Las crónicas de Juan Fernandez Krohn

El ejército y la ley de la memoria histórica (respuesta al general López Rose)

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Las declaraciones del general jefe del estado mayor conjunto en materia de Memoria histórica no pueden quedar -de justicia- sin respuesta. He estado consultando la biografía del general López Rose y compruebo que somos de la misma quinta, mas aun nacimos con una diferencia de días; lo que me quita de de entrada como una montaña de inhibiciones (y complejos) a la hora de ponerme a redactar esta entrada en respuesta a sus declaraciones por lo menos polémicas y llamadas sin duda a plantar el árbol de la discordia. No es solo la edad lo que me acerca del general jefe del estado mayor conjunto sino también mi condición de hijo de militar crecido en barrios de casas militares.

El militar español que arrastra fuera -hay que reconocerlo una imagen políticamente tan incorrecta de antiguo- se caracterizaría también de antiguo por un apoliticismo inquebrantable que se vería plasmado y a la vez justificado en una adhesión incondicional al anterior jefe de Estado. Sigfredo Hillers sobre el fraude del régimen actual -en la conferencia que aquí evoque hace unos días- evoca en términos muy gráficos y convincentes ese apoliticismo del ejército español que fue la gran baza de Franco en el afianzamiento de su liderazgo a la cabeza de la jefatura del Estado y en su mantenimiento en el poder tantos años hasta el momento de su muerte.

Y eso explica sobre todo -como lo recuerda Sigfredo- ese hacerse el "harakiri" de la institución castrense en bloque a la muerte de su jefe que rodeaban de unos sentimientos de veneración sin otros parangones históricos que la "devotio ibérica", a saber los lazos de lealtad y de afecto incodicionales que mantenían con sus caudillos los íberos de la Península.

En la Leyenda del Cesar Visionario la figura del militar franquista que resumía sus convicciones políticas en unas cuantas ideas muy simples y elementales y sobre todo en una devoción incondicional al caudillo Franco se ve encarnada en una de los protagonistas, Víctor, el capitán destinado en oficinas militares, que detesta casi por igual a rojos y a falangistas o digamos por lo menos que experimenta una aversión insuperable a una idea de la Falange que encarnaría -en la novela y tambien en la realidad de la historia de la guerra civil- el grupo de "los laínes"; que "no hacían mas que crear problemas al Caudillo" El caudillismo incondicional o "devotio ibérica" se vería sobre todo encarnado en la figura del almirante Carrero Blanco, víctima ahora a titulo póstumo de la ley de la memoria histórica como lo habrá denunciado su propia hija.

Una devoción incondicional hay que reconocer que acabaría pagando con la vida. Y que ofrece sin duda clave de explicación suficiente del antifalangismo declarado del almirante asesinado, hombre de honor y de convicciones no me cabe la menor duda. Su jefe era Franco; España para los militares de la vieja escuela se identificaba con Franco tambien y al morir Franco se diría -como lo señala Sigfredo- que murió también para ellos una cierta idea de España y de la patria que habían jurado defender hasta la última gota de su sangre. A los militares tal vez no se les pueda exigir opiniones u opciones políticas -y bien que lo aprendieron a sus expensas el grupo de la UDM- pero el imperativo de memoria les atañe igual que al resto de los españoles y mas si cabe en la medida que la Milicia es garante principal de la memoria heroica de todo un pueblo.

No se le puede pedir desde luego el mismo grado de compromiso en la materia a un militar español que a un profesor de matematicas o que a un eclesiástico desde luego. La legitimidad histórica del diez y ocho de julio, es el concepto clave, la fórmula irrenunciable, como lo recordó oportunamente José Antonio Girón en los meses que precedieron a la muerte de Franco, desde su cargo de presidente de la Confederacion Nacional de Excombatientes. Porque si para el ejército francés el modelo de referencia supremo lo era y sigue siendo (en cierto modo) "la grande Armée" de Napoleón, para los militares españoles lo sigue siendo el ejército de la Victoria.

Y se diría que fracasados en sus objetivos esenciales en el plano de lo desenterramientos los mentores de la ley funesta de la memoria/histórica (de los vencidos) se hayan replegado estratégicamente y concentrado en objetivos de valor simbólico con no menos importancia estratégica en el plano de la guerra psicológica, en su capacidad de sembrar la semilla de la discordia y del encismamiento entre españoles. Tuvimos que tragar -nada mas acceder al poder el actual equipo socialista- la defenestración de la estatua ecuestre de Franco, y le siguen ahora sus principales compañeros de armas en la guerra y en la victoria.

Fue el turno hace unos meses de Yague -el militar falangista que no dejo de ser leal a Franco-y ahora le toca a Carrero Blanco y sobre todo al general Millán Astray el fundador de la Legión y compañero inseparable de Franco sus años de servicio en el Norte de África. Millán Astray es una figura de talla histórica que rebasa con creces lo limites estrictos de lo castrense; y el mismo Umbral tras la caricatura que de él vierte en sus novelas guerra civilistas no dejaba menos de rendirle vibrante -y sentido- homenaje (como un padre de reemplazo...)

El ejército es garante el orden y del cumplimiento de las leyes como lo es de las órdenes en su ámbito interno castrense. La orden injusta se acata pero no se cumple, reza no obstante el viejo adagio militar que siempre oí en mi medio familiar como moneda en curso entre militares. Y está claro que la ley de la memoria histórica es una ley injusta que no hace mas que perpetuar o continuar ese fraude (a la ley) que denuncia Sigfredo Hillers en el régimen actual que procedió -para su puesta en funcionamiento- a "una voladura controlada del régimen de Franco" en violación total de unas Leyes fundamentales que habian jurado solemnemente todos los que se verían comprometidos directamente en aquello.

