Retrato, Juan Pablo Mañueco

RETRATO

I La Castilla inmersa en todos mis sentidos

Mi niñez fue una casa en el Henares, tras de Hita,
donde Arcipreste casi inició literatura.
Nada tiene extraño fuese mi pasión futura,
ni que amase el habla de la Castilla infinita.

Bajaba yo a la escuela, nevada la figura,
y allí estaba Castilla también, fiel a la cita.
De Ruy Díaz me hablaban y de su gesta escrita,
de Infantes de Salas, de romances de aventura.

De romancero viejo y nuevo, el cual habita
entre los siglos, entre las brumas de la oscura
edad de tiempo que aun hoy mismo dulce perdura
como una lluvia de días que aún se precipita.

De don Juan Manuel de enxiemplos de autoría insegura.
Santillana en lírica italiana y bien descrita
sierra castellana. Y de Manrique, que medita
sobre la vida ida y muerte que vendrá futura.

La Celestina que un grandioso teatro incita.
Garcilaso de la suave rima cuya altura
y elegancia suavemente el verso las murmura
como una gota de azúcar que la tinta agita.

San Juan de la Cruz de la más celeste ventura.
Teresa de Ávila que en verso y prosa palpita.
Más el gran fray Luis de la lira por Dios bendita.
Todo a vez sonando, de Castilla en la espesura.

De un tal Lope, Cervantes y Quevedo, exquisita
la pléyade de genios rayando a tanta altura
que me dejaron en la cumbre de tal madura
constelación de arte, con el ánima contrita.

II. La Castilla perdida y recobrada

Luego lo perdí todo, mi infancia desgarrada
se descarrió a sendas por donde emigró Castilla,
dejando en ella dolor, color de pesadilla.
hacia tierras que en letras no me decían nada.

Después, cuando mi mocedad llegó hasta la orilla
de la adolescencia, aprendí a amar la otra mirada
de nueva tierra en que vivía, pero extasiada
sólo había quedado mi alma en la de Castilla.

Cuanto más sabía, más edad sabia dorada,
me semblaba total y planetaria maravilla
de la lengua, cultura y el arte de Castilla
que tenía por sublime sin que envidie nada.

Algunas gotas de buena excelencia extranjera
he incorporado a la esencia de mi propio mundo,
pues amo también cuanto sea bien fecundo
y digno de hacer conmigo la vital carrera.

Así os digo que escribo en aquello que me fundo,
y que mi voz -entre tanta- quiere mensajera
ser, aunque sea otra más y no muy delantera.
Le pongo mi acento al viento, en su son vagabundo.

Nada más que eso quiero… Es cuanto alma anhela y quiera.
Sumar mi voz al torrente del sonar del mundo,
sin premio más que llenar con tiempo mi segundo
ni desear gloria, que es burbuja pasajera.

Mi ánimo y mi temple está en lo terso y moderado,
mi cuerpo grande, mi andar fue más raudo y blanquea
mi barba. Pero esta plata por buena la vea,
pues quiere decir que viaje algún tiempo ha durado.
¡Quiera el cielo que más blanca y larga ella aún sea!

Juan Pablo Mañueco, del libro “Cantil de Cantos”

Castilla, España, Libros

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