Otros campos de Castilla. Parte I. Contra la leyenda negra castellana. Segunda entrega

“Otros campos de Castilla. Parte I: Contra la leyenda negra castellana”, libro de 248 páginas de Juan Pablo Mañueco, que será distribuido en septiembre, 18.

Prólogo/Ensayo de 61 páginas “Contra la leyenda negra castellana”. SEGUNDA ENTREGA en la que ya se va entrando más en materia.

Gerardo Diego, más extenso en geografía y tonos, y autor del mejor poema sobre Castilla del siglo XX

MÁS EXTENSO EN GEOGRAFÍA castellana descrita y más rico en tonos a lo largo de toda su producción literaria que Antonio Machado es cosa mensurable, ponderable y analizable en la obra de Gerardo Diego. “Mejor poema”, en cambio, constituye cuestión subjetiva y por tanto discutible. Muchos buenos poemas se escribieron sobre Castilla en el siglo XX e incluso yo podría inclinarme por otro distinto al que voy a proponer para ese título.

Pero en este momento me inclino por “Castilla milenaria” del propio Gerardo Diego, por amplitud de versos, por entusiasmo castellano que destila en cada estrofa y porque ensalza bastantes aspectos de la cultura castellana:

CASTILLA MILENARIA

Mil años ya, Castilla, madre mía,
y tu frente de reina persevera
tan niña y clara como el primer día
cuando a Santa María
rezabas desde el Castro de Valnera,

mientras tus ojos, faros de dulzura,
rodeaban los rumbos de tu rosa:
Mar de Cantabria, el Pas en su angostura,
las brañas, la llanura
más allá de Espinosa, prodigiosa.

¡Oh, tierra de mi sangre y de mi entraña,
tierra de mi apellido y mi semilla!,
¡oh, bendita de Dios, verde Montaña,
profecía de España,
prenda eterna de luz, alta Castilla!

(…)

“Tierra inmortal, Castilla de la muerte.”
Jamás, Castilla de la siempre vida,
Castilla del castillo de la suerte,
ciego, invisible, fuerte
sobre la ruina dócil y ofrecida.

Ruinas en flor, castillos de Castilla,
sus pétalos, crujías y dovelas
huelen a sol y a luna, y a su orilla
muerden hierba amarilla
polvorientas merinas paralelas.

(…)

Así es como te quiero, fresca y verde,
Castilla de mis libros escolares,
cuando la honda mirada se nos pierde
-¿quién que no lo recuerde?-
más allá de los siglos y los mares.

Estampa de color de mis niñeces,
acariciadas luego en la memoria.
Cotas y aljubas, grebas y jaeces.
¡Dichoso yo mil veces
que no aprendí otra patria ni otra historia!

Es Fernán a caballo -arnés tranzado-
y el rey -sayo de seda- en la ventruda
mula, y la arena del revuelo vado
salpicando el violado
rostro de crasitud que se demuda.

Luz de mañana azul. Santa Gadea.
La palabra de Alfonso, oscura y grave,
el ceño de Rodrigo. Lisonjea
el sol y se recrea
aurivolando en diagonal la nave.

Allá Torre del Oro se levanta,
roja de alegre sangre y azulejos,
y un botalón de nao se adelanta,
las cadenas quebranta
y el Betis se bautiza de reflejos.

Consulado de Burgos. Raudas quillas
-curvan costillas las atarazanas-
atropellan Sanlúcares, Sevillas,
y en bordadas de millas
fuerzan las aguas del Estrecho canas.

(…)

Reina Isabel ahora escucha y calla.
Un extraño hombre en pie la frente inclina.
Habla tan mesurado. A veces falla
la voz. Muestra y detalla
con un compás la carta azul marina.

(…)

¡Oh, lengua entre las lenguas ensalzada,
latín filial, honor del universo,
clara plaza de armas, paz ganada,
hogaza codiciada¡,
¡oh, sangre noble de mi noble verso!

Por ti, Castilla es reina invulnerable,
por ti es eterna España ola tras ola,
siglo tras siglo, eterna e inviolable,
donde quiera que hable
hembra o varón fonética española.

