas, casadas y con hijos y también... ¡tacháaannn...! personas agnósticas y ateas que atacan los postulados del aborto por considerarlos antiéticos.
Del artículo no comento nada, porque no lo voy a leer. Supongo que estará lleno de imprecisiones históricas que te podría rebatir, una por una, pero el día sólo tiene 24 horas.
Pero eso sí, espero que quede claro, diáfano y prístino que la gran mayoría de personas que luchamos contra el aborto y a favor del derecho a la vida, y contra el negocio de la muerte no somos ni curas, ni frailes, ni monjas.
No sé de lo que hablas. El mal más grande en toda mi vida que algunos me achacan no llegué a cometerlo (...) Saludos (y lávate la boca)
¡¡¡ Que bien estás fuera, cacho cabrón. !!! LO malo es que no regreses a España y te encuentres donde tienes que estar, entre los tíos más grises, paranoicos y asquerosos de la unión europea. En tu vida hiciste mucho mal, con este blog que te agenciaste sigues en las mismas, renegando de aquello que te han enseñado : CARIDAD . Renegando de aquello que te fue impuesto: EL SACRAMENTO DEL ORDEN. Y... probablemente no reniegas de tu madre porque ni la conoces. Púdrete ahi, con los grises, so cabrón.
Miércoles, 30 de mayo
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