La ley de la memoria histórica por su fuerza de encizañamiento ofrece parangón (total) con la ley de Azaña sobre la reforma del ejército que sembraría la semilla de la discordia entre militares y prepararía los espíritus al enfrenamiento armado, como lo ilustra que muchos de los jefes militares que participaron en el alzamiento y en la guerra civil del lado de Franco se encontraran entonces en situación de retiro, víctimas de la ley de Azaña.

El jefe del estado mayor conjunto es un militar, pero su nombramiento no deja de revestirse de un significado político innegable. Son nombramientos no en en virtud de ascenso por escalafón sino por designación del ejecutivo. Y en el caso que nos ocupa, el general López Rose debe su nombramiento a la ministro de Defensa, la socialista Carmen Chacón, miembro del ejecutivo y como tal (co)artífice de la ley funesta. Divide y vencerás, vieja táctica del arte de la guerra. Y está claro que el PSOE como tal heredero -hasta en sus siglas- de uno de los beligerantes de la guerra civil del lado de los vencidos.

Un cuerpo extraño pues a la institución castrense que intenta controlar y neutralizar por vías múltiples sin excluir o descuidar la táctica de la provocación o de la división entre sus miembros. En los años de la transición hubo sanciones de militares por practicar el antiguo ritual simbolico en efemérides señaladas relacionadas con la historia de la guerra civil.

El 23-F sobre todo creo una factura profunda en el seno de la fuerzas armadas que el fracaso de la intentona y lo que se siguió contribuyó sin duda a cerrar (a la larga); pero es obvio que las cicatrices no desaparecieron y que llegado el caso duelen, como sin duda ahora ante la noticia que se evoca en la entrevista concedida por el nuevo jefe de estado mayor, de un miembro de la institución que habrá sido sancionado por oponerse a la aplicación de la ley de la memoria en el caso de la estatua del fundador de la Legión en la Coruña.

La vía del enfrentamiento interno se ve erizada de amenazas y de peligros para los que se deciden a recorrerla como parece ser ahora el caso del nuevo jefe de estado mayor que en estas su primeras declaraciones a los medios habrá aprovechado sin duda para anunciar en sus lineas generales cual va a ser su linea de conducta. En Chile, durante la experiencia marxista de Salvador Allende, la cúpula del ejército se empleó a fondo en una táctica de división de la institución castrense siguiendo las consignas del poder político, en lo que se reveló una táctica suicida que acabo volviendose contra sus instigadores y principales ejecutantes.

La ideología (democrática) reinante en España (hasta hoy) desde los tiempos de la Transición política habrá hecho creer a los españoles que la intervención del ejército por su cuenta y riesgo en la política nacional es algo que pertenece definitivamente al pasado. Hay un caso no obstante lleno de significado por muy atípico que pretendan presentarlo y es el caso de la Turquía donde el Ejercito se erige en permanencia de garante y guardián de unos principios inamovibles incluso, desde hace casi un siglo, llegado el caso frente al poder político; y de hecho habrán protagonizado casos flagrantes de intromisión que no parecen crear mayores problemas a los garantes supremos del orden democrático en los países de la UE. Los españoles no nos vamos a dejar arrancar la religión de la patria que llevamos todos dentro unos de forma mas conscientes que otros por mucho que el ejecutivo nacional se empecine en su tarea de denigramiento de la memoria (heroica)

Y el jefe del estado mayor lo debería pensar dos veces a la hora de emprender una política de aplicación de la ley funesta en el ámbito de las instituciones castrenses. El 23-F dejo trazas -aunque solo se por la imagen tan deteriorada con la que emergería el monarca actual de aquel trance-, y nadie puede hacer creer al conjunto de los españoles que llegada otra situación critica como la de entonces el ejército español va ofrecer el mismo grado de adhesión que del que hizo gala entonces, no por cuenta de la constitución vendepatrias del 78, sino muy por el contrario -como lo habrá recordado Sigfredo- en virtud del testamento de Franco, que se ve cubierto (y mancillado) hoy por la sombra del perjurio egregio hacia todo lo que habia jurado entonces.

La política militar no debe ser -o debe dejar de una vez de serlo- tema exclusivo de militares como siempre lo fue (en los tiempos de decadencia) y que cae ahora como fruta madura, por la vía de la dimisión colectiva, en manos de una camarilla enemiga del ejército, de sus miembros y de todo lo que la institución representa. Y lo mismo que en esta entrada se habrá reivindicado una recuperación para España de la política religiosa lo mismo se impone de la política militar, y mas aún en el capítulo de política/militar relacionado con la memoria histórica.

La Falange por razones indisociables de la personalidad de fundador y de sus orígenes familiares se abstuvo desde el principio hasta el final de su trayectoria durante la república en temas militares, si se exceptúa en dos ocasiones, tras la revolución de octubre -"carta a un militar español"- y ya hacia el final justo antes de estallar la guerra civil "la carta a los militares de España" de Jose Antonio (y la carta de Ramiro en los inicios de sus trayectoria al comandante Ramón Franco)

Pero es obvio que el tema de la memoria nos atañe y mas si cabe al ejército en su conjunto, guardián de la memoria heroica. Y no vamos a estar callados, de eso puede estar seguro el general López Rose. Ni va a conseguir -por mucho que lo pretenda- imponer el silencio entre sus filas; de eso puede estar más seguro todavía.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por esobi 03.02.10 | 03:48

    Ostras Pedrin!

Domingo, 19 de febrero

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