(…)

Nadie elige su cuna. Mas la mía
en un raigón de castellana muela
me brezaba y mi padre aún se adormía
a la aérea porfía
del cuévano nevado de la abuela.

(…)

Álamos de Arlanzón, olmos de Arlanza,
aguas tajando hoces de hondas cuevas,
páramo gris, sediento de esperanza;
la vista que no alcanza
los horizontes de fronteras nuevas.

Olores: heno seco y amarillo,
la dama rosa del escaramujo,
áspera aliaga, orégano sencillo
y el leñoso tomillo
que el borceguí del cazador tradujo.

(…)

Castilla impresa en todos mis sentidos,
viniendo a mí, empapándome yo de ella,
Castilla en frutos, palomares, nidos;
los frescos estallidos
del viento en su basquiña de doncella.

Otros campos de Castilla

EN OTRAS PARTES, DESDE LOS AÑOS 80, por escrito, en conferencias o en conversaciones orales he mantenido esta “herejía” de que Gerardo Diego describe mucho más extensamente y mucho más objetiva, enamorada, jovial y placenteramente Castilla que Antonio Machado. Me he ganado casi siempre con ello la inquina y la antipatía de quien me ha escuchado o leído sostener esta teoría, que sin embargo me parece harto veraz y defendible.

Ahora voy más allá y publico un libro que se titula “Otros campos de Castilla”. Con ello quiero decir que doy por buena la visión machadiana de Castilla en el aspecto paisajístico, pero no del todo. La Castilla machadiana existe, aunque no es la única, y además es sumamente incompleta. Aquí se prestará atención a lo otro, a lo mucho otro, que no está descrito en la Castilla de Machado.

En cuanto a la interpretación histórica y al papel en España de Castilla, se verá que sí soy bastante más discrepante en mi interpretación y exégesis de Castilla ante la apreciación y versión de Machado.

A Antonio Machado y a toda la Generación del 98 no les interesaba Castilla por sí misma, sino como un espacio de reflexión para entender España, tras la convulsión de 1898.

A mí me interesa mucho, y desde siempre, Castilla por Castilla, por ella misma, además de ser un componente necesario –hoy no tenido en cuenta ni como este concepto tampoco- de España y de Europa. Y una cultura esencial en el planeta.

Sé la animadversión que ello me va a granjear entre los machadianos acérrimos, pero creo estar cargado de razones que puedo probar y además me anima a ello comprobar que, por lo general, quienes más se han escandalizado de mis opiniones sobre esta cuestión han sido personas cuya cultura literaria se reduce a Machado.

No olvidemos que Antonio Machado es autor de lectura obligatoria en los estudios primarios y secundarios españoles, y a menudo el único autor al que se ha obligado a leer a quienes NO se les va a ocurrir leer nada más de poesía durante todo el resto de su vida.

Pero a Machado sí lo leyeron, como quintaesencia de la poesía y como presunto inmejorable “cantor, captor y captador” del alma de Castilla, e incluso tuvieron que hacer algún trabajo de clase al respecto, glorificándole si querían obtener una buena calificación al respecto.

Por eso es tan complejo, arriesgado y hasta inútil intentar nada que suene a critica a la visión castellana de Machado: no cala, porque con frecuencia es la única formación poética del alumno español que salió de las aulas sin otras lecturas ni referencias que las del poeta sevillano.

Quejas de los sorianos a Machado en 1912, aplausos encendidos y acríticos en 1932

LA CRUEL, AGRIA, ACERBA Y NEGATIVA visión de Soria y de Castilla –en magníficos versos, eso sí- que aporta Machado en muchos momentos –casi todos- de su obra no fue bien recibida en esta provincia en 1912. Hubo quejas por la dura imagen de los castellanos que fomenta el libro, así como por la sequedad del paisaje que describe.

En cambio, veinte años después, en 1932, la mitificación del libro y del poeta ya se había producido… De forma que Machado les volvió a decir lo mismo cuando las autoridades sorianas decidieron homenajearle con el título de Hijo Adoptivo de Soria.

Antonio Machado remarcó y mantuvo su imagen personal sobre Soria: las tierras de Soria son páramos, pero son lo más espiritual de la espiritual Castilla, les dijo. Y añadió:

“Nada hay en Soria que asombre o que brille y truene. Todo es sencillo, modesto, llano. Contra el espíritu redundante y barroco que sólo aspira a exhibición y a efecto, buen antídoto es Soria, maestra de castellanía, que siempre nos invita a ser lo que somos y nada más. ¿No es esto bastante?”

En definitiva, nada llamativo en estas tierras llanas y humildes, pero tienen mucha alma… Esta vez, Machado -al menos- se ahorró aclarar que esta alma es un alma cainita y parricida, como se detalla y reitera detenidamente en el libro del homenajeado.

Los aplausos de las autoridades y asistentes fueron ensordecedores. Antonio Machado era ya un mito, dijese lo que dijese y hubiese escrito lo que continúa escrito en letras de molde, para quien quiera leerlo sin glorificaciones.

Confirmación de que ni al 98 ni a Machado les interesó Castilla por sí misma

Y AÚN VOLVIÓ A AÑADIR por dos veces en su breve discurso de agradecimiento una idea clarificadora, que ya hemos señalado, pero que, como él hizo, conviene recalcar para quien aún no lo haya comprendido:

“Si algo me debiera a mí Soria, sería muy poco en proporción a lo que yo le debo: el haber aprendido en ella a sentir a Castilla que es la manera más directa y mejor de sentir a España”

Y:

“Soria es, acaso, lo más espiritual de esa espiritual Castilla, espíritu a su vez, de España entera”

Nada en sí misma. Tierra de paso al servicio de una tierra mayor: España, que le responde con el olvido, la marginación, la despoblación y la postergación de sus intereses.

Espíritu -cada vez más flaco, despoblado y vacío en lo demográfico- de la tierra española, que engorda materialmente –sobre todo la “triespañola”- con el debilitado cuerpo espiritual de la tierra desatendida y desentendida, incluso por sus presuntos mejores cantores.

Si en “Campos de Castilla” se identifica el espíritu de estas tierras (de España, en realidad; aunque se escoja Soria para ubicar tal canto) con el de Caín, la realidad económica (la realidad real de los tres últimos siglos de España) indica que el espíritu cainita y fratricida anidaba y anida más bien en Triespaña.

En Soria y en la inmensa mayoría del territorio castellano lo que se alojaba entonces y se sigue alojando ahora, digan lo que gusten los impíos, crueles e inexactos versos de Machado, es el espíritu abeliano.

La imagen amarga, pesimista y negativa, que ha cuajado. Palabra sobre el tiempo

LA PECULIAR SORIA DEL PESIMISTA Machado –por carácter personal y por época en que escribió su libro, el abatimiento nacional posterior al Desastre del 98- ha pasado a ser la asimilación fija y establecida como canon duradero de todas las generaciones de educandos españoles, como el supuesto único espíritu de Castilla: el machadiano.

No “palabra en el tiempo”, como había propuesto Machado en una soleá o tercerilla publicada en “Nuevas Canciones” (1924) que había de ser la poesía y la literatura, sino que la Castilla de Machado se ha convertido en “mármol duro y eterno”.

Y precisamente por las otras dos cosas que niega en esta soléa deba tener la poesía, y la suya las tiene: “Ni música ni pintura”… Musicalidad -lenta por lo general- y bella rima siempre sí aloja la poesía de “Campos de Castilla”. Y también aporta y ofrece pintura, pero es una pintura triste, seca y parda, que amohína e incomoda el alma.

Intentaré que la palabra de Machado recupere su valor temporal, de época y de persona, y que Castilla se libere del mármol duro y eterno en donde la ha enfoscado el vate de Sevilla, hasta el punto de que no deja ver otra.

He escrito y analizado este fenómeno, como digo, desde los años 80. Por eso, no referiré nada ahora mismo de lo que ya he escrito al respecto. Remito a libros como “Las raíces de un pueblo”, “Diez castellanos y Castilla” o “Castilla, manifiesto para su supervivencia” para quien se interese por este aspecto de comentario crítico a Machado en su visión de Castilla.

También a una obra de teatro, titulada “Con Machado, esperando a Prometeo” que se sustenta precisamente en un diálogo continuado entre Antonio y Gerardo sobre el siglo XX español y sobre la visión de Castilla que cada uno representa.

Y también a mis propios libros poéticos ya publicados sobre Castilla, como son: “Castilla, este canto es tu canto”. Partes I y II. “Donde el Mundo se llama Guadalajara”, “Guadalajara, te doy mi palabra”, algún libro de la serie “Cantil de cantos”, y otros

Sí reseñaré que estas tesis, las críticas a la Castilla machadiana, supusieron uno de los puntos de acuerdo básico de unos intelectuales ya formados y con magnífica obra escrita y un joven que se aproximó a ellos, a principios de los años 80, con bastantes menos años y sólo algunos artículos de prensa y un libro que los recogía –yo mismo-…

Aquellas personas compusieron –compusimos- la “Generación castellana de los 80”, de la que más adelante se tratará, ya en el corpus poético del libro.

La visión machadiana de Soria (Castilla) ni siquiera es machadiana, sino de la Generación del 98, de la que supone su cumbre poética

PENSÁBAMOS YA ENTONCES QUE el decaimiento generacional de los primeros años que siguieron a 1898 había marcado a todos sus componentes.

Pasado aquel trance, la obra generacional quedó impregnando la tierra castellana con una prosa y poesía bella y excelente, pero al mismo tiempo desoladora en su contenido.

La Castilla literaria no avanzaba: en este punto, la imagen había quedado arraigada, estabilizada y perenne, destilando sempiterno licor de amargura.

Había que desnoveintayochizar Castilla, fue una conclusión a la que llegamos en aquellos días.

Quienes compusimos aquel grupo, acabamos disolviéndonos para seguir cada cual por su camino, como ha ocurrido siempre en toda promoción cultural. Pero la idea del daño que causaba a Castilla el asentamiento en una idea desfasada, solidificada en tiempos de tribulación nacional quedó en todos nosotros.

La leyenda negra castellana

LA CUESTIÓN, ANDANDO EL TIEMPO, me pareció a mí todavía más grave, porque efectivamente la visión machadiana de Castilla no sólo se había convertido en única y excluyente, sino que además de no ser original suya, ni siquiera lo era tampoco de su Generación.

¿Dónde podían estar las raíces de una visión perversa, cainita, pesarosa y triste de Castilla como reflejaba el 98?

No venía de Machado, ni siquiera de su generación. Se arraigaba en otros, en una tradición coetánea y anterior al 98…

Sólo después de aquellos primeros años 80 lo comprendí…

Ciertamente, llegaba desde fuentes que no manaban ningún amor a Castilla, sino que fluían y rezumaban barro, negrura y animadversión a Castilla, a su cultura y a sus gentes.

Había una leyenda negra anticastellana que se venía fraguando desde mediados del XIX. Los componentes de la Generación del 98 y el propio Machado, ninguno de ellos castellano, había tomado materiales de esa leyenda negra y la habían elevado a cotas de calidad literaria inimaginables.

Para después, desde el prestigio alcanzado por aquella Generación, difundirse por todos los ámbitos intelectuales, culturales y escolares de Castilla y España, como cosa ya asumida incluso por quienes decían amar a Castilla.

La tormenta perfecta para que el anticastellanismo prosperase incluso en Castilla, puesto que se revestía magníficamente de afecto por ella.

Continuará hasta las 61 páginas del prólogo/ensayo de “Otros campos de Castilla”, de Juan Pablo Mañueco.

Primera entrega de esta serie, aquí:

http://blogs.periodistadigital.com/juan-pablo-manueco/2018/08/01/otros-campos-de-castilla-parte-i-contra-la-leyenda-negra-castellana/

Castilla, España, Libros